La obra de Alejandro Tobón (Medellín, 1978) siempre trae a nuestro tiempo imaginarios del pasado recuperados y reinterpretados por él, reapropiándose la ciudad y la arquitectura, rescatando mobiliario antiguo, y construyendo retazos de distintos tiempos en una misma pieza. Para la muestra un botón: el recordado y viral Pabellón Las Nieves durante la Bienal de Bogotá, que en pleno centro histórico de la capital (carrera 7ma con Avenida Jiménez, esquina de la Iglesia de San Francisco) puso a convivir una gigante y esférica arquitectura republicana con el gesto iconoclasta del grafiti y el tag del arte urbano con que la ciudadanía se lo apropió.
Estos inusuales diálogos en el tiempo inquietan a Tobón. ¿De otra forma qué conexión podríamos encontrar entre tablas de skateboard y el arte religioso del Barroco latinoamericano? La primera respuesta podría ser el material consentido de Tobón: la madera. La forma constante en que lo reutiliza exige que aquel objeto que alguna vez sirvió un propósito se transforme para darle vida a otro propósito diferente. Sillas desmembradas, escritorios desgastados, ventanas agonizantes, marcos deslucidos, confesionarios con pecados ya prescritos son ahora diseccionados cuidadosamente para crear nuevas, complejas e inquietantes estructuras que dejan en evidencia un lujoso pasado ahora hecho reliquias. La nobleza del roble, de la caoba y del cedro que materializaban la ostentación de un tiempo son ahora apenas sombras de lo que fueron. Como en la pintura de un vanitas barroco, el lujo y la vanidad no logran nunca postergar la muerte y el olvido. Si todo esto nos dice la madera que talla, esculpe y reforma Tobón con precisión de ebanista, entonces su obra materializa la ironía del poder.
En Monumentos del futuro Tobón equipara los altares de la escuela quiteña durante el Barroco latinoamericano con la apropiación de los movimientos urbanos y contraculturas de los años ochenta en Colombia. En ambos casos, la falta de acceso a la técnica y al material dieron como consecuencia una forma propia de creación. Las patinetas de los años ochenta en Colombia fueron apenas una imitación hechiza recreada a partir de las escasas imágenes que circulaban desde Estados Unidos, en la misma forma que el barroco latinoamericano creó su iconografía intentando emular lo poco que se conocía del arte sacro europeo. La emisión de estilos desde los centros de poder deja su respectiva versión en las reinterpretaciones distorsionadas por las colonias, marcadas siempre por inventiva, recursividad y una cierta precariedad que genera una hibridación. Su versión criolla. Para Tobón esas hibridaciones están presentes en cada aspecto de nuestra vida: se presentan en lo religioso y lo sagrado, en la calle y lo público, en lo íntimo y lo privado. Hibridaciones que exponen nuestras incongruencias, como se enuncia simbólicamente en la escultura que remite a la estructura anatómica, meticulosamente construida de fragmentos de patinetas.
Los ejes de la patineta encarnan las vértebras, que conectadas entre sí dan forma a la columna, símbolo de las complejas estructuras sociales y de poder, como lo prueba cada una de las inscripciones grabadas en ellas por Tobón. La ubicación de estos textos en la espina dorsal no es azarosa: al sacro le corresponde ser la base de lo sagrado y ancestral; a la región lumbar la oprime el peso ominoso de la política; a la torácica, para respirar, la insufla el espíritu contestario de las calles; y a la cervical, la activa la sustancia del delirio. En sus incongruencias e hibridaciones, la unión de estas vértebras representa la ironía de nuestra sociedad en toda su complejidad.
Cada época crea sus propios imaginarios. A la ornamenación y el diseño del pasado, Tobón contrapone el lenguaje contemporáneo de los grafitis y de los skaters, que han pasado en los últimos años de una subcultura a un estilo consagrado y popular. Se asoma la esperanza que tal vez aquello que una vez fue marginado sea el monumento del futuro.