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Entrevistas

Sergio García, el dibujante que rompe todas las fronteras

El ilustrador reflexiona sobre el dibujo como forma de conocimiento, la colaboración y el binomio formado con Lola Moral, las portadas de The New Yorker y los límites entre ilustración y arte contemporáneo.

'Guerra'. Inspirada en el Guernica de Picasso de Sergio García Sánchez. 2020. Musée National Picasso-Paris.
Sergio García, el dibujante que rompe todas las fronteras

Sergio García (Guadix, 1967) ha construido una trayectoria en la que la ilustración, el cómic y la investigación gráfica dialogan con una libertad creativa que ha traspasado fronteras. Galardonado con el Premio Nacional de Ilustración en 2022, es uno de los creadores españoles con mayor proyección internacional, con trabajos para publicaciones de referencia como The New Yorker, The New York Times, The Washington Post y El País. Su universo visual también ha encontrado espacio en proyectos de gran formato, como la intervención realizada junto a Lola Moral, su compañera de vida y de creación, en el metro de París con motivo de los Juegos Olímpicos.

Su historia artística mantiene, sin embargo, un vínculo profundo con Granada, ciudad en la que ejerce como catedrático y profesor en el Departamento de Dibujo de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Granada, donde acompaña a nuevas generaciones de artistas. Antes, sus años en Terrassa marcaron una etapa fundamental en su formación y en el descubrimiento de un lenguaje propio. De aquellos inicios a sus creaciones más emblemáticas, del diálogo creativo con Lola Moral a los proyectos que todavía están por venir, Carles Toribio conversa con Sergio García para bonart sobre una trayectoria que entiende el dibujo como un territorio abierto a la experimentación, el relato y el conocimiento.

Carles Toribio. Hagamos un viaje al pasado hasta llegar a la actualidad. ¿Cómo comienza tu relación con el dibujo y la ilustración? ¿Recuerdas algún momento en el que pensaras: "Quiero dedicarme a esto"?

Sergio García. Es una historia curiosa. Mis padres eran profesores y los destinaron a Terrassa. Viví allí ocho años en, donde cursé toda la EGB. En aquella época, el catalán estaba prohibido en la escuela, aunque se hablaba en la calle. Mis padres veían que allí había un gran interés cultural y consideraban que debía aprender catalán. Por eso, me pusieron un profesor, un compañero suyo de la escuela, que daba clases de catalán a los hijos de los profesores.

Además, me suscribieron a Cavall Fort, y fue una de las mejores cosas que pudieron hacer por mí. Allí descubrí toda la escuela franco-belga del cómic, con autores como Franquin y otros grandes clásicos que se publicaban en aquella época.

Yo quería dibujar como Franquin. Veía cómo dibujaba y, aunque era muy pequeño, entendía que había algo mágico en su manera de tratar el dibujo y representar la realidad.

Veía una lata de Coca-Cola y, en sus dibujos, aquella lata era exactamente como él la concebía. Todo resultaba coherente dentro de su estilo. De alguna manera, ya comprendía el concepto de estilo y quería hacer lo mismo: generar un lenguaje propio con el que expresarme.

Empecé copiando a Franquin y, poco a poco, fui evolucionando. Después descubrí a Moebius y a muchos otros dibujantes, así como a artistas contemporáneos y creadores de las vanguardias del siglo XX. Todas esas referencias fueron sumando capas de influencia y conocimiento a mi trabajo.

¿Cómo ha cambiado tu manera de dibujar desde aquellos primeros trabajos hasta la actualidad?

S.G. Precisamente por ese recorrido y por la búsqueda constante, me considero un dibujante en continua evolución.

En el mundo del cómic y la ilustración, muchos compañeros buscan crear un estilo consolidado que los identifique y con el que puedan trabajar. El ejemplo más paradigmático sería Hergé, el dibujante de Tintín, que desarrolló un estilo muy depurado y creó el concepto de línea clara.

