Estos días se celebra Paris Photo 2026, la 29ª edición, con una conmemoración del bicentenario de la fotografía. Y hace unos días, la feria ArtsLibris MACBA, dedicada a publicaciones de artista, fotolibros y pensamiento, ha conseguido casi 10.000 visitantes en un fin de semana. Es un buen momento para hacer un elogio del fotolibro, que ha acercado este arte a la gente, y lo haré con motivo de la publicación del fotolibro de Manel Esclusa, con textos de Víctor Sunyol, 'AMB sin MERCADO'. Crónica de un silencio (2026), editado por Camídemarges.
El formato fotolibro como modelo de exposición de las obras de los fotógrafos es uno de los hallazgos más fecundos del arte contemporáneo. Antes había catálogos de fotógrafos como resultado de exposiciones, pero hizo falta dar un paso más allá: fue descubrir algo sencillo como poner un palo a un caramelo. Era lo mismo que conocíamos, pero había grandes diferencias. Walker Evans y Cartier-Bresson ya lo intuyeron unos años antes, pero fueron los norteamericanos William Klein y Robert Frank quienes lo impulsaron definitivamente en los años cincuenta del siglo XX. Klein, en 1956, publicó Nueva York, uno de los libros de mi biblioteca que más quiero, y también Frank, The Americans, en 1958. Los ejemplos son abundantes desde entonces: Masahisa Fukase, Daido Moriyama, Kikuji Kawada, Rinko Kawauchi, en otro registro más de soledad y subjetividad, Nan Goldin, Sophie Calle, Alec Soth y Jacques Olivar con su Forever Young.

Como se puede comprobar, entre todos los ejemplos posibles he hecho una elección interesada. He elegido citar a aquellos fotógrafos, muchos de ellos japoneses, que se aproximan, como lo hace Manel Esclusa, a la poética del silencio y crean una clara sensación escénica de ausencia y misterio. La palabra clave aparece en el subtítulo del fotolibro: «Crónica de un silencio».
En esta ocasión, la figura escenificada del silencio viene dada por el hecho mismo del derribo de un edificio singular construido en 1980 en Vic por Eduard Molas para uso como mercado y derribado recientemente, en 2024. Un ejemplo de arquitectura «brutalista». Sobre esta desaparición, Manel Esclusa ha hecho un recorrido que fotografía desde el inicio de la demolición hasta el final, cuando lo vemos convertido en un solar tapiado.
El libro contiene unas 160 fotografías y diez páginas que las acompañan, escritas por Víctor Sunyol. Todo él desprende una sensación, no verificada, de que ambos parecen implicados en algunos recuerdos o vivencias comunes con este mercado ahora derribado. Como letrado y especialista en las artes de la visión, me interesa mucho la colaboración entre artistas y poetas. Por lo que conozco de su obra como escritor, nadie podría conectar mejor con el motivo del libro que este poeta. Su palabra describe, recuerda y piensa sobre un tema que a primera vista podría parecer difícil como estímulo poético, pero Sunyol consigue la misma eficacia y emociones que las propias fotografías. La tipografía escogida para el texto recrea la característica letra y los números de las impresoras matriciales que se utilizaban en los tickets de caja de los puestos del mercado.

El fotolibro establece un recorrido en sus páginas; hay temporalidad y secuencia, porque es la crónica de un suceso seguido a lo largo del tiempo y en las diferentes fases del derribo. Sunyol, en uno de los pensamientos, nos ofrece setenta sinónimos de derruir. Las páginas recogen, a modo de lo que diríamos una fotosecuencia, todo el proceso, y esto ya crea un tiempo y un ritmo propio en el que las imágenes van corroborando el abandono. Tal como sucede con las obras de los fotógrafos que ya he citado, va dominando la relación entre lo que era visible y lo invisible de aquello que ya no está, el vacío, una cierta melancolía por el paso del tiempo, la huella de los carteles antiguos, la memoria de quienes han pisado este pavimento ya en desuso y cierta soledad. Esclusa hace visible la realidad día a día, pero a la vez tiene la virtud de visualizar lo que ya no está presente, la ausencia, el silencio, a través de la luz. Sus obras hacen visible no aquello que está presente ante la cámara fotográfica, sino aquello que se ha perdido, permanece oculto o se resiste a ser representado. Siempre lo ha hecho así y, en este caso, incluso están presentes los olores, los murmullos de la cháchara y los ruidos del mercado.

