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Opinión

Plessi, Venecia

Plessi, Venecia
Sarah Roig palma - 27/08/26

En uno de los últimos veranos en Santanyí, escuché relatar a Plessi, por primera vez, una historia que le conmovía profundamente cuando la contaba: en enero de 1901, mientras el compositor italiano Giuseppe Verdi agonizaba en su casa de Milán, los ciudadanos cubrieron las calles con paja para silenciar el ruido de los carruajes y proteger su descanso.

En aquel gesto había algo que iba mucho más allá de Verdi, trataba de cómo una ciudad alteró su funcionamiento cotidiano para edificar un silencio y cuidar el reposo de alguien cuya obra había formado parte de sus vidas. Quizás por eso los artistas deciden crear algo, para provocar esa dimensión humana cuya emoción pasa de una persona a otra hasta adquirir una forma líquida y sincronizada, y se convierte en un gesto compartido por toda una comunidad.

Cuando uno piensa en el agua, raramente la escucha, si acaso la recuerda como un azul transmutable, siempre en contraste con su alrededor, moldeable tanto por la luz como por su sombra, algo que Plessi nos enseñó desde el principio. Plessi perseguía el agua de Venecia mientras que, a su vez, era Venecia la que se filtraba por las tuberías de su trabajo, retorciéndose en sus dibujos como una imagen escurridiza a la que había que apresar.

Durante los años setenta hizo con el agua casi todo lo que, por naturaleza, no se puede hacer. Plessi intentó cortarla con unas tijeras, serrarla por la mitad, clavarla, medirla e incluso agujerearla. Pero para él, el agua no era únicamente un material que se podía cortar, medir o intentar atrapar; era también aquello de lo que había que proteger a Venecia de su vulnerabilidad ecológica. En 1972, en Spugna d'emergenza in caso di alta marea a Venezia, Plessi imaginó una esponja monolítica capaz de absorber el agua de los canales y mantener Venecia a salvo. La instalación arquitectónica nunca llegó a realizarse y quedó en una serie de fotocollages utópicos. Quizás, una solución imposible para una catástrofe que parecía pertenecer al futuro.

Fue a través del vídeo y la imagen electrónica donde Plessi terminó consiguiendo aquello que las tijeras, los clavos, los martillos e incluso la esponja no habían podido hacer: retener el agua sin detenerla. Dentro de un monitor TV, el agua podía caer eternamente sin llegar nunca al suelo, atravesar una piedra sin mojarla, ser partida por la mitad y seguir siendo agua y, al mismo tiempo, convertirse en otra cosa. Unos trabajos que devolvieron al futuro la memoria de Venecia.

Quizás lo que tanto conmovió a Plessi de la historia de Verdi era la capacidad que tiene una obra de intervenir sobre aquello que sucede fuera de ella. El trabajo de Plessi consistió en alterar el orden natural de las cosas, pero la verdadera alteración sucedía después, cuando la obra atravesaba a quienes la miraban y los convertía en otros, haciendo que el mundo fuese un lugar más habitable. Yo soy parte de ese mundo. Gracias, Fabrizio.

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