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El arte que desapareció con las Torres Gemelas

Veinticinco años después del 11-S, la destrucción del World Trade Center también dejó bajo los escombros un extraordinario patrimonio artístico, entre el que se encontraba el monumental tapiz de Joan Miró y Josep Royo.

El arte que desapareció con las Torres Gemelas
bonart nueva york - 10/09/26

El 11 de septiembre de 2001 no solo desapareció uno de los símbolos arquitectónicos de Nueva York. El derrumbe de las Torres Gemelas arrasó también una parte considerable del patrimonio artístico que durante décadas había convertido el World Trade Center en una singular galería de arte contemporáneo. La tragedia humana —casi 3.000 personas murieron en los atentados— ocupa, necesariamente, el centro de cualquier recuerdo de aquel día. Pero entre los edificios, oficinas y espacios públicos que quedaron destruidos también desaparecieron pinturas, esculturas, murales, tapices, fotografías y obras arqueológicas cuyo valor se estimó en más de 110 millones de dólares.

El corazón artístico del complejo se encontraba en Austin J. Tobin Plaza, el espacio situado entre las dos torres. Allí, la Autoridad Portuaria de Nueva York había reunido desde finales de los años sesenta un conjunto de esculturas de algunos de los grandes nombres del arte del siglo XX. Entre ellas estaba Bent Propeller (1971), de Alexander Calder, un monumental stabile rojo de unos siete metros de altura. La obra quedó prácticamente destruida y solo se recuperó una parte de su estructura.

También desapareció Ideogram, de James Rosati, una escultura abstracta de acero inoxidable de casi ocho metros, mientras que Cloud Fortress, de Masayuki Nagare, resistió inicialmente el derrumbe, aunque terminó siendo destruida durante las tareas de recuperación. La fuente Memorial Fountain, de Elyn Zimmerman, creada en recuerdo de las víctimas del atentado de 1993, corrió la misma suerte.

La única gran escultura de la plaza que pudo ser recuperada fue The Sphere, de Fritz Koenig. La monumental esfera de bronce, concebida en 1971 como símbolo de la paz mundial a través del comercio, apareció entre los restos severamente dañada pero estructuralmente intacta. Hoy constituye uno de los objetos supervivientes más poderosos vinculados a la memoria del 11-S.

En el interior de las torres se encontraba otra parte de aquella colección invisible para buena parte de los visitantes. En la Torre Norte, Louise Nevelson había instalado Sky Gate, New York, un gran relieve de madera negra inspirado en la visión aérea del perfil urbano. La obra quedó destruida. También había trabajos de artistas como Pablo Picasso, Roy Lichtenstein, Paul Klee y Romare Bearden, además de pinturas, murales y tapices distribuidos por oficinas y espacios comunes.

Entre todas aquellas pérdidas destaca, especialmente, una obra vinculada a la historia del arte catalán: el Gran Tapiz del World Trade Center, diseñado por Joan Miró y realizado por el artista textil Josep Royo. Encargado en 1974 por la Autoridad Portuaria de Nueva York, el tapiz fue concebido para presidir el vestíbulo de la Torre Sur.

Su realización fue una auténtica aventura técnica. Miró, que inicialmente no tenía experiencia en el ámbito del tapiz, elaboró un boceto al óleo sobre tela de 57,2 por 105,2 centímetros y confió su ejecución a Josep Royo. El maestro tejedor y cinco mujeres trabajaron entre cinco y siete horas diarias durante unos diez meses en un telar especialmente construido para la obra en La Farinera de Tarragona.

El resultado fue una pieza monumental de aproximadamente seis metros de altura por diez u once de anchura y un peso cercano a las cuatro toneladas. Lana de Nueva Zelanda, cáñamo y cuerda daban forma a una composición dominada por los rojos, verdes y amarillos característicos del universo de Miró. La escala de la obra obligó incluso a intervenir en el edificio donde fue realizada: para poder sacarla de La Farinera fue necesario desmontar una pared lateral y utilizar una grúa con la colaboración de profesionales del puerto de Tarragona.

El proceso quedó documentado por Pere Portabella en el cortometraje Miró, Tapís, mientras que Francesc Català-Roca fotografió diferentes momentos de su elaboración. Antes de viajar a Estados Unidos, el tapiz se presentó en París con motivo de una retrospectiva dedicada a Miró. Posteriormente fue trasladado a Nueva York, donde permaneció durante casi tres décadas en el vestíbulo de la Torre Sur.

La destrucción del World Trade Center convirtió aquella obra irrepetible en una ausencia. El tapiz quedó sepultado entre los escombros y no pudo ser recuperado. Josep Royo rechazó posteriormente la posibilidad de realizar una réplica porque consideraba que volver a tejer una pieza concebida para existir una sola vez supondría perder parte de su esencia.

El Gran Tapiz había sido, además, el origen de una colaboración que continuaría con otros proyectos. Miró y Royo realizarían posteriormente el tapiz destinado a la National Gallery de Washington, así como otras piezas para la Fundació Joan Miró de Barcelona, la Fundació La Caixa y la Fondation Maeght de Saint-Paul-de-Vence.

La pérdida artística del 11-S se extendió también a espacios menos visibles. En las plantas superiores funcionaba el programa World Views del Lower Manhattan Cultural Council, que ofrecía estudios a artistas internacionales. Allí trabajaba el escultor Michael Richards, que murió en el atentado. En otros edificios del complejo había colecciones empresariales y obras pertenecientes a compañías y particulares. Cantor Fitzgerald, por ejemplo, ocupaba las plantas 101 a 105 de la Torre Norte y perdió 658 trabajadores. Sus oficinas albergaban también una importante colección relacionada con Auguste Rodin, de la que se recuperaron algunos fragmentos entre los restos.

El desastre alcanzó incluso archivos históricos. En una cámara acorazada del 5 World Trade Center se conservaban decenas de miles de negativos de Jacques Lowe, fotógrafo personal de John F. Kennedy. En el sótano del 6 World Trade Center se almacenaban además cientos de miles de piezas arqueológicas procedentes de excavaciones de Lower Manhattan, incluida documentación relacionada con el antiguo barrio de Five Points y el African Burial Ground.

Veinticinco años después, las Torres Gemelas siguen siendo, ante todo, el símbolo de una tragedia humana. Pero el paso del tiempo también permite reconstruir la dimensión de todo aquello que el 11-S borró de manera irreversible. Entre los escombros desaparecieron obras, archivos y fragmentos de una memoria cultural que formaban parte de la historia de Nueva York. El tapiz de Joan Miró y Josep Royo es quizá uno de sus ejemplos más elocuentes: una obra monumental nacida en Tarragona que durante décadas acompañó la vida cotidiana del World Trade Center y que hoy, destruida para siempre, permanece únicamente en un boceto, unas fotografías, algunos documentos y, sobre todo, en la memoria de quienes la vieron.

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