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Exposiciones

Cuando la posmodernidad se vuelve barroca

'Persistencias efímeras. ¿Una posmodernidad barroca?' traza en el Museo del Barroco de Cataluña un diálogo insólito entre la tradición de los siglos XVII y XVIII y la creación catalana de finales del siglo XX.

Cuando la posmodernidad se vuelve barroca
bonart manresa - 20/09/26

El Barroco puede parecer una cuestión del pasado, pero algunas de sus formas de mirar, representar y entender el mundo siguen resonando en la cultura catalana contemporánea. Ésta es la hipótesis que articula Persistencias efímeras. ¿Una posmodernidad barroca? , una exposición que el Museo del Barroco de Cataluña presenta en Manresa hasta el 6 de diciembre. Comisariada por Ricard Mas, colaborador de Bonart , y con el diseño expositivo de L'Estudi de la Mirada, dirigido por Jesús Galdón, la muestra pone en relación el patrimonio de los siglos XVII y XVIII con la creación catalana de las últimas décadas del siglo XX.

La propuesta expositiva busca detectar afinidades, supervivencias y transformaciones. El Barroco aparece así como una sensibilidad capaz de atravesar los siglos y manifestarse bajo formas inesperadas: en el exceso y la teatralidad, en la fascinación por la imagen y el artificio, en la mezcla de lenguajes, en la cultura popular o en la capacidad de convertir el espectáculo en una herramienta de persuasión. Desde esta perspectiva, la posmodernidad deja de ser un territorio completamente nuevo y puede ser leída también como un espacio de retorno, una especie de eco tardío de esa cultura barroca.

Una cincuentena de obras establecen correspondencias entre el patrimonio barroco catalán y artistas que, entre finales de los años setenta y 2000, trabajaron desde territorios tan diversos como la performance, la fotografía, el cine, el diseño, la escultura, la poesía visual o la cultura popular. Salvador Dalí, Juan Brossa, Perejaume, Jaime Plensa, Javier Mariscal, Eulalia Valldosera, Juan Fontcuberta, Carlos Santos, Jordi Benito, Fernando Adrià, Bigas Luna, Hannah Collins o Ana Zelich comparten aquí un espacio de fricción con una tradición que, lejos de presentarse como un pasado inmutable, se revela.

La pregunta que articula la propuesta es tan sencilla como incómoda: ¿hasta qué punto existe un alma barroca catalana capaz de sobrevivir a los cambios de siglo? La exposición parte de la hipótesis de que esta constante no desaparece, sino que adopta nuevas formas. El Barroco, entendido más allá de su cronología, aparece así como una actitud frente al mundo: la fascinación por el exceso, la teatralidad, la paradoja, la metamorfosis, la ilusión, el contraste entre apariencia y realidad y una cierta inclinación para convertir el espectáculo en una herramienta de conocimiento.

Esta lectura permite ampliar considerablemente el marco habitual con el que se explica la modernidad artística catalana. La persistencia barroca puede rastrearse, según la propuesta expositiva, en la densidad ornamental de determinadas expresiones modernistas, pero también en algunos rasgos del primer Novecentismo, en figuras como Josep Aragay o Xavier Nogués, en la recuperación de las artes populares y de la cerámica esmaltada, en el imaginario surrealista de Dalí, persuasión visual que ya habían sido esenciales en la cultura de la Contrarreforma.

El salto hacia la posmodernidad no es, por tanto, tan abrupto como podría parecer. Precisamente aquí radica una de las aportaciones más sugerentes de la muestra: plantear que lo que llamamos posmodernidad puede ser leído también como un retorno del barroquismo, no en forma de reconstrucción historicista, sino como una recuperación de la fragmentación, la cita, la ironía, la teatralidad y la mezcla de lenguajes. La historia del arte deja de funcionar como una línea recta y se convierte en una superficie llena de ecos.

En este sentido, las obras seleccionadas no sólo funcionan como ejemplos de una tesis previa, sino como dispositivos de comparación. El diálogo entre piezas de procedencias y cronologías distintas permite observar cómo determinadas formas reaparecen bajo apariencias inesperadas. El cuerpo, la escenografía, la imagen, el artificio, la religiosidad transformada, la cultura de masas o la fascinación por el objeto adquieren nuevos significados cuando pasan de un contexto histórico a otro.

Es especialmente interesante que el recorrido no se limite a los nombres más previsibles de la contemporaneidad catalana. Junto a creadores ampliamente incorporados en el relato del arte catalán de las últimas décadas, la muestra incorpora figuras y prácticas que permiten ensanchar la mirada. La fotografía de Joan Fontcuberta o Hannah Collins, la dimensión escénica de Carlos Santos, la radicalidad de Jordi Benito, la poética espacial de Plensa, las operaciones conceptuales de Perejaume o las investigaciones de Eulàlia Valldosera contribuyen a dibujar un mapa en el que el Barroco ya no es sólo una cuestión de formas, sino de comportamientos de la imagen.

También existe una dimensión popular y espectacular que resulta esencial para entender esta persistencia. El Barroco supo construir una cultura de la fascinación, capaz de utilizar la imagen para provocar emociones y movilizar conciencias. Siglos después, la publicidad, el cine, el pop, el diseño y los medios de comunicación recuperarán buena parte de esa capacidad de seducción. En este terreno, la presencia de Javier Mariscal, Bigas Luna o incluso Ferran Adrià introduce una cuestión especialmente contemporánea: la disolución de las fronteras entre las artes y la necesidad de entender la creatividad como territorio expandido.

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