El artista Sliman Mansour, una de las figuras fundamentales del arte contemporáneo palestino, ha fallecido a los 79 años tras una larga enfermedad, según comunicó su familia. Nacido en 1947 en Birzeit, cerca de Ramala, Mansour desarrolló a lo largo de más de cinco décadas una obra profundamente vinculada a la historia, la identidad y la memoria de Palestina.
Mansour perteneció a la generación de artistas, escritores y poetas palestinos que, durante la década de 1970, buscaron reconstruir una identidad cultural amenazada mediante imágenes y símbolos arraigados en el territorio. En sus pinturas, la tierra adquirió una dimensión política y emocional: campesinos, casas de piedra, olivos, bordados tradicionales y escenas de la vida cotidiana se convirtieron en elementos de un lenguaje visual capaz de hablar de pertenencia, desarraigo y resistencia.
Formado artísticamente en Beirut y posteriormente en Washington, Mansour comenzó a exponer con regularidad tanto en el mundo árabe como internacionalmente. Su obra entró en museos y colecciones privadas de distintos países y recibió numerosos reconocimientos por su contribución a la cultura palestina y árabe. En 1970 estudió en la Academia Bezalel de Artes y Diseño de Jerusalén, una etapa que coincidió con el inicio de una trayectoria artística marcada por la búsqueda de una expresión propia.
Su universo visual se alimentó de diversas tradiciones. Las antiguas civilizaciones de la región —entre ellas las culturas cananea, egipcia y asiria— convivieron en su trabajo con referencias al arte islámico y árabe, especialmente la caligrafía y los motivos geométricos. A estas influencias se sumaron las formas de la cultura popular palestina y la experiencia cotidiana de las comunidades rurales de su entorno.
En este cruce entre tradición y contemporaneidad, el paisaje dejó de ser simplemente un escenario para convertirse en protagonista. El olivo, la tierra cultivada, la vivienda tradicional, el campesino y el bordado del thobe adquirieron una fuerza simbólica que permitía representar una cultura amenazada por el desplazamiento y la ocupación.
Durante la Primera Intifada, Mansour participó junto a otros artistas en la creación del grupo New Vision. El colectivo decidió prescindir de materiales producidos en Israel y recurrió a elementos naturales y vinculados al territorio, como barro, paja, madera, cuero, henna y tintes naturales. El cambio no fue únicamente técnico. Supuso también una reflexión sobre la dependencia cultural y económica y sobre la posibilidad de construir una práctica artística conectada directamente con la tierra.
Mansour consideraba aquella experiencia como un puente entre el arte palestino surgido después de la Nakba y las generaciones posteriores. Su trabajo contribuyó así a consolidar una tradición artística en la que la creación se convertía también en una forma de preservar una memoria colectiva.

En 1994, Mansour fue además uno de los fundadores del Al-Wasiti Art Center, en Jerusalén Este, concebido como un espacio dedicado a la preservación del arte palestino y al encuentro entre artistas que vivían en Palestina y aquellos que se encontraban en el exilio. La institución reflejaba otra de las preocupaciones centrales de su trayectoria: mantener unidos, a través del arte, territorios y comunidades separadas por la historia.
Su obra abordó de manera recurrente la tierra, el exilio y la ocupación, pero evitó reducirse a una representación documental del conflicto. Sus figuras y paisajes construyeron una iconografía reconocible de Palestina, donde lo cotidiano podía adquirir una dimensión universal. En sus imágenes, la resistencia no siempre aparecía como confrontación directa; también podía expresarse mediante la permanencia de una casa, la presencia de un árbol, un vestido bordado o la mirada de una niña.
En una entrevista concedida a Al Jazeera en 2021, Mansour explicó con claridad la función que atribuía al arte en un contexto de negación de la identidad palestina: "Creo que el arte, en nuestra situación, cuando no tienes una patria, cuando no tienes un país, algo político, y cuando la gente niega tu existencia, es una forma de decir que estamos aquí".
Esa afirmación resume buena parte de su legado. Para Mansour, pintar Palestina significaba hacer visible una existencia, preservar una memoria y reivindicar un vínculo con la tierra. Su trabajo convirtió símbolos aparentemente sencillos en una poderosa gramática visual de pertenencia.
La trayectoria de Sliman Mansour queda así estrechamente ligada a la historia del arte palestino contemporáneo. Su legado no reside únicamente en las obras que dejó, sino también en haber contribuido a construir un lenguaje mediante el cual varias generaciones pudieron representar su identidad, su memoria y su relación con un territorio marcado por el conflicto.