Hay cuerpos que el tiempo transforma, cuerpos que cargan con el cansancio, el desplazamiento, las heridas y las pérdidas, pero que continúan habitando el mundo. Sobre esa persistencia se construye Las ruinas de mi cuerpo todavía saben cantar, la exposición de Maria Laso que el Museo Central (MUCEN) de Lima presenta hasta el 25 de octubre de 2026. Ganadora del primer premio del XV Concurso Nacional de Pintura del Banco Central de Reserva del Perú, la artista propone una lectura del cuerpo alejada de su representación como materia estable: el cuerpo es aquí memoria, paisaje, fragmento, herida y también posibilidad de reconstrucción.
El título de la exposición contiene ya una declaración de principios. Las ruinas no aparecen como el resultado definitivo de una desaparición, sino como aquello que permanece después de que el tiempo, la experiencia y la vida han dejado sus marcas. Frente a la idea de un cuerpo destinado a deteriorarse, Laso plantea otro movimiento: aquello que se rompe puede reorganizarse, aquello que desaparece puede dejar una huella y aquello que parece agotado todavía puede encontrar una forma de expresión. El canto surge precisamente desde esa fisura.

La exposición reúne obras realizadas entre 2018 y la actualidad. Algunas ya habían sido mostradas anteriormente, pero regresan ahora modificadas, fragmentadas o reensambladas, estableciendo nuevas relaciones con piezas recientes. Las obras no funcionan, por tanto, como unidades cerradas, sino como partes de un organismo que se transforma a medida que avanza el recorrido. La propia exposición adquiere así una dimensión corporal: se descompone, se reconstruye y vuelve a encontrar sentido a través de sus fragmentos.
Uno de los materiales fundamentales en la producción de Laso es el sillar, una piedra porosa y vulnerable que arrastra al mismo tiempo una dimensión doméstica, arquitectónica y ancestral. En sus manos deja de ser únicamente materia constructiva para convertirse en superficie de inscripción. Sobre la piedra quedan cuerpos, huellas, imágenes y memorias; rastros de aquello que resiste al olvido mientras el tiempo intenta erosionarlo. El sillar funciona como una suerte de piel mineral, una materia capaz de conservar las marcas de aquello que la atraviesa.

La piedra conduce también hacia una de las cuestiones centrales de la exposición: la relación entre pérdida y permanencia. La tumba, la reliquia y la propia ruina aparecen como formas de pensar qué sucede con aquello que desaparece. Pero Laso evita una representación monumental de la muerte. Su interés se sitúa más bien en los restos, en lo que permanece después de la pérdida y en la posibilidad de acompañar la fragilidad de la existencia.
Desde esta perspectiva, el cuerpo aparece como un territorio en constante reorganización. Sus partes se unen y se separan, se ensamblan y se desordenan. Ya no existe como una totalidad cerrada, sino como una constelación de fragmentos que se necesitan y, al mismo tiempo, desbordan sus propios límites. La ruina deja así de ser sinónimo de destrucción para convertirse en una condición desde la que todavía es posible reconstruirse.
Pero el cuerpo de Laso tampoco es exclusivamente individual. En muchas de las obras reunidas en el MUCEN aparece atravesado por la dimensión colectiva: por las estructuras sociales que lo sostienen, pero también por aquellas que lo condicionan, lo disciplinan o lo hieren. El cuerpo pertenece a una comunidad y está sometido a sus códigos, sus afectos y sus contradicciones.
En este entramado adquiere especial relevancia la religiosidad popular. Santos, mártires y figuras cristológicas aparecen alejados de una interpretación estrictamente doctrinal y vinculados a experiencias mucho más próximas: el miedo, el deseo, la pérdida, el cuidado o la transformación. Lo sagrado se desplaza de los espacios institucionales hacia la experiencia cotidiana. Las imágenes religiosas recuperan así una dimensión afectiva y corporal y establecen vínculos con la naturaleza, la animalidad y formas primarias de relacionarse con el mundo.

La exposición introduce también el cuerpo desplazado. La migración y el desarraigo aparecen como experiencias físicas y emocionales que modifican la relación con el territorio. Son cuerpos que cruzan fronteras, pero que también encuentran límites invisibles. El regreso, lejos de garantizar una reconciliación con el lugar de origen, puede producir una sensación de extrañeza: regresar significa volver a un espacio conocido desde una identidad que ya ha cambiado.
La experiencia migratoria amplía de este modo la idea de ruina. El cuerpo desplazado conserva las huellas de los lugares que ha dejado atrás y de aquellos que ha atravesado. Lleva consigo recuerdos, pérdidas y transformaciones que no desaparecen al cruzar una frontera. La identidad se convierte entonces en otra forma de materia fragmentada, un territorio que se reconstruye continuamente.
En Las ruinas de mi cuerpo todavía saben cantar, Maria Laso evita cerrar estas cuestiones con respuestas definitivas. Sus obras se transforman en lugar de afirmar, abren sentidos en lugar de clausurarlos. La exposición funciona como una conversación entre piezas de distintos momentos de su trayectoria, pero también como una reflexión sobre aquello que permanece cuando todo parece destinado a desaparecer.
El cuerpo que presenta Laso es vulnerable, pero no pasivo. Está marcado por el tiempo, atravesado por la pérdida y sometido a fuerzas sociales, religiosas y territoriales, pero conserva una capacidad de resistencia. En sus ruinas hay memoria; en sus fragmentos, posibilidad de recomposición; en sus heridas, una forma de lenguaje.