El libro no es solo un soporte documental, porque te das cuenta, finalmente, de que tiene toda la fuerza visual de la obra de Manel Esclusa cuando ves las fotografías una por una. El paso del brutalismo de la construcción del mercado a la sutileza del pequeño detalle observado con atención por el fotógrafo se convierte en una experiencia estética profunda.
Manel Esclusa tiene la cualidad de hacer de la fotografía un cuchillo de doble filo: parte de la verdad para acceder a una revelación. Lo sé desde que vi las fotos de las series sobre los barcos anclados en el puerto de Barcelona. Utiliza lo que es propio del medio como instrumento de conocimiento del mundo, como si fuera un observador objetivo de arquitecturas, naturaleza, cuerpos y barcos, pero inmediatamente el movimiento de cámara, el ángulo de visión y el tratamiento de la luz hacen aparecer la imagen de una experiencia interior muy personal, un estilo inconfundible que no siempre puede traducirse a conceptos porque se aproxima a una abstracción radical, siempre generadora de misterio poético.
En este fotolibro, también el documento se transforma en poesía y, cuando la imagen deja de ofrecer una explicación y nos interroga, deriva, como digo, en una interrogación. La destrucción capturada por la cámara se convierte en una imagen de una verdadera experiencia estética que inspira estos versos de Víctor Sunyol hacia el final del libro, cuando el edificio ha desaparecido y todo es ya un solar. Dice:
"Pasear por los alrededores de un solar vacío. De repente, en medio de un silencio extraño, arriba, muy tenue, un eco de tiempo: “¿dónde están, dónde están, las vidas de antaño?"

La obra de Manel Esclusa trata la verdad y la realidad porque son privilegios del fotógrafo. Pero lo que es más singular de su obra es que, más allá de eso, es un fotógrafo silencioso, que crea una poética de lo que falta, de la ausencia, del vacío. En sus fotografías y en sus libros publicados aparecen siempre estos conceptos: la antológica (1979/2021) del Centro de Arte Niemeyer, en Oviedo, se titulaba Luz que se esconde; la exposición en el Centro de Arte Santa Mónica, en 2002, Silencios latentes; uno de mis preferidos, El legado de la luz, de 2022, AC/VIC; o la exposición en el Espacio 13 de la Fundación Miró, que titulé Verdad y revelación. Y ahora, con este libro, Crónica de un silencio.

Eco o la sensación persistente
Al inicio de esta crónica he mencionado una serie de fotógrafos japoneses y decía que se aproximan a la realidad como lo hace Manel Esclusa, a través de la poética del silencio, y crean una clara sensación escénica de ausencia misteriosa. A esto hay que añadir un nuevo valor consistente en la resonancia persistente del eco de las cosas. Manel, en la presentación del libro, dio una clave fundamental para acceder a la atmósfera del lugar que retrataba y al espíritu del libro. Hablaba de un concepto de la estética japonesa: yoin, que de una manera u otra siempre está presente a raíz de la verdadera emoción estética. Literalmente, se puede traducir como una sensación persistente, una especie de vibración sonora que perdura una vez hemos tenido un golpe emocional. Tal como si fuéramos una campana o el Mercado, que, después de ocupar un lugar físico en el espacio, ha desaparecido, pero nos queda el eco.

Toda la obra de Manel Esclusa es capaz de hacernos mirar la realidad de otra manera. Extendiendo el argumento de la resonancia sonora, diría que no solo este libro, sino toda su obra, nos crea la sensación de que estamos viendo aquello que ya no está. Los mismos desenfoques y movimientos, junto con el punto de vista tan característico de él, activan en nosotros unos resortes transformadores. Se convierte en una especie de demiurgo capaz de darle la vuelta a la realidad en imágenes hechas con una luz que se esconde. Es por eso que lo consideramos el fotógrafo de la noche y del misterio, del silencio y de la ausencia que siempre deja en nosotros la vibración persistente de un eco visual. Esta es su magia.