Hay objetos que no parecen merecer un lugar en un museo. Piedras, raíces, máscaras, fotografías, juguetes, restos encontrados, utensilios cotidianos, papeles, pequeñas rarezas o piezas aparentemente insignificantes. Sin embargo, cuando alguien decide conservarlos, reunirlos y establecer entre ellos una relación, dejan de ser únicamente cosas para convertirse en fragmentos de una historia. Ese desplazamiento, aparentemente sencillo, es el punto de partida de Musée sentimental, una exposición coorganizada por el Musée des Beaux-Arts de Lyon y el Centre Pompidou que propone recorrer una de las prácticas más fértiles y menos inocentes del arte de los siglos XX y XXI: la colección como herramienta de creación.
La propuesta, presentada en el Musée des Beaux-Arts de Lyon con la participación del Pôle des musées d’art de Lyon —Musée des Beaux-Arts y Musée d’art contemporain— y el Centre Pompidou, reúne excepcionalmente obras de las tres instituciones públicas y construye un recorrido en torno a las particulares formas en que cerca de sesenta artistas y colectivos han coleccionado, acumulado, clasificado y presentado objetos. La exposición plantea una historia de las relaciones afectivas que establecemos con las cosas y de cómo esas relaciones pueden transformar nuestra manera de mirar.
Porque coleccionar nunca es un gesto completamente neutral. Toda colección implica una elección, una exclusión y una determinada forma de ordenar el mundo. El objeto aislado puede ser insignificante; reunido con otros, adquiere una nueva biografía. En ese proceso, el museo deja de ser únicamente un lugar de conservación para convertirse en un espacio de memoria, imaginación e incluso deseo. Musée sentimental se instala precisamente en ese territorio ambiguo en el que el documento puede convertirse en fetiche, el recuerdo en materia artística y lo cotidiano en una forma de poesía.
El propio título de la exposición remite a una doble genealogía. Dos salas introductorias sitúan al visitante ante dos antecedentes aparentemente alejados, pero unidos por una misma voluntad de sustituir el conocimiento puramente racional por una experiencia basada en la emoción. Por un lado aparece Alexandre Lenoir, conservador responsable, desde 1791, del depósito instalado en el convento de los Petits-Augustins, donde reunió esculturas religiosas confiscadas durante la Revolución Francesa y creó el Musée des monuments français. Su proyecto introducía una dimensión sentimental en la concepción del museo, fundándolo no únicamente sobre el estudio, sino también sobre la capacidad evocadora de los objetos.
El segundo referente es mucho más próximo al arte moderno y contemporáneo: el Musée sentimental concebido por Daniel Spoerri y presentado por primera vez en 1977 en el Centre Pompidou. Frente al museo entendido como espacio de clasificación y autoridad, Spoerri imaginó un lugar construido desde la asociación libre, la emoción y la imaginación. Los objetos podían ser escogidos por razones personales, anecdóticas o afectivas y, al ser reunidos, generaban nuevas narraciones. El museo se convertía así en una especie de autobiografía hecha de cosas.

André Breton, Mur de l'atelier d'André Breton, 1922-1966, ©ADAGP, Paris, 2026. Image © Lyon MBA - Photo Antoine Guerrier.
Esta idea atraviesa todo el recorrido. Una de las aportaciones más significativas procede precisamente de la colección del Centre Pompidou, que permite contemplar piezas de difícil préstamo y especial relevancia histórica. Entre ellas se encuentra Le Magasin de Ben (1958-1973), concebido por Ben como un auténtico espacio de acumulación donde escritura y objetos conviven hasta configurar una suerte de escultura total y mutable. La obra cuestiona las fronteras tradicionales entre instalación, archivo, tienda, colección y vida cotidiana: todo puede entrar en ella porque todo puede convertirse en material artístico.
También ocupa un lugar fundamental el célebre Mur de l'atelier d'André Breton (1922-1966), reconstrucción fiel del muro del estudio del poeta surrealista. Objetos oceánicos y precolombinos, máscaras, piedras, raíces y objetos populares convivían en aquel universo doméstico convertido en constelación. Breton no parecía ordenar el mundo: establecía correspondencias entre elementos aparentemente inconexos. Su colección era, en realidad, una forma de pensamiento surrealista. Frente a la clasificación científica, proponía la asociación poética.
En el Musée d’art contemporain de Lyon, la exposición incorpora otras aproximaciones igualmente singulares. Los Mannequins imputrescibles de Henri Ughetto, concebidos desde la década de 1970, parten de una preocupación casi paradójica: construir cuerpos sustitutos capaces de escapar a la degradación orgánica. En este caso, la colección y la acumulación se relacionan con la fragilidad del cuerpo y con el deseo de preservar aquello que inevitablemente está destinado a desaparecer.
