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¿Quién se esconde? El bestiario de Josep Guinovart

El Espai Guinovart de Agramunt recupera la mirada juguetona y sorprendente del artista sobre los animales que formaron parte de su imaginario, entre la memoria rural, el descubrimiento de la naturaleza y el placer de crear.

Foto: Albert Malet Mumbrú
¿Quién se esconde? El bestiario de Josep Guinovart
bonart agramunt - 01/10/26

Memoria rural, imaginación, juego, sensación de descubrimiento, de ver a un artista con total capacidad de pregunta y búsqueda, del misterio ante el que se esconde. Hay una forma de mirar el mundo que no se aprende en los libros. Es la mirada del niño que se agacha, aparta los rastrojos y descubre que bajo un terrón puede existir todo un universo. Ésta es, en buena parte, la mirada que recupera Quien se esconde: El animalario en la obra de Josep Guinovart , una exposición que pone el foco en una de las facetas más lúdicas, vitales e inesperadas del artista: su relación con los animales.

Del 20 de septiembre de 2026 al 17 de enero de 2027, en el Espacio Guinovat de Agramunt, la muestra propone adentrarse en el particular bestiario de Guinovart y seguir la huella que la naturaleza dejó en su obra. Búhos, asnos, gallinas, abejas, caracoles y hormigas aparecen como protagonistas de un universo plástico donde la memoria, la observación y el juego se confunden hasta formar una misma experiencia.

  • Fotogafias: Albert Malet Mumbrú.

El origen de esta fascinación debe buscarse en la infancia del artista. La llegada a Agramunt durante la Guerra Civil representó para ese niño acostumbrado al paisaje urbano de Barcelona una auténtica sacudida de los sentidos. El campo de secano, los ritmos de la vida campesina y la proximidad de la naturaleza le descubrieron una realidad que hasta entonces le era desconocida. La tierra dejaba de ser simplemente un espacio para convertirse en un territorio lleno de sonidos, movimientos, texturas y criaturas.

Es en ese paisaje de las Terres de Ponent donde aparece una fauna que, con el tiempo, acabará formando parte del vocabulario de Guinovart. Los animales no están como simples motivos decorativos, sino como presencias vinculadas a la memoria ya la experiencia. El búho que permanece inmóvil, el burro de tiro, las gallinas que se mueven nerviosamente por la era o las abejas que llenan el aire con su zumbido son fragmentos de una cotidianidad que el artista conservará en su interior.

También están los animales casi invisibles, aquellos que obligan a cambiar la escalera de la mirada. Los caracoles dibujan una lenta espiral geométrica; las hormigas dejan un rastro nervioso sobre la tierra. Y es precisamente en ese gesto de bajarse hasta tocar el suelo donde nace una de las preguntas que da sentido a la exposición: ¿Quién se esconde?

La pregunta tiene algo de juego infantil pero también de declaración de principios. Mirar es buscar. Y buscar significa aceptar que el paisaje siempre guarda algo que todavía no hemos visto. Entre los rastrojos, las piedras y los terrones de Agramunt, Guinovart descubrió un mundo en miniatura, casi secreto, donde la vida se manifestaba en las formas más pequeñas. Aquellos descubrimientos quedarían grabados en su memoria y, años después, volverían al taller transformados en materia artística.

La forma, volumen y color de los animales ofrecen al artista un territorio de permanente recreación. Guinovart observa con la capacidad de sorpresa intacta del niño y después, mediante el oficio, transforma lo observado en un mundo tangible. En este proceso existe una dimensión casi física de la creación: ensuciarse las manos, manipular los materiales, experimentar con texturas y dar una nueva vida a unas criaturas que ya formaban parte de su memoria.

Así, el asno, la abeja, la gallina o el búho no son sólo animales representados, sino recuerdos que han encontrado una nueva piel. Guinovart los captura desde la proximidad y el cariño, con trazos rápidos, materiales diversos y una libertad que convierte la representación en recreación. Lo que había sido una experiencia vivida en el campo se transforma en una experiencia plástica.

Quien se esconde recupera, por tanto, una manera de entender el arte estrechamente vinculada a la curiosidad. La naturaleza no es un paisaje distante que se contempla desde fuera, sino una realidad que se toca, escucha y descubre. Y los animales se convierten en compañeros de un viaje que comienza en la infancia y que el artista retoma una y otra vez desde su taller.

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