"Fuera, el verano acaba lentamente. Dentro, las formas siguen respirando."
Tramuntana inicia la nueva temporada con dos propuestas que comparten una misma sensibilidad hacia el territorio, pero que se aproximan a ella desde lugares radicalmente diferentes. Por un lado, Mediterráneo Atlántico , de Francisco Ruiz Abad, confronta dos geografías —Brasil de Sao Paulo y la Mata Atlántica y el Mediterráneo catalán de origen— para convertir el desplazamiento en una herramienta de pensamiento. Por otro lado, ARRIBA, el espacio de cápsulas monográficas de la galería, presenta La última melona del verano, de Ivan Forcadell, una selección de pinturas, dibujos y cerámicas que se adentra en el paisaje rural del sur de Catalunya y en ese momento impreciso en que el verano empieza a retirarse.
Las dos exposiciones se inaugurarán el sábado 5 de septiembre de 2026, a las 18 h, y se podrán visitar hasta el 24 de octubre en el caso de Mediterráneo Atlántico , mientras que La última melona del verano ocupará la segunda cápsula de ARRIBA.
Un territorio que arde y se transforma
En el trabajo de Francesc Ruiz Abad, el territorio nunca es un simple escenario. Es una superficie de memoria, un organismo sometido a transformaciones permanentes. Mediterráneo Atlántico nace del tráfico entre dos mundos que, vistos desde la distancia, podrían parecer opuestos: la vegetación exuberante de la Mata Atlántica brasileña y el paisaje mediterráneo catalán, más seco, más marcado por el fuego, la piedra y la impronta humana.
Pero el artista no plantea esa relación como una comparación geográfica. El viaje deja de ser trayecto y se convierte en método de observación. Ruiz Abad recoge fragmentos, impresiones y materiales y los somete posteriormente a procesos de descomposición y recomposición. El paisaje deja así ser representado para convertirse en una experiencia física y mental.

Sus cuadernos de viaje funcionan como una primera cartografía íntima. Las pinturas, en cambio, llevan esa experiencia hacia un terreno más ambiguo, donde la realidad se disuelve entre capas, gestos y materia. Cenizas y materiales elaborados por el propio artista introducen en las obras una dimensión casi arqueológica: lo que vemos es también lo que ha quedado.
La ceniza adquiere, en ese contexto, una poderosa ambivalencia. Es residuo, pero también origen. Es la prueba de una destrucción y, al mismo tiempo, la posibilidad de una nueva construcción. En ella conviven el final y el principio, la desaparición y la memoria.
Colorear la noche con humo
El carboncillo atraviesa la exposición como un hilo subterráneo. Su presencia conecta los bosques calcinados de Les Gavarres con la dimensión ritual de los fuegos mediterráneos, pero también con una idea más profunda de transformación. El fuego puede destruir, celebrar, purificar y dejar rastro. En Ruiz Abad, estas posibilidades conviven sin llegar a resolverse.
En el centro de la muestra aparece Mata Nocturna , una pintura monocroma de gran formato nacida de la experiencia directa de pintar la Mata Atlántica. Ante la densidad de la vegetación, el artista se encuentra con un paisaje sin apenas puntos de referencia. La representación se vuelve entonces insuficiente y el acto de pintar deriva hacia la abstracción.
La forma no aparece porque el artista la describa, sino porque se acumula. Capa tras capa, la imagen se construye como un sedimento. Realizada con humo de estampa, un negro obtenido del rastro del humo, la obra parte de una paradoja especialmente sugerente: arrojar luz con el humo, pintar la noche.
Mezclado con aceite de linaza, este negro absorbe y devuelve los colores del espacio que le rodea. La obra no es, por tanto, una superficie fija. Cambia con la luz y con la posición de quien la contempla. La oscuridad deja de ser ausencia por convertirse en una materia sensible.
Una instalación site-specific amplía esta investigación hacia la arquitectura y el imaginario cultural. El bestiario, desde las representaciones medievales hasta sus reformulaciones contemporáneas, está desarticulado y reconstruido en diálogo con el paisaje. Lo que parecía pertenecer al territorio de la fantasía vuelve así a la tierra, como si los monstruos y animales imaginarios fueran también formas de leer el mundo.
Cuando el verano comienza a desaparecer
En paralelo, ARRIBA presenta La última melona del verano , de Ivan Forcadell (Alcanar, 1993), con texto de Pablo Pareja-Alcaraz. La propuesta constituye la segunda entrega de este espacio de Tramuntana dedicado a presentaciones monográficas.

ARRIBA funciona como una cápsula dentro de la programación de la galería: un espacio más concentrado, destinado a un único artista y concebido para acoger proyectos específicos, intervenciones y piezas singulares. Esta estructura permite que la mirada se detenga en una práctica artística concreta y en sus derivas.
Forcadell trabaja desde una relación sostenida con el territorio. Pero el paisaje rural del sur de Cataluña no aparece en sus obras como una postal ni como un repertorio de formas reconocibles. Es, sobre todo, una forma de mirar y de ordenar la realidad.
Su pintura parte de esta experiencia para construir un lenguaje abstracto en el que color, gesto y materia establecen relaciones propias. Hay formas que recuerdan cierta estructura natural, ritmos que parecen surgidos de la tierra o de la vegetación, pero nunca llegan a convertirse en descripción. El paisaje sobrevive como una intuición.
La distancia también forma parte de la obra
Una de las cuestiones más interesantes de la práctica de Forcadell es la necesidad de cambiar de distancia frente a sus piezas. De lejos, las pinturas pueden aparecer como estructuras compactas, casi unitarias. Pero cuando el espectador se acerca, esta aparente estabilidad se fragmenta.
Emergen marcas, superposiciones, interrupciones y pequeñas variaciones cromáticas. La superficie deja de ser una totalidad y se convierte en un campo de tensiones.
Esta oscilación entre el conjunto y el detalle constituye una de las claves de la muestra. También establece una relación particular con el tiempo: lo que parece evidente en una primera mirada sólo revela su complejidad después de una cierta permanencia frente a la obra.
Pintura, dibujo y cerámica participan de ese mismo universo, pero cada una desde su propia naturaleza. El gesto de la mano queda atrapado en la cerámica; el dibujo conserva la fragilidad de la línea; la pintura, en cambio, parece detener un movimiento que sigue produciéndose debajo de la superficie.
Y es ahí donde el título de la exposición adquiere toda su fuerza. La última melona del verano habla de un tiempo concreto, pero también de una sensación: ese instante en el que el calor aún persiste mientras la luz ya anuncia el cambio de ciclo. El verano no ha desaparecido, pero algo en él comienza a aflojar.
Dos modos de mirar la tierra
Las dos exposiciones de Tramuntana comparten, en definitiva, una misma preocupación: cómo mirar un territorio sin convertirlo simplemente en una imagen.
Ruiz Abad lo hace a través del desplazamiento, el fuego, la ceniza y la memoria. Forcadell, mediante el color, el gesto, la materia y los ritmos sutiles de la naturaleza. En un caso, el paisaje se quema y se reconstruye; en el otro, se disuelve en una abstracción lenta.
Son dos formas de desplazar la mirada. Una hacia el exterior, entre continentes y geografías; la otra hacia el interior de la superficie pictórica, hasta encontrar las pequeñas grietas que permiten que una imagen deje de ser reconocible y empiece a ser experimentada.