Las piezas de Weird Family (2015-2026), de Sylvie Selig, introducen otra dimensión. Sus esculturas-personajes nacen de objetos encontrados y adquiridos en distintos lugares y construyen un universo poblado por criaturas que mezclan autobiografía, memoria y referencias a los cuentos infantiles. Lo que podría parecer un conjunto arbitrario de objetos se transforma en una familia imaginaria. La artista convierte la acumulación en relato y el objeto encontrado en personaje.
Desde las colecciones del Musée des Beaux-Arts de Lyon llega Hotel Andromeda (1954), de Joseph Cornell, una de las pequeñas cajas que el artista concebía como auténticos «teatros de memoria». Sus obras, próximas a los antiguos gabinetes de curiosidades, contienen mundos comprimidos en unos pocos centímetros. Fotografías, fragmentos, imágenes y objetos encuentran en la caja una nueva condición poética. Cornell demuestra que una colección no necesita ser monumental para ser infinita: basta con que cada elemento active un recuerdo o una posibilidad narrativa.
La exposición incorpora asimismo una veintena de esculturas de Étienne-Martin que dialogan con Mur du temps (1963-1995), reconstrucción de una parte del muro de su taller que se presenta aquí por primera vez. El taller aparece entonces no como simple lugar de trabajo, sino como depósito de una existencia artística. El tiempo queda adherido a los objetos, a los materiales y a las huellas de una práctica que convierte el espacio personal en archivo.
El recorrido reúne nombres tan diversos como Art&Language, Delphine Balley, Ben, Christian Boltanski, George Brecht, André Breton, Marcel Broodthaers, Mark Brusse, Joseph Cornell, Erik Dietman, Philippe Droguet, Marcel Duchamp, Étienne-Martin, Hans-Peter Feldmann, André Félix, Hervé Fischer, Christian Jaccard, Géraldine Kosiak, Laura Lamiel, La «S» Grand Atelier, André Masson, Annette Messager, Jean-Luc Moulène, Gabriel Orozco, Jean-Luc Parant, Jean-Pierre Raynaud, Pierre Révoil, Fleury Richard, Sarkis, Max Schoendorff, Sylvie Selig, Daniel Spoerri y Henri Ughetto.
La amplitud de esta nómina permite entender que el coleccionismo artístico no responde a una única tradición. Puede ser surrealista, conceptual, autobiográfico, antropológico, obsesivo, humorístico o incluso terapéutico. Puede surgir del deseo de conservar lo perdido o, por el contrario, de convertir lo encontrado en algo nuevo. En todos los casos, existe una misma pulsión: rescatar determinados fragmentos del flujo indiferenciado de la realidad y concederles una segunda vida.
Ahí reside buena parte del interés de Musée sentimental. La exposición no se limita a mostrar artistas que coleccionan objetos; propone pensar qué ocurre cuando una persona decide que algo merece ser conservado. En ese gesto aparentemente menor se encuentra una de las raíces del museo, pero también una de las operaciones fundamentales del arte contemporáneo: mirar aquello que normalmente pasa desapercibido y descubrir que, detrás de cada objeto, puede esconderse una historia.
El resultado es un museo dentro del museo, pero también algo más íntimo: una cartografía de afectos construida con cosas. Frente a la solemnidad de la colección institucional, Musée sentimental reivindica la posibilidad de coleccionar desde la memoria, el azar y el deseo. Las vitrinas, cajas, bolsas, acumulaciones y ensamblajes dejan de ser simples dispositivos de presentación para convertirse en espacios donde los objetos parecen conservar el eco de las vidas que los tocaron.
El proyecto está comisariado conjuntamente por Sophie Duplaix, conservadora jefe de las colecciones contemporáneas del Centre Pompidou-Musée national d’art moderne; Sylvie Ramond, directora general del Pôle des musées d’art MBA I macLYON y directora del Musée des Beaux-Arts de Lyon, además de conservadora jefe del Patrimonio; e Isabelle Bertolotti, directora del Musée d’art contemporain de Lyon y conservadora jefe del Patrimonio.
En última instancia, Musée sentimental plantea una pregunta tan sencilla como profunda: ¿por qué conservamos las cosas que conservamos? Tal vez porque algunos objetos son capaces de resistirse al olvido. Tal vez porque en ellos permanece una parte de nosotros. El arte, al reunirlos, no hace sino intensificar esa capacidad de memoria.