A mí, en cambio, ese planteamiento no me interesa tanto. Soy profesor y catedrático del Departamento de Dibujo de la Universidad de Granada, donde imparto clases de ilustración y cómic. Estoy investigando constantemente la evolución y el tratamiento de la línea, así como las posibilidades del dibujo como herramienta narrativa.

También desarrollo líneas de investigación relacionadas con la narración multilineal, los territorios de la historia y el formato expandido. Son conceptos que se van incorporando a mi trabajo como capas de una cebolla.

  • America 250, serie especial para The Washington Post.

¿Tu estilo va cambiando con el paso del tiempo?

Sergio García. Mi estilo está en perpetuo cambio. Empecé imitando de manera infantil el dibujo de Franquin y, con el tiempo, he desarrollado un lenguaje que considero más interesante y coherente, muy relacionado con el pensamiento de las vanguardias de principios del siglo XX, con sus formas de representar los espacios, las jerarquías visuales y la influencia del dibujo primitivo, o de lo que tradicionalmente se ha denominado dibujo infantil, en la representación de la realidad.

Mi obra ha cambiado muchísimo a lo largo de los años, hasta llegar a la línea tan depurada que utilizo actualmente.

Sergio García y Lola Moral, Lola Moral y Sergio García. Compartís vida y proyectos profesionales. ¿Cómo nace vuestra colaboración y cómo ha evolucionado a lo largo de los años el binomio?

S.G. Nos conocimos en el examen de ingreso a la carrera y desde entonces estamos juntos. Al principio, a Lola no le interesaban demasiado el cómic ni la ilustración. Ella se especializó en restauración de arte y también estudió instalación artística en la facultad.

Poco a poco fui convenciéndola para que se encargara del color. Yo soy bueno trabajando las manchas, los contrastes y las áreas de color, pero no tengo tanta facilidad como debería para elegirlos.

Ella, en cambio, es absolutamente magistral. Tiene un don natural, fruto también del conocimiento y del estudio, y sabe cómo trabajar el color y relacionarse con él.

Poco a poco fue aceptando colaborar en nuestros proyectos, algo que le agradezco infinitamente. Hoy es una parte fundamental del trabajo. Por ejemplo, no se entienden las ilustraciones que hacemos para The New Yorker sin su aportación.

Creo que en esta profesión, como en el mundo del arte, hay que ser generoso y entender que el individualismo es un error. Pensemos, por ejemplo, en artistas como Jeff Koons: el concepto puede ser suyo, pero hay muchas personas que participan en la ejecución de la obra y cuyo trabajo merece reconocimiento.

Tendemos a personalizarlo todo en una sola figura, pero yo creo mucho más en el trabajo en equipo. Lola tiene una enorme responsabilidad en el resultado final, pero también la tienen los directores de arte, los editores y otros profesionales que intervienen en el proceso. Creo que debemos valorar todas esas aportaciones.

El dibujo no se limita a representar una imagen, sino que también permite construir relatos y establecer relaciones entre los elementos. ¿Es así como entiendes tu trabajo?

S.G. Sí. En mi caso, soy un poco un bicho raro dentro del mundo de la creación. Puedo permitirme invertir mucho más tiempo en una obra que otros compañeros, que a menudo tienen que responder a encargos que llegan de un día para otro.

Yo no suelo trabajar de esa manera. Prefiero desarrollar piezas que me permitan dedicar tiempo a la reflexión. Los editores ya lo saben y, precisamente por eso, me llaman para proyectos en los que puedo disponer de dos o tres semanas para pensar qué quiero hacer.

Cuando tengo que trabajar sobre un tema, lo primero que hago es estudiarlo. Siempre he defendido, también en mis clases, que el dibujo es conocimiento.

El dibujo es una de las formas que tiene el ser humano de aproximarse al conocimiento a través de la representación gráfica. Por eso intento comprender e interiorizar aquello que tengo que dibujar. Solo cuando lo entiendo me siento preparado para realizar una ilustración.

El proceso comienza con la documentación, la lectura y la comprensión del tema. Por ejemplo, si me encargan una portada sobre Putin para El País, no me basta con hacer una caricatura superficial del personaje. Intento comprender quién es, de dónde viene y qué representa. A partir de ahí, busco a menudo una metáfora visual que complemente la representación.

