Durante la primera posguerra, Josep Maria de Sucre (Villa de Gracia, Barcelona, 1886-1969), poeta, crítico, artista, intelectual, promotor cultural y gran conversador, se convierte en un personaje primordial para la continuidad de las vanguardias en Cataluña. Las llamadas segundas vanguardias surgen como una oportunidad de recuperación de la actividad artística, interrumpida sobre todo por la Guerra Civil española, y para su reconexión con las corrientes artísticas internacionales.
La Fundació Vila Casas reivindica esta polifacética figura con la exposición Josep Maria de Sucre. Activista y artista visionario , presentada en los Espais Volart y comisariada por Aitor Quiney y Joan Gil Gregorio, del 16 de septiembre de 2026 al 17 de enero de 2027.

Josep Maria de Sucre, Composición, 1959 ©Xavi Padrós.
La muestra reúne parte de su producción pictórica desarrollada a partir de los años cuarenta —rostros espectrales realizados con ceras y guache sobre papel—, así como una selección de su obra literaria. Asimismo, incorpora obras de artistas vinculados a su trayectoria, como Antoni Tàpies, Albert Ràfols-Casamada, Josep Maria Subirachs o Esther Boix, reconstruyendo así no sólo la figura de un singular creador, sino también la de un contexto marcadamente convulso.
De Sucre, muy cercano a figuras como Joan Salvat-Papasseit, Joaquín Torres-García o Joan Maragall, se había formado en los círculos intelectuales de la Cataluña de principios del siglo XX. Gran lector de Ibsen y Nietzsche, publicó activamente poesía y crítica de arte y literatura, mientras impartía clases en el Ateneo Enciclopédico Popular (del que fue presidente entre 1912 y 1915), y participaba en las tertulias de jóvenes artistas del «Ateneíllo» del Hospital del Hospital Rafael Barradas.

A partir de los años cuarenta, el lenguaje pictórico de De Sucre toma fuerza. Sus rostros expresionistas, cargados de una profunda intensidad emocional, reflejan las angustias existenciales de la Europa de posguerra. Las figuras revelan una preocupación obsesiva por la condición humana —mano que habría empezado a formarse durante los años en que De Sucre trabajó en los juzgados de Barcelona, donde podía observar los rostros marcados por la miseria moral de los condenados. En su faceta de pintor, De Sucre compartió su vida interior siguiendo, como sugiere la historiadora del arte Pilar Garcia Sedas, una ética más que una estética vanguardista.
Sin embargo, la trascendencia de Josep Maria de Sucre radica sobre todo en su labor como promotor cultural. Junto con Sebastià Gasc y Víctor Maria de Imbert, entre otros, impulsó los Salones de Octubre (1948-1957), destinados a exhibir nuevos talentos artísticos de Cataluña. En este sentido, como director del Círculo Maillol del Instituto Francés de Barcelona (1951-1964), defendió la producción de arte catalán con ayuda de becas sostenidas desde esta entidad. Así, artistas como Tàpies, Subirachs o Guinovart realizaron estancias en París para establecer contacto con corrientes artísticas internacionales contemporáneas, inaccesibles desde Cataluña.
La Fundació Vila Casas recupera así una figura imprescindible para entender la continuidad de las vanguardias catalanas. Josep Maria de Sucre fue un creador, pero sobre todo es necesario entenderlo como un intelectual comprometido con el arte vivo de su tiempo.

Josep Maria de Sucre, Sin título, 1964, ©Xavi Padrós.