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Editorial

Sismos humanos, sismos patrimoniales

Sismos humanos, sismos patrimoniales

Hay terremotos que remueven la tierra y los hay que remueven la memoria. Ambos dejan, a su paso, la misma pregunta abierta: qué es aquello que realmente vale la pena salvar, y cómo lo hacemos cuando el propio suelo ha dejado de ser fiable. Walter Benjamin imaginó una vez un ángel de la historia que avanza de espaldas al futuro, contemplando cómo las ruinas se acumulan ante sus ojos sin poder detenerse a recomponerlas: quizá ninguna imagen describe mejor la tensión entre catástrofe y memoria que atraviesa este número.

Porque los sismos no son solo un fenómeno geológico. Los hay de otra clase, tal vez todavía más difíciles de predecir y de medir: las guerras, las crisis y los desencuentros que sacuden el mundo que compartimos. Además, vivimos en un momento donde la tecnología ha adquirido una capacidad de decisión tan determinante que llega a asustarnos, y donde las crisis migratorias, en todas partes, son de una devastación que a menudo cuesta mirar de frente. Esta es la otra sismología contra la que luchamos —una que no se mide en grados Richter, sino en fracturas sociales y humanas—. Y es precisamente en medio de este terreno inestable donde, una vez más, aparece la luz de la esperanza: la cultura, que tantas veces quiere decir, sencillamente, arte y humanidad.

Este número nace atravesado por esta pregunta. Hablamos de sismos y de las tragedias que provocan sobre el legado cultural —bibliotecas que se parten, museos que se resquebrajan, archivos que desaparecen bajo los escombros—, aunque no perdemos de vista que las pérdidas más trágicas son siempre las humanas: las vidas que estos mismos temblores, en cualquiera de sus formas, se llevan por delante. Pero si algo nos ha enseñado la historia es que lo que se rompe no siempre se pierde: a menudo, se reconstruye más consciente de sí mismo, más compartido, más necesario.

No es casualidad que presentemos este número en Medellín y en Bogotá, ni que lo hagamos con dos portadas que se miran de tú a tú: la de Alejandro Tobón, artista de Medellín, y la de Sandra Rengifo, artista de Bogotá. Tobón reconstruye con materiales del artesanado conceptos tomados del arte y la cultura urbana, mientras que Rengifo expuso, en el fabuloso espacio Fragmentos, un proyecto donde los pueblos indígenas reclaman y proclaman su voz. Dos miradas, dos ciudades, un mismo número —y, precisamente por ello, una declaración de intenciones. Porque este no es un número sobre Colombia, es un recorrido por las distintas latitudes del continente americano —de Miami a Buenos Aires, de São Paulo a Lima— que dialoga a la vez con el Mediterráneo. Un mosaico de geografías que se responden unas a otras, y que encuentra en la entrevista al director del MAM de Medellín uno de sus hilos conductores.

Colombia conoce bien la doble experiencia de la fragilidad y la reconstrucción. El terremoto del Eje Cafetero de 1999 dejó Armenia y toda la región en ruinas, pero también abrió uno de los procesos de reconstrucción de su acervo cultural y de reconstrucción comunitaria más estudiados del continente: casas, iglesias y espacios culturales levantados de nuevo con la participación activa de quienes los habitaban, convirtiendo la pérdida en un acto colectivo de memoria. Ese mismo año, al otro lado del Atlántico, nacía Bonart —sin saberlo entonces, ya empezaba a tejerse el hilo que hoy nos trae hasta aquí—. Al otro lado del Atlántico, Cataluña y el Mediterráneo guardan sus propias cicatrices sísmicas —desde el terremoto del Ripollès de 1428, que dañó monasterios e iglesias románicas enteras, hasta los sismos recientes de Turquía-Siria y Marruecos, que nos han recordado que ese legado nunca está del todo a salvo. Son geografías distintas, pero comparten un mismo lenguaje: el de la fragilidad que, paradójicamente, nos obliga a mirar más de cerca aquello que dábamos por garantizado.

Es aquí donde este número encuentra su contrapeso: en la esperanza. Porque si esas pérdidas nos hablan de ruptura, las páginas que siguen hablan de riqueza —artística, creativa, humana—. Cada proyecto, cada obra y cada voz que encontraréis es, a su manera, un ejercicio de reconstrucción: una forma de levantar de nuevo aquello que importa, aunque sea sobre el papel. Una revista, al fin y al cabo, no deja de ser eso: un espacio donde la memoria se preserva mientras se proyecta hacia delante, donde aquello que podría quedar sepultado bajo el olvido encuentra una nueva forma de mantenerse en pie.

Presentar este número en el MAM de Medellín y en ArtBo de Bogotá es, para Bonart, mucho más que un acto de difusión. Es el inicio de un diálogo entre territorios —Medellín y Bogotá, pero también Miami, Buenos Aires, São Paulo, Lima, Venecia, Madrid, Bilbao, Barcelona y el resto del territorio catalán— que se entienden desde una misma experiencia: la de construir cultura pese a —o precisamente por— la conciencia de su fragilidad. Estas geografías, separadas por océanos y latitudes, comparten una misma verdad: que ese legado no se define por su solidez, sino por la voluntad colectiva de sostenerlo, número tras número, generación tras generación.

Este es, pues, un número sobre sismos. Pero es, sobre todo, un número sobre todo aquello que sigue en pie después de que la tierra haya temblado.

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