En ese caso utilicé como referencia una máscara funeraria egipcia, por el carácter hierático de la representación egipcia. Me interesaba transmitir esa sensación de frialdad y de ausencia de expresión humana que asociaba al personaje.

Así se van creando nexos y relaciones, y de ahí surgen las ilustraciones.

  • Obra Génerations de Sergio García y Lola Moral para los Juegos Olímpicos de París 2024.

Has realizado varias portadas para The New Yorker. ¿Cómo surgió esa colaboración y cómo funciona el proceso de creación de una portada para la revista?

S.G. Hasta ahora he realizado doce portadas y pronto se publicará la decimotercera, que ya está aprobada.

Hay distintas vías para llegar a una portada. Funcionamos como una especie de grupo de dibujantes cuyas identidades conoce la directora de arte, Françoise Mouly, junto con la dirección de la revista. No sé exactamente cuántos colaboradores forman parte de ese grupo.

Cada año recibimos en casa una agenda azul preciosa en la que aparecen anotados, de manera general, los temas que la revista prevé tratar. A partir de ahí, van surgiendo nuevas propuestas a lo largo del año. Si ocurre un accidente o un acontecimiento especialmente impactante, puede surgir la posibilidad de realizar una ilustración relacionada con él. Sin embargo, suelen trabajar con bastante antelación y no acostumbran a abordar la actualidad inmediata, salvo en ocasiones muy excepcionales.

A veces recibes un correo electrónico con una propuesta de ideas. En otras ocasiones, eres tú quien plantea el tema. No es el típico encargo que te hace cualquier otra publicación: en El País, por ejemplo, suelen pedirte una pieza concreta; en The New Yorker, en cambio, tienes mucha más iniciativa para proponer.

  • Portada conmemorativa del 96 aniversario de The New Yorker, febrero 2021.

¿Cómo surgió la idea de la portada de The New Yorker dedicada a los Knicks y cómo fue el proceso de creación?

S.G. La portada relacionada con el baloncesto surgió de una manera muy espontánea. Acabábamos de comer y, aunque normalmente no veo la televisión, aquel día estaba viendo el informativo. Durante la sección de deportes, el comentarista anunció que se había anotado una canasta en el último segundo. En ese momento se me encendió la bombilla.

Estaba buscando una portada deportiva que todavía no se hubiera publicado y pensé que aquella escena podía funcionar perfectamente.

En la versión original, el marcador estaba empatado a cero. Sin embargo, los responsables de la revista, que son muy aficionados al baloncesto, querían que ganaran los Knicks y modificaron el marcador para que aparecieran por delante, por uno o dos puntos, tanto si la canasta entraba como si no.

Creo que nadie examina una portada con tanta atención como el equipo de The New Yorker. Hay muchísima gente pendiente de cada detalle porque saben que la verá una audiencia de millones de personas.

  • Pulling ahead de Sergio García, The New Yorker, marzo 2023.

¿Existen diferencias entre la ilustración editorial estadounidense y la europea, especialmente la francesa o la española?

S.G. Depende mucho de cada publicación. Incluso dentro de Estados Unidos hay diferencias importantes.

Con el Washington Post, por ejemplo, hicimos una serie que duró un año entero, titulada America 150, basada en textos reflexivos sobre la independencia de Estados Unidos. Eran textos críticos, muy bien escritos en general, que abordaban cuestiones como la guerra de independencia.

En aquel proyecto teníamos una gran libertad para trabajar con el dibujo como herramienta de comunicación. Cuando trabajas para la prensa, tienes que procurar que el dibujo comunique.

En The New Yorker, en cambio, la experimentación está algo más acotada. Cada publicación tiene sus propios códigos y su manera de trabajar, y tienes que adaptarte a ellos si quieres publicar.

Es como cuando trabajas para una galería: conoces su perfil y sabes qué tipo de artistas y obras encajan en su línea. Existe una gran libertad para el creador, pero también hay un equilibrio que la galería debe mantener entre los artistas que representa.

