Hay una escena que condensa, de una manera sintética, buena parte de la producción de Huguette Caland: la de una mujer entrando a la tienda de Pierre Cardin, en París, vestida con un caftán, esa túnica larga y holgada que había adoptado como piel propia y que un modisto terminó convirtiendo en una línea de moda bajo el nombre de «Nour». Ese pequeño episodio se transformó en la culminación de un desprendimiento que esta artista libanesa venía ensayando desde hacía años: el de las vestimentas europeas ceñidas que la sociedad esperaba de la hija única de Bechara El Khoury, primer presidente del Líbano independiente. El caftán le devolvía el cuerpo. Y el cuerpo, en su obra, es siempre el punto de partida.
Huguette Caland: A Life in a Few Lines es una exposición del Hammer Museum de Los Ángeles que reconstruye ese itinerario a través de unas 150 piezas —dibujos, pinturas, esculturas, textiles y material de archivo—. Esta exposición fue organizada y producida junto al Museo Reina Sofía de Madrid y las Deichtorhallen de Hamburgo. Es el relato de una artista tardía, dado que Caland recién se matriculó en la Universidad Americana de Beirut pasados los treinta, cuando ya era madre y esposa, y cargaba con el peso de pertenecer a una familia expuesta al ojo público.

Huguette Caland, Enlève ton doigt, 1971. Private collection. © and courtesy of Huguette Caland Estate. Photo © and courtesy of Huguette Caland Estate.
El giro llegó en 1970, cuando dejó Beirut por París, donde vivió diecisiete años en lo que ella misma describió como una existencia genuinamente bohemia. En esa etapa nació su serie más célebre, Bribes de corps, de la que el Hammer exhibe piezas como Self-Portrait (Bribes de corps) (1973) y Enlève ton doigt (1971). Se trató de composiciones de gran fuerza cromática y mínima expresión formal, donde diferentes partes del cuerpo se metamorfosean en formas ambiguas que evocan, más que representar, la carne. Son pinturas que disuelven la corporalidad en color y que resultaron tan audaces en París como en el Beirut conservador al que Caland apenas pertenecía.
La muestra también recupera sus vestidos-objeto, como Foule (Dress #2) (1970) y Miroir (Dress #4) (1974), caftanes bordados con rostros y cuerpos que trasladan a la tela lo que sus cuadros hacían en el lienzo. En ambos grupos de obras, el cuerpo se presenta como un territorio de libertad y también como contracara de los ideales de belleza de su época. Caland, que toda su vida convivió con el sobrepeso en una cultura que exigía delgadez, no ocultó su figura; siempre la celebró, la vistió y la multiplicó en autorretratos.

Huguette Caland, L’argent ne fait pas le bonheur mais il y contribue largement: Ancestor, 1994–95. Private collection. © and courtesy of Huguette Caland Estate. Photo © and courtesy of Huguette Caland Estate.
Hacia los años ochenta y noventa, el trazo se volvió más austero y los temas vinculados con la corporalidad o la industria de la moda ya no se veían tanto. La serie L’argent ne fait pas le bonheur mais il y contribue largement, iniciada en 1994 durante su etapa en Venice, California —adonde se mudó en 1987 y donde vivió sus últimas décadas—, propone pequeños cuadros a partir de monedas de distintas partes del mundo, un comentario irónico sobre el valor que conserva el humor característico de toda su obra.
Caland pasó buena parte de su carrera al margen del reconocimiento institucional. Recién en 2016 fue incluida en la bienal Made in L.A. del propio Hammer y, a partir de ahí, su trabajo empezó a circular por el circuito que hoy la reivindica. Murió en 2019 en Beirut, ciudad a la que había regresado en sus últimos años, cerrando un círculo que esta exposición confirma como itinerario: Líbano por nacimiento, Francia por elección artística, Estados Unidos por decisión final. Tres geografías que su obra nunca dejó de habitar a la vez.