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Exposiciones

Anselmo Kiefer. La respiración secreta de la materia

'La vida secreta de las plantas de Anselm Kiefer' llega a La Pedrera en una inmersión en la memoria, la ruina y las fuerzas ocultas de la materia.

Anselm Kiefer, The Secret Life of Plants for Robert Fludd, 2001-2002 © Anselm Kiefer.
Anselmo Kiefer. La respiración secreta de la materia

"Aún hay cantos para cantar más allá de los humanos", escribe Paul Celan en Fadensonnen , un poema breve y fulgurante que parece levantarse desde un paisaje devastado, allí donde la palabra ha quedado herida y el mundo ha perdido su antigua inocencia. En este verso, frágil y rotundo a la vez, late la intuición de que algo puede seguir resonando más allá de la destrucción, como una voz que ya no pertenece del todo a los hombres, pero que tampoco ha sido disuelta por el silencio. Esta tensión entre herida y persistencia, entre desaparición y retorno, atraviesa también el universo de Anselm Kiefer, un artista que ha convertido la materia en lugar de memoria, la ruina en forma de pensamiento y la ceniza en un territorio todavía capaz de preservar una vida secreta.

  • Opus Magnum Athano, 2014, Anselm Kiefer.

El 8 de marzo de 1945, mientras Europa agonizaba entre sirenas, cenizas y ciudades resquebrajadas, Anselm Kiefer nacía en Donaueschingen, una pequeña ciudad del suroeste de Alemania, junto a la Selva Negra. La guerra aún no había terminado, y la luz que atravesaba las noches no presagiaba ningún renacimiento, sino el resplandor convulso de un mundo que se derrumbaba. Imaginar a ese bebé en una cuna, bajo un cielo desgajado por chispas y reverberaciones, no es buscar una imagen sentimental, sino reconocer una correspondencia profunda entre una vida y una obra: alguien que llega al mundo cuando todo parece extinguirse y que, años más tarde, hará de los restos, de los materiales heridos y de los nombres sepultados uno de los nombres sepultados uno de los cuentos.

Esta tensión entre devastación y renacimiento atravesará toda su trayectoria. Kiefer nunca reducirá la historia a un relato, ni la memoria a una imagen estable. Las hará emerger como una presencia inquieta, como una sustancia que insiste, se acumula y devuelve. En sus manos, el plomo, la ceniza, la paja, la tierra, las flores secas o los libros de metal dejarán de ser simples materiales para convertirse en cuerpos cargados de tiempo, capaces de retener lo que las palabras no siempre pueden sostener. Desde este territorio liminar entre la ruina y la semilla, entre lo perdido y lo que todavía late bajo la superficie, se irá desplegando una de las obras más singulares, exigentes e influyentes de nuestro tiempo.

La Fundació Catalunya La Pedrera presenta, del 2 de octubre de 2026 al 24 de enero de 2027, La vida secreta de las plantas. Anselm Kiefer en la Colección Grothe , la primera exposición monográfica dedicada al artista en Barcelona. Comisariada por Walter Smerling, la muestra reúne a una selección de unas cuarenta piezas procedentes de la colección privada de Hans Grothe, una de las más relevantes dedicadas a Kiefer, y se completa con obras de otras colecciones privadas. La propuesta ofrece una aproximación concentrada, pero de gran densidad simbólica, a un universo creativo que desborda cualquier categoría estricta, porque en Kiefer la pintura, la escultura, la instalación, la fotografía y el libro de artista forman parte de un mismo organismo de pensamiento, de una misma manera de interrogar lo que queda cuando la historia deja de ser relato.

  • Die Wallküren, 2014, Anselm Kiefer.

El título de la muestra remite a una de las pulsiones esenciales de su obra: la relación entre el microcosmos y el macrocosmos, entre las formas más discretas de la vida y las estructuras invisibles del universo. Las plantas, semillas, raíces, girasoles, paja o flores secas no comparecen en Kiefer como motivos ornamentales, sino como presencias cargadas de tiempo, de mutación y de energía latente. Lo vegetal germina y se extingue a la vez; es combustión y espera, residuo y promesa, materia vulnerable y forma secreta de permanencia. En este sentido, el diálogo con Robert Fludd, médico, alquimista y pensador inglés del siglo XVII, permite comprender esta idea de un mundo secretamente interdependiente, en el que naturaleza, humanidad y cosmos participan de una misma respiración oculta.

