En algunos casos, con el paso del tiempo, vamos tomando conciencia de la relevancia de ciertos creadores y nos damos cuenta de que su mensaje estaba destinado a generaciones futuras. Éste es el caso de Aurèlia Muñoz (Barcelona, 1926-2011), conocida especialmente por sus creaciones textiles. Esta gran coproducción del MNACRS y el MACBA, en el centenario de su nacimiento, que reúne a más de 150 piezas, resulta especialmente oportuna porque actualiza su figura y la sitúa en el centro del debate contemporáneo.
Aunque el proceso es mucho más complejo, Muñoz inicia su camino trabajando el textil mediante prendas bidimensionales, tapices o, por así decirlo, ejecutando pintura con fibras vegetales y técnicas tradicionales. Sin embargo, su investigación experimenta un salto cualitativo primordial: la obra se despega de la pared y adquiere una dimensión tridimensional —es decir, volumétrica— que se proyecta en el espacio. El textil se transforma en volumen... Ésta es la gran aportación de la creadora catalana.
Un proceso cronológicamente contemporáneo al de Robert Morris, quien también en la década de los sesenta abandona los materiales rígidos de la escultura y se convierte en uno de los pioneros a la hora de trabajar el textil –concretamente, el fieltro– para generar volúmenes. Poco tiene que ver a Morris con el universo de Aurèlia Muñoz; si se menciona este paralelismo es para reivindicar la absoluta originalidad del artista, así como su labor de experimentación y búsqueda de nuevas posibilidades expresivas en sintonía con las posiciones más radicales del arte internacional.
El paso del tapiz al volumen se explica -al menos técnicamente- por el uso de materiales como el esparto, el sisal o el algodón, y por la práctica del atado (hacer nudos) o el macramé. Esta técnica creaba una malla flexible y permeable en el aire que admitía cualquier inflexión mediante pesos y cuerdas. De esta forma, el artista asumía el mismo trabajo y se planteaba los mismos problemas que un escultor, pero resueltos a través de otra materialidad.

Estas esculturas —o instalaciones— se bautizaron originalmente con el nombre de Ens, término que también da título a la exposición porque, según los comisarios, habita de forma implícita en toda la producción de Muñoz. ¿Pero qué significa exactamente «Nos»? Ellos mismos (Manuel Cirauqui, Rosa León y Silvia Ventosa Muñoz, hija del artista) apuntan a que, al entrar en la sala, se percibe que hay alguien, aunque el espacio esté desierto... ¿Se puede interpretar que se trata de espíritus o fantasmas...? Muchos de estos artefactos flotan suspendidos en el aire; levitan y vibran sutilmente con las corrientes de aire como si tuvieran vida propia. Es un aspecto que potenciaría en trabajos posteriores, como los espectaculares Pájaros-estrella que sobrevolaban ingrávidos el espacio interior del Palacio de Velázquez en 1982.
Los volúmenes de los Ens están vacíos, inmateriales por dentro y cerrados; la luz y el aire los atraviesan: el verdadero cuerpo es el vacío. Además, los materiales y la técnica empleados son ancestrales, portadores de la memoria de quienes ya han...
Aurèlia Muñoz ampliará su investigación con multitud de registros, cuyo análisis sobrepasa estas líneas, pero resulta muy significativo que la exposición concluya con los llamados Libros alados. Estas piezas culminan y condensan sus grandes obsesiones: la ingravidez y la dimensión aérea, la voluntad de despegarse del muro para proyectarse en el espacio, y una indagación sobre el material —en este caso, el papel— que nos orienta hacia esa dimensión fantasmal y simbólica a la que se aludía anteriormente.
La exposición posee muchos valores, por ejemplo, las maquetas inéditas que nos acercan a su forma de trabajar, pero quizás la apuesta curatorial más significativa sea la de apuntar a la dimensión fantasmal de Aurèlia Muñoz; esa dimensión oculta y secreta del artista que ha pasado desapercibida hasta ahora.