Con la ilustración editorial sucede algo parecido. Tú tienes tu lenguaje, tu forma de expresarte y de articular la gráfica y la narrativa, pero debes adaptarlos a cada medio.

La cuestión está en el grado de experimentación que permite cada encargo. En mi caso, la experimentación suele ser elevada. En las piezas que realizo para la galería Cayón, por ejemplo, no tengo prácticamente límites y puedo trabajar con total libertad, porque el objetivo final no es necesariamente comunicar una información, sino crear un elemento gráfico que resulte interesante para el cliente.

  • America 250, serie especial para The Washington Post.

La ilustración ha ido ganando presencia en museos y centros de arte. ¿Crees que finalmente ha encontrado su lugar en estas instituciones?

S.G. Sí. Lo que sucede es que, cuando abandonas el formato editorial, la obra deja de ser ilustración en sentido estricto. Conceptualmente, pasa a ser un dibujo realizado sobre un determinado soporte.

Ante todo, yo soy dibujante. Más allá de cualquier otra consideración, defiendo el dibujo como una herramienta esencial. No puedo ser otra cosa que dibujante: lo soy cuando imparto clases, cuando hago ilustración y cuando trabajo para una galería.

En este último ámbito, trabajo con formatos diversos, a veces sobre lienzo y otras sobre papel. Actualmente, por ejemplo, estamos desarrollando obras sobre papel.

Es cierto que estos lenguajes se han ido normalizando dentro del mundo del arte. Antes estaban menos aceptados, pero creo que la cultura popular, a través de las distintas formas de comunicación y de las redes sociales, ha contribuido a que entren en los grandes museos.

Cada vez encontramos más ejemplos en instituciones como el Museo Reina Sofía o el MoMA. También estuvimos en el LACMA, en Los Ángeles, adonde nos invitaron en relación con George Lucas, que había adquirido obra para el Lucas Museum of Narrative Art.

Allí puedes encontrar dibujantes que proceden del mundo de la ilustración y que están expuestos en un museo de arte contemporáneo sin complejos ni problemas. Creo que esa normalización es muy positiva.

  • 'La línea que construye', exposición de Sergio García de abril a mayo de 2025 en Galería Cayón de Madrid.

Llevas años dedicado a la docencia. ¿Ha cambiado la manera en que los estudiantes se relacionan con el dibujo y las imágenes?

S.G. Sí, al menos en mi facultad, la de Bellas Artes de Granada. Cuando yo era estudiante, algunos profesores me reprendían por dibujar cómics o hacer ilustración. Me decían que dejara de hacer muñequitos y me dedicara a cosas serias.

Ahora, sin embargo, estos lenguajes están completamente aceptados y normalizados.

Tengo muchos alumnos en las asignaturas de ilustración, cómic y cómic experimental. Algunos han desarrollado una trayectoria magnífica y, en ocasiones, yo mismo les he sugerido que su trabajo podría funcionar mejor en un formato de grandes dimensiones que en una ilustración pequeña.

Poco a poco se ha ido imponiendo en los centros de enseñanza el mismo criterio que ya observamos en los museos y las salas de arte. Cada vez se acepta con mayor naturalidad que los dibujantes de cómic desarrollen su trabajo en otros formatos y ámbitos creativos.

Una de las cuestiones de actualidad es la inteligencia artificial. ¿Cómo valoras esta transformación y qué consecuencias crees que puede tener para la creación artística?

S.G. Mi percepción ha ido cambiando con los años. Tengo buenos amigos que son catedráticos de inteligencia artificial y hemos debatido muchísimo sobre el tema. Hay muchos problemas encadenados y distintos niveles de lectura, tanto desde el punto de vista de la creación como desde el de la publicación.

Pero me gustaría centrarme en el consumo del arte. Planteo una cuestión: si mediante un prompt, o incluso en el futuro sin necesidad de formularlo de esa manera, puedes dialogar con una inteligencia artificial y pedirle que genere arte en tiempo real, ¿qué sucede con la experiencia cultural?