Su obra se construye desde una materialidad extrema, casi telúrica. El plomo, la ceniza, la arena, el barro, el hormigón, el vidrio, la madera, los pigmentos espesos o los libros de metal no son simples materiales puestos al servicio de una imagen, sino sustancias que piensan, pesan, recuerdan y se transforman. Kiefer no representa la ruina; la hace comparecer. No pinta sólo paisajes devastados, sino superficies que parecen haber atravesado el fuego, la intemperie y el silencio. En sus manos, la pintura se convierte en campo, biblioteca, arquitectura herida, cielo nocturno, territorio mental. Cada obra contiene una arqueología de signos donde la materia no ilustra una idea, sino que la despierta, la ensombrece y la lleva hacia una profundidad más incierta.

Desde sus primeros trabajos, Kiefer asumió el reto incómodo de mirar de cara a la historia alemana reciente. A finales de los años sesenta, en las acciones conocidas como Besetzungen - Ocupaciones -, se fotografió en varios lugares de Europa con el uniforme militar de su padre y parodiando el saludo nazi. Aquel gesto, profundamente controvertido, no quería restituir ningún símbolo de poder, sino exponer su persistencia espectral, obligar a la imagen a atravesar lo que la sociedad alemana de posguerra había preferido silenciar. Desde entonces, su práctica despliega una pregunta fundamental: ¿cómo hacer arte después de la catástrofe?, ¿cómo sostener la belleza sin borrar el dolor?, ¿cómo permitir que la memoria no quede sepultada bajo la comodidad del olvido?

En esa dimensión ética y poética, la presencia de Paul Celan es decisiva. Celan, poeta judío de lengua alemana nacido en Czernowitz y marcado por la Shoah, escribió desde un lugar herido: en la lengua alemana y, al mismo tiempo, contra su destrucción moral. Su poesía, hecha de estratos, silencios, condensaciones e imágenes de una belleza extrema, atraviesa profundamente la obra de Kiefer, que encuentra una forma de entender el lenguaje como resto, como memoria y respiración interrumpida. Kiefer no ilustra Celan; dialoga desde la materia. En ambos, la belleza aparece dañada, a veces, desvanecida, atravesada por una sombra que impide cualquier intento de plenitud. Los campos, los bosques, las torres, las vitrinas, los libros y las constelaciones de Kiefer no son espacios de contemplación sosegada, más bien lugares donde la memoria sigue trabajando bajo la superficie.

En La vida secreta de las plantas , vitrinas, libros, pinturas y esculturas no funcionan como piezas aisladas, sino como fragmentos de una misma respiración. La Colección Grothe permite acceder a la coherencia profunda del proyecto de Kiefer, a cómo cada trabajo parece contener otro, como cada ruina anuncia una germinación posible, como cada materia castigada conserva todavía una energía de transformación. En el contexto de La Pedrera, la exposición adquiere una resonancia particular: la piedra ondulante de Gaudí y las superficies erosionadas de Kiefer parecen reconocerse en una misma certeza, la convicción de que la materia no es nunca inerte, que toda superficie custodia una memoria, que la naturaleza no es una ornamentación, sino una fuerza punzante.

Quizá por eso, al salir de esta exposición, esa primera imagen del bebé bajo el cielo herido vuelve de otra forma. Ya no es sólo el inicio de una biografía, sino una clave de lectura para comprender toda una obra: la luz que atraviesa la noche no promete una salvación inmediata, pero tampoco se extingue del todo; persiste entre las cenizas, se adhiere a la materia, se esconde en las plantas, los libros, el plomo y la pintura, y nos recuerda que incluso después de la devastación puede persistir, secreta y empeñada, la posibilidad de un canto.

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