En Quart, el museo parece condenado a tener que justificar una y otra vez su derecho a existir. Tras el cierre, la reivindicación ciudadana y una reapertura cargada de entusiasmo, el Museu de la Terrissa vuelve a quedar atrapado en la misma inquietud: ¿qué futuro tiene y quién está dispuesto a garantizarlo?
Desde Bonart ya denunciamos la situación de este equipamiento y defendimos la necesidad de recuperarlo. En noviembre de 2023, la reapertura permitió pensar que se iniciaba otra etapa. Había implicación de la Asociación de Alfareros de Quart, voluntad de programación y la oportunidad de reconstruir el vínculo entre el museo y la ciudadanía. Ese impulso merecía continuidad. Hoy, sin embargo, las puertas vuelven a estar cerradas y el futuro vuelve a quedar pendiente de un hilo.
Las adecuaciones técnicas son necesarias, pero en este caso hay una contradicción política que merece ser explicada. El anterior equipo de gobierno consiguió una subvención de 500.000 euros para adecuar el museo. El mismo gobierno que lo había mantenido cerrado y que cuestionaba su continuidad como proyecto museístico obtenía los recursos para reformarlo. Una paradoja que retrata la falta de un rumbo coherente para este equipamiento.
Aún es más preocupante lo que ocurrió durante las obras ejecutadas por Sorigué: llovió, el edificio no se protegió a tiempo y el agua provocó daños en el interior. Hay que aclarar qué medidas de protección se habían previsto, por qué fallaron y cómo se actuó. También hay que determinar las responsabilidades de la empresa ejecutora, de la dirección de los trabajos y de la supervisión de la obra. El resultado es difícil de aceptar: una intervención destinada a mejorar el museo ha acabado agravando la situación.
En el caso de Sorigué, el contraste con su reconocida vinculación al mundo del arte, a través de su fundación, es especialmente desconcertante. Este compromiso cultural debería traducirse en un cuidado exigente de los equipamientos patrimoniales donde trabaja el grupo. El prestigio también se demuestra protegiendo lo que se tiene entre manos.

El Ayuntamiento debe explicar el alcance de los daños, las reparaciones necesarias, quién debe asumir el coste y cómo afectan al calendario de reapertura. Con dinero público y patrimonio colectivo en juego, estas preguntas necesitan respuestas concretas.
El problema es esta sensación de retorno al punto de partida. De pasar de puntillas por una cuestión que exige compromiso. Un museo puede quedar cerrado físicamente durante un tiempo; su proyecto, en cambio, necesita continuar vivo. Cuando se instala la incertidumbre, se desgastan las complicidades, se enfría la participación y se malogra la confianza de las personas que han puesto conocimiento, horas y entusiasmo.
Lo digo, también, desde la implicación de Bonart en la recuperación del equipamiento. Hemos defendido este museo y hemos contribuido a impulsar una nueva etapa. Esa proximidad nos obliga a reclamar un futuro sólido y a valorar con exigencia los resultados. Recuperar una actividad es una primera meta; asegurar su continuidad es la responsabilidad que viene después.
El Ayuntamiento de Quart demostró, en un primer momento, una voluntad extraordinaria de recuperar el museo. Hay que reconocer aquel impulso y la capacidad de volver a reunir personas y complicidades alrededor del proyecto. Pero aquella arrebato se ha ido desinflando y diluyendo de una manera escalofriante. El compromiso municipal necesita continuidad presupuestaria, contratación de personal y una estructura profesional que sostenga el funcionamiento cotidiano del equipamiento.
El Ayuntamiento debe demostrar una voluntad inequívoca de compromiso con el museo, y una manera bien concreta de hacerlo es contratar personas. Demasiado a menudo las voluntades municipales se truncan cuando llega la hora de asumir el mantenimiento diario. Sin personal técnico, las inversiones supramunicipales pueden acabar malgastadas. Querer un museo implica asumir la responsabilidad de sostenerlo.
Esto obliga a precisar también qué debemos exigir a la Generalitat. El Gobierno y la Diputación pueden ayudar, asesorar y contribuir a la financiación, pero el apoyo básico debe ser municipal. La Generalitat difícilmente puede construir una colaboración estable si el compromiso del ayuntamiento no es meridiano. Tampoco se le puede trasladar automáticamente el sostenimiento de equipamientos creados sin una planificación acordada y al margen del Plan de Museos. Un municipio no puede reclamar un museo propio y esperar que otra administración asuma indefinidamente su funcionamiento.

Esto no exime a la Generalitat de su responsabilidad de acompañar, orientar y facilitar una salida. Su intervención debería ayudar a aclarar las condiciones de viabilidad del proyecto y a concretar los compromisos de cada uno. En este caso, el acompañamiento no ha aportado, desde nuestra perspectiva, la claridad ni la capacidad de resolución que se necesitaban. Pero desbloquear la situación exige que el Ayuntamiento vuelva a poner sobre la mesa una apuesta inequívoca, con personal, presupuesto y calendario. Sobre esa base se puede reclamar una cooperación efectiva de las otras administraciones. De lo contrario, corremos el riesgo de seguir invirtiendo en edificios sin garantizar la vida cultural que les da sentido.
A esta situación se añade la pérdida de una figura que debía tener un papel articulador importante: Eugènia Balcells, incorporada al proyecto y con una fundación arraigada en el municipio. Su muerte, en marzo de 2026, ha dejado un vacío humano y creativo considerable. Su implicación abría una oportunidad para conectar el patrimonio alfarero con la creación contemporánea y con otras formas de conocimiento. Ahora hay que dar continuidad a esa complicidad y evitar que el trabajo realizado y las expectativas compartidas queden en nada.
Un camino que merece ser estudiado seriamente es un acuerdo de tutela o de acompañamiento con el Terracotta Museu de la Bisbal d’Empordà. Compartir conocimiento, asesoramiento, conservación, programación y estrategia educativa podría dar consistencia al proyecto de Quart y reforzar las conexiones del patrimonio cerámico del territorio. Habría que definir su alcance, las responsabilidades y, sobre todo, la dotación económica. La cooperación necesita presupuesto: las buenas intenciones no cubren las horas de trabajo.
Esto exige que dos ayuntamientos, con prioridades y ciclos políticos que pueden ser diferentes, sean capaces de construir un acuerdo estable. Sería un ejercicio saludable de democracia: anteponer el sentido común y el interés general a las lógicas de partido y los cálculos electorales. El patrimonio necesita una perspectiva que vaya más allá del mandato municipal.
Quart conserva una cultura de la tierra, del fuego y de las manos que aún tiene mucho que contar. El museo puede conectar esa memoria con la creación contemporánea, la educación, el diseño y los retos de los oficios artesanos. Para hacerlo necesita personas, actividad, dirección y continuidad.
Da pena tener que volver a escribir sobre unas puertas cerradas. Pero aún sabría peor acostumbrarnos. Hay que poner sobre la mesa el estado real del equipamiento, los recursos disponibles y un calendario de trabajo público. Y hay que escuchar a la Asociación de Alfareros de Quart y a las personas que han sostenido la reivindicación del museo durante todos estos años.
El barro necesita tiempo para tomar forma. La incertidumbre institucional ya ha tenido demasiado.