Imaginemos que soy un gran aficionado a una serie y que no me conformo con una película, sino que quiero que la inteligencia artificial me genere continuamente nuevas versiones y variantes. La tecnología podrá hacerlo en muy poco tiempo y yo podré consumir esas producciones individualmente, en mi casa.

En ese momento, la cultura corre el riesgo de desaparecer como experiencia compartida. Ese es, para mí, el principal problema.

La creación mediante inteligencia artificial puede cambiar todo el paradigma. Lo que entendemos por cultura podría pasar de ser una entidad colectiva a convertirse en una experiencia completamente individual. Eso es dramático, porque seguramente habrá producciones interesantes y otras que no lo serán tanto, pero muchas quedarán encerradas en el ámbito privado y no llegarán a compartirse.

Me parece un problema muy grave. Por eso, ahora mismo me posiciono muy en contra de la inteligencia artificial, aunque reconozco que puede ofrecer algunas posibilidades interesantes y que hay autores que trabajan bien con ella.

Para terminar, hemos hablado del presente y de la evolución de tu trabajo, pero ¿hay algún proyecto que tú y Lola os gustaría desarrollar en el futuro, sin tener en cuenta el tiempo, el presupuesto o el formato?

S.G. Ahora mismo estamos trabajando en un proyecto que ya es una realidad: una exposición en la Sala de la Emperatriz, en la Alhambra, en la que trabajaremos los dos sobre el lujo entendido como ámbito de creación para un espacio museístico.

Ya habíamos realizado una pequeña intervención híbrida en este terreno durante la pandemia, en una sala pequeña de Granada llamada Arrabal. Ahora queremos abordar el proyecto a una escala mayor.

Intervendremos en un espacio muy concreto de la Alhambra y desarrollaremos una reflexión sobre su flora y su fauna a través del dibujo y la pintura contemporáneos, y probablemente también de la cerámica.

Lola es una artista multidisciplinar: trabaja la cerámica, el bordado, el dibujo y el color. Yo, en cambio, me dedico fundamentalmente al dibujo. La combinación de nuestros lenguajes se materializará en la exposición, prevista para la primavera, aunque todavía no tenemos una fecha cerrada.

Me gustaría que nuestro camino continuara en esa dirección, desarrollando proyectos cada vez más híbridos y alternativos, que no fueran claramente editoriales ni estrictamente expositivos. Me siento cómodo en ese territorio.

Recuerdo que, cuando obtuve la titularidad, me decían que no sabían si era ilustrador o dibujante de cómic. Es curioso, porque recibí el Premio Nacional de Ilustración cuando, en aquella época, me dedicaba sobre todo al cómic.

Nuestra trayectoria siempre ha sido un poco extraña, situada en la frontera, en el borde, en el límite entre distintas disciplinas. Y queremos continuar ahí, en ese espacio ambiguo en el que no resulta fácil determinar si lo que hacemos es editorial o artístico.

Al final, es dibujo. Y eso es, ni más ni menos, lo que queremos seguir haciendo.

  • María de Sergio García, 2023, Galería Cayón.

Lola Moral participa en el Festival Gráfic

La tercera edición del Festival Grafic, dedicado a la creación y difusión de la obra gráfica y el arte sobre papel, inaugura su programación con Papel síncrono, una exposición que reúne propuestas de pintura, dibujo y escultura de papel de Lola Moral y Belén Mazuecos, con la participación de la artista invitada Bettinna Geisselmann. La muestra, inaugurada el 14 de octubre de 2026, a las 18.30 h, se celebra en la sala de exposiciones de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Granada. Una propuesta que explora las posibilidades expresivas del papel desde diferentes disciplinas y lenguajes plásticos, y que permite acercarse también al trabajo de Lola Moral, artista que desarrolla una trayectoria creativa junto a Sergio García, con quien comparte investigación y proyectos en el ámbito de la ilustración y la creación visual.

  • Lola Moral en el Festival Grafic de Granada con 'Papel síncrono'.

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