¿Qué sucede cuando desaparecen las imágenes y solo queda la voz? Steve McQueen plantea esta pregunta en 66–76–26, una instalación que suspende la mirada para situar la escucha en el centro de la experiencia artística. En una sala sumida en la oscuridad, el artista y cineasta británico reúne las interpretaciones de Wild Is the Wind realizadas por Nina Simone en 1966 y David Bowie en 1976, dos grabaciones separadas por una década que, al encontrarse en el espacio expositivo, construyen un diálogo tan íntimo como imposible. Comisariada por Lekha Hileman, la propuesta del Museo Guggenheim Bilbao explora la capacidad de la música para transmitir deseo, vulnerabilidad y memoria más allá de las imágenes.
A lo largo de su trayectoria, McQueen ha abordado cuestiones como la violencia, la historia, el duelo y la experiencia humana, con obras que obligan al espectador a enfrentarse a aquello que preferiría no mirar. En esta ocasión, sin embargo, el artista opta por retirar cualquier referencia visual. No hay proyecciones, objetos ni imágenes que orienten la interpretación. La oscuridad elimina las distracciones y transforma el espacio en un lugar de escucha, donde cada voz adquiere una presencia física y emocional.
Compuesta para la película homónima de 1957, Wild Is the Wind encontró en Simone y Bowie dos intérpretes capaces de llevar la canción hacia territorios personales muy distintos. La versión de Simone, grabada en plena lucha por los derechos civiles en Estados Unidos y en un periodo marcado por dificultades de salud, está atravesada por una intensidad que trasciende la interpretación musical. La de Bowie, registrada en 1976, pertenece a una etapa de profunda fragilidad personal, marcada por sus adicciones y por el desgaste de una vida sometida a una presión extrema. En ambas grabaciones, la canción adquiere una dimensión que desborda su propia letra para convertirse en una expresión de anhelo, dependencia y necesidad afectiva.
McQueen lleva tiempo fascinado por la fuerza emocional de estas dos versiones. Al situarlas en extremos opuestos de una misma sala, establece un encuentro que nunca tuvo lugar en la realidad: Simone y Bowie parecen responderse a través del tiempo, como si sus voces pudieran reconocerse en una experiencia compartida de vulnerabilidad. La distancia de diez años deja de ser una simple referencia cronológica y se convierte en un espacio de resonancia entre dos vidas y dos maneras de habitar la música.
La operación artística resulta especialmente significativa porque prescinde de cualquier acompañamiento visual. La oscuridad no funciona como un mero recurso escenográfico, sino como una condición que modifica la relación del público con la obra. Sin imágenes que contemplar ni objetos que fotografiar, la atención se desplaza hacia los matices de la voz, la respiración, las pausas y los silencios. La escucha exige tiempo y presencia, y convierte la experiencia individual en una forma de participación.
Para McQueen, el visitante constituye una tercera voz, imprescindible para completar la instalación. Su presencia introduce un nuevo cuerpo en el diálogo entre Simone y Bowie, y hace que la obra no se agote en las grabaciones originales. Cada persona que entra en la sala aporta su propia memoria, sus asociaciones y su sensibilidad, de modo que la pieza permanece abierta a interpretaciones cambiantes.