La historia del arte también se construye a partir de figuras que, pese a desarrollar una trayectoria propia, quedan relegadas por el brillo de los nombres que las rodean. Ricardo de Madrazo y Garreta (1852-1917) es uno de esos artistas cuya obra merece una nueva mirada. Vinculado a una de las sagas artísticas más influyentes de la España del siglo XIX, su producción quedó en buena medida eclipsada por el reconocimiento internacional de su cuñado Mariano Fortuny y Marsal y de su hermano Raimundo de Madrazo. Ahora, el Museo del Prado recupera su legado sobre papel y reivindica la singularidad de una práctica artística que encontró en el dibujo y la acuarela sus medios de expresión más personales.
Hasta el 17 de enero de 2027, la sala 60 del edificio Villanueva acoge, dentro del programa Almacén abierto, la primera exposición dedicada a Ricardo de Madrazo. La muestra reúne cuadernos de dibujo, acuarelas, dibujos, un autorretrato y documentos personales que permiten reconstruir una trayectoria desarrollada a lo largo de casi cincuenta años. Prácticamente inéditas en su conjunto, las obras ofrecen una aproximación directa a los intereses, los procedimientos y la evolución de un creador cuya aportación había permanecido en un segundo plano dentro de la historia familiar.
El recorrido pone de manifiesto su dominio del lápiz, la pluma y la acuarela, así como la amplitud de sus inquietudes. La copia de los grandes maestros convive con el orientalismo, las vistas urbanas, los paisajes y las escenas de carácter íntimo y familiar. Más allá de su valor documental, estos trabajos permiten reconocer una mirada atenta a la realidad y a sus variaciones, capaz de transitar entre el estudio minucioso y la observación espontánea.
La exposición también subraya la importancia de la política de adquisiciones del Museo del Prado, que ha permitido reunir 29 cuadernos del artista. Este conjunto constituye una fuente excepcional para seguir su proceso creativo y comprender cómo el dibujo funcionó como herramienta de aprendizaje, registro y experimentación a lo largo de su vida.

Dos estudios de una figura vestida de moro Ricardo de Madrazo y Garreta Acuarela sobre papel avitelado 1871. Firmado y fechado Madrid, Museo Nacional del Prado. Adquirido en 2012.
Una identidad artística más allá del apellido
Hijo menor de Federico de Madrazo y nieto de José de Madrazo, Ricardo creció en un entorno donde la práctica artística formaba parte de la vida cotidiana. Su educación estuvo marcada por la influencia paterna y, especialmente, por la proximidad de Mariano Fortuny, en cuyo taller comenzó a trabajar siendo todavía muy joven. Este contacto con uno de los artistas españoles de mayor proyección internacional de su tiempo resultó decisivo para su formación, aunque la extraordinaria notoriedad de Fortuny y de Raimundo acabaría contribuyendo a diluir su propia personalidad artística.
Aunque cultivó también la pintura al óleo, el retrato y la ilustración, y mostró interés por la fotografía, fue en las obras sobre papel donde encontró un espacio especialmente fértil para desarrollar sus inquietudes. Sus cuadernos no son únicamente un repertorio de apuntes preparatorios, sino también una suerte de diario visual en el que se entrecruzan la observación del entorno, el aprendizaje de la tradición pictórica y el registro de experiencias personales.
Fechados entre 1867 y 1917, los cuadernos acompañan al artista durante toda su trayectoria. Madrid, Roma, Nápoles, Granada, Toledo, Venecia, Tánger, Fez, Biarritz y Lequeitio aparecen como escenarios de una práctica que se nutre del desplazamiento y del contacto con paisajes, arquitecturas y formas de vida diversas. En sus páginas se suceden estudios preparatorios, copias de maestros, modelos, panorámicas urbanas y escenas domésticas que revelan tanto la amplitud de sus intereses como la continuidad de su trabajo.

Mihrab de la Mezquita de Córdoba Ricardo de Madrazo y Garreta Lápiz y acuarela sobre papel avitelado 1870. Firmado y fechado Madrid, Museo Nacional del Prado. Adquirido en 2012.
El viaje como laboratorio de la mirada
El viaje ocupa un lugar central en la producción de Ricardo de Madrazo. Las acuarelas realizadas durante sus estancias en Córdoba y Granada, algunas de ellas en compañía de Fortuny, evidencian su fascinación por la arquitectura islámica, la riqueza ornamental y los efectos cambiantes de la luz. En obras como Mihrab de la Mezquita de Córdoba, Sala de los Abencerrajes, en la Alhambra de Granada y Árboles en la Cuesta del Rey Chico, Granada, la atención al detalle se combina con una sensibilidad especial hacia las variaciones cromáticas y lumínicas.
Estos trabajos revelan una manera de observar que va más allá de la descripción arquitectónica o paisajística. La acuarela le permite captar las particularidades de cada espacio, registrar la incidencia de la luz y traducir sobre el papel la atmósfera de los lugares visitados. La precisión del dibujo y la ligereza de la técnica se articulan así en una práctica que oscila entre el estudio riguroso y la impresión inmediata.
El viaje al norte de África realizado en 1877 amplió este repertorio y reforzó su interés por los asuntos orientalistas, presentes también en la producción de otros artistas de su entorno. Los cuadernos conservan numerosos apuntes tomados en Tánger y Fez, testimonios de una observación directa que posteriormente alimentaría nuevas composiciones. Algunos de estos registros fueron reutilizados como punto de partida para otras obras o reproducidos en revistas ilustradas, lo que demuestra la circulación de sus imágenes más allá del ámbito estrictamente privado.