En la casa Batlló hacía años que no la pisaba: aturdido quizá por las alumbradas en fachada, o por la publicidad kitchy de hace un tiempo o incluso algunas intervenciones muy discutibles (aquellas rosas sobre los balcones en un Sant Jordi que tiene años…). La Batlló está de hace unos decenios en manos de la familia Bernat dels Chupa Chups, y ha ido poniendo en marcha actuaciones artísticas irregulares en el cuerpo de un casal que ya es una obra de arte de primer orden en sí misma, y que lo que hay que añadir es necesario que sea sutil y delicado. La Batlló también ha hecho cosas meritorias: nunca estará la ciudad suficientemente agradecida por el trabajo cuidadoso e ingente de restauración de la sede gaudiniana. O la exposición que han abierto este verano -dedicada a la tríada Miró-Gaudí-Gomis-, que por su novedad conviene pasar por la criba de la mirada crítica.
De entrada me quedo con la actitud de la Batlló de abrirse a colaboraciones (fundación Miró, MACBA), con proyectos expositivos más singulares y recogidos, huyendo de la acción artística turística y cediendo una planta -la segunda- para exposiciones temporales. La exposición relee obras originales de Miró de la fundación, hace crecer en uno de los grandes fotógrafos del país nunca suficientemente valorados (Joaquim Gomis: se despliega expositivamente como nunca) y nos abre un nuevo ángulo de contemplación en la casa gaudiniana (la maravilla de patio interior, la marquetería de las ventanas y puertas).
Ahora bien: la exposición basa su motor en la innovación tecnodigital (signo y enseña de la casa) para explicar mejor esta tríada de colosales artistas; pero hay que recordar que depende de cómo se utilicen estos recursos, en el ámbito expositivo, pueden suponer un límite antes que una apertura de miras. Las grandes exposiciones van también -y sobre todo- de poderosas ideas, sutiles prismas de lectura, que a menudo el tecnoptimismo empalaga y las relega a un segundo plano. Se estiran, así, al máximo las posibilidades técnicas formales -escaneo obsesivo de esculturas mironianas y audiovisuales generativos por parte de Tomorrow Bureau-, retroiluminación escultórica (que no deja disfrutar de la piel de la obra), experimentación sonora atmosférica (que distrae la mirada). No es necesario pensar -más bien se impide- cuando estás embelesado y exultando mirando un efecto digital.
El embolado no se sostiene si detrás del artificio carece de narración singular o piezas más genuinas para acombojar al siempre sutil pensamiento mironiano. Si hablamos del Miró telúrico, no hay que hacerlo tanto desde el bronce como desde la obra con piedras y materiales orgánicos (que es por donde empezó su subversión y donde encontramos el Miró más decisivo); y si hablamos de deconstrucción, desde sus antimonumentos u obra más subversiva, antes que desde el píxel; o piezas de grabado de mayor experimentación matérica (se muestran de la serie Gaudí, pero el vínculo con Gaudí va mucho más allá del título de una serie: va de formas, materiales, organicidad).
La Batlló factura ochenta millones de euros y genera veinte beneficios: que se destinen también a salir de los caminos que marcan los core values y targets de empresa, que es donde tintará la cosa: a mirar y pensar el arte sutil y profundo; a buscar nuevas miradas laterales y transversales en la historia del arte; a ensanchar colaboraciones con artistas, también allá de lo digital.
Y sin embargo: hay que celebrar una nueva sala de arte por la ciudad, esperando mucho más de la segunda planta de la Batlló.