Parece que Sebastián va a decir algo. Entonces la luz del amanecer inunda la habitación hasta hacerla desaparecer. Afuera retumba el mar. Y oscuro final.
Y Sebastián no ha dicho nada, no ha tenido tiempo, pero él también quiere creerlo: “Nadie puede desaparecer del todo.” Quizá por eso la película le permite volver. Y ahí, junto a Rafael, lo vuelve a leer:
Tú nunca entenderás lo que te quiero
porque duermes en mí y estás dormido.
Yo te oculto llorando, perseguido
por una voz de penetrante acero.
Norma que agita igual carne y lucero
traspasa ya mi pecho dolorido
y las turbias palabras han mordido
las alas de tu espíritu severo.
Grupo de gente salta en los jardines
esperando tu cuerpo y mi agonía
en caballos de luz y verdes crines.
Pero sigue durmiendo, vida mía.
¡Oye mi sangre rota en los violines!
¡Mira que nos acechan todavía!
Es posible que entonces tampoco lo entiendiera. Pero lo dudo: quien ha tenido la oportunidad — o la desdicha — de sentir tanto, siente para toda la vida. El amor no puede desaparecer del todo. Tampoco el dolor.
"Este país — le dice Federico a Rafael, acercándose el final de la película — tiene demasiadas historias de amor enterradas en los campos. Hay que arañar la tierra para que salgan."
Un joven vuelve a casa tras recibir bola negra en el casino. Un músico se ve obligado a cambiar su trompeta por un fusil. Un nieto reconstruye el pasado de su abuelo.

A partir de La piedra oscura, de Alberto Conejero, y de las primeras páginas de la obra inacabada de Federico García Lorca: La bola negra, Los Javis moldean un relato que entrelaza las vidas de tres hombres en distintas épocas — Carlos, Sebastián y Alberto—, íntimamente ligadas por el deseo, el dolor y la herencia. Así, la película encuentra en el poeta una forma de nombrar y rejuvenecer aquello que en la historia había quedado suspendido.
Nunca nadie ha roto tantos corazones como la guerra. El odio, su arma más letal; el mismo que la desata, la sombra que queda después. ¡Y qué tontería! ¡Qué tontería el pensar que la vida pertenece solo a unos cuantos! Pero en la película, la vida insiste: "Hay que vivir." Y es que — escribe Vicente Aleixandre — Lorca era "un hechicero de la alegría, un conjurador del gozo de la vida". Aun así, le dolía el mundo.
También Aleixandre: "¿Qué te duele, hijo? parecía preguntarle [a Lorca] la luna. Me duele la tierra, la tierra y los hombres, la carne y el alma humana, la mía y la de los demás, que son uno conmigo."
Porque Federico García Lorca creía en el corazón: miraba desde el corazón y vivía y dolía desde el corazón. Su forma de mirar el mundo es especial porque parece desenterrar una verdad sin descifrarla del todo; sintiéndola con toda su magia. Y la Nieve.
Campo sin caminos
y ciudad sin tejados.
El mundo está silencioso
y cándido.
Paloma gigantesca
de los astros,
¿cómo no baja del azul
el eterno milano?
Es imposible vestir los ojos de Lorca, mirarlo todo desde ahí. Pero es que tampoco tendría gracia. ¡Sería todo un desperdicio! Cada cual tiene sus ojos, dos ojos, y Javier Calvo y Javier Ambrossi han usado los suyos — cuatro, en total; tan distintos, juntos tan apasionados— para mirarle a él, al poeta. Para contar una historia a través de la suya propia: La bola negra. Y todo, desde el corazón.
Nota: La acotación inicial en cursiva pertenece a La piedra oscura, de Alberto Conejero. Los diálogos de La bola negra, de Javier Calvo y Javier Ambrossi, aparecen entre comillas; las citas de Vicente Aleixandre se indican expresamente. Los versos corresponden a El amor duerme en el pecho del poeta y Nieve, de Federico García Lorca.