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Editorial

La cultura que no obedece

La cultura que no obedece

Tuve la suerte de presentar, junto a Christian Padilla, su magnífico libro La Guerra Fría cultural en Colombia. Marta Traba, Gómez Sicre y Rockefeller le dan forma al arte moderno, en la Fundació Lluís Coromina Isern. Nos acompañaba Martí Peran, un intelectual comprometido que, con una modestia poco habitual, explicó que su contribución a la tesis doctoral de la que nace esta investigación había consistido, prácticamente, en un acompañamiento pasivo. Escuchándolo, pensé que saber acompañar sin apropiarse del pensamiento ajeno constituye también una forma de inteligencia.

La conversación nos llevó a una pregunta incómoda: ¿quién decide qué arte merece ser visto y qué relatos deben quedar fuera de la historia? Padilla investiga las relaciones entre la diplomacia estadounidense, los intereses económicos vinculados a Rockefeller y la construcción del canon moderno colombiano. Su trabajo muestra cómo las redes de José Gómez Sicre y Marta Traba, con el respaldo de ESSO, favorecieron determinadas tendencias y contribuyeron a desplazar la influencia del muralismo mexicano y del arte de denuncia social. La defensa de la libertad creadora podía servir, paradójicamente, a una estrategia de orientación ideológica.

Durante la conversación apareció una discrepancia especialmente fértil. ¿Hasta qué punto el impulso de la abstracción y el informalismo había contribuido a desplazar el realismo social y la pintura de denuncia? En aquel pequeño tribunal de ideas, introduje un matiz: en España, el informalismo y otras vanguardias no figurativas también habían abierto una brecha en el academicismo y en el predominio de una concepción clásica del arte. Su capacidad de ruptura no podía borrarse por el hecho de que el franquismo hubiera aprovechado algunas de aquellas propuestas para proyectar una imagen de modernidad.

Ahí reside la paradoja. Un movimiento puede cuestionar un orden estético y, al mismo tiempo, ser utilizado por el poder para legitimarse o para restar espacio a otras expresiones. Puede ampliar la libertad del lenguaje artístico mientras las instituciones que lo promueven restringen la libertad política. Y puede contribuir a renovar la mirada sin que ello justifique la marginación de la pintura social.

Conviene, además, distinguir el realismo socialista convertido en doctrina oficial del realismo social y las múltiples formas de figuración crítica: ni toda denuncia responde a una consigna ni toda abstracción supone una evasión. Confundir el valor de las obras con los usos políticos de los que fueron objeto nos conduciría a otra simplificación. La tarea consiste en reconocer su potencia artística y examinar, simultáneamente, quién las promovió, con qué intereses y a costa de qué silencios.

Pero la cultura tiene una cualidad poco cómoda para sus patrocinadores: produce pensamiento propio. Aquella política cultural convivió con el intervencionismo estadounidense, el apoyo a dictaduras y la represión de la disidencia. Esa contradicción contribuyó a romper las afinidades que el proyecto panamericano había intentado construir. Los artistas y los intelectuales no renunciaron a interpretar su realidad para complacer a quienes financiaban su visibilidad.

La conversación adquirió una actualidad inquietante al abordar lo sucedido en el Museo Nacional de Colombia. El pasado 15 de octubre, el Ministerio de Cultura retiró piezas relacionadas con la violencia política, las luchas feministas, la diversidad sexual y la memoria de la paz, coincidiendo con el anuncio de una contrarrevolución cultural del presidente Abelardo de la Espriella. Los relatos afectados se habían construido durante gobiernos anteriores de distinto signo. La memoria plural comenzaba a tratarse como un adversario político.

Entre las obras retiradas figuraba La cosecha de los violentos, de Alfonso Quijano, reproducida también en el libro de Padilla. Su imagen resulta difícil de olvidar: alrededor de un árbol monumental, los cadáveres ocupan un paisaje de una serenidad insoportable. La violencia aparece organizada, casi incorporada al orden de las cosas. Retirar esa imagen no elimina los muertos; reduce las posibilidades de mirarlos y preguntarse por ellos.

La reproducción del libro lleva el crédito de la Fundación Proyecto Bachué. Su labor permite reconocer el papel del coleccionismo cuando asume una responsabilidad pública. La colección de José Darío Gutiérrez y María Victoria Turbay protagoniza también Independencia: cinco formas de interrogar el presente, anunciada para el 7 de noviembre en el Museo de Antioquia. Una propuesta que vincula arte, memoria, territorio y las promesas pendientes de libertad.

Desde Cataluña, la palabra independencia nos interpela de manera particular. En Colombia remite a la ruptura con la monarquía española y a la construcción republicana. Pero ninguna emancipación política resuelve para siempre la pregunta por la libertad. También hay que conquistar la capacidad de narrarse, de reconocer las contradicciones propias y de escuchar a quienes quedaron fuera del relato nacional.

Las piezas del Museo Nacional regresaron a sus salas el 30 de octubre, tras una orden judicial. Es una buena noticia y una advertencia: la autonomía cultural necesita instituciones capaces de defenderla y una sociedad dispuesta a exigirla. No basta con dar por supuesta la libertad.

Las derechas ultras que pretenden depurar la memoria merecen una respuesta inequívoca. También la merecen las izquierdas cuando subordinan la creación a una doctrina y convierten la discrepancia en deslealtad. Defender la pluralidad exige mantener ese criterio incluso cuando incomoda a los propios.

Fue un placer recibir a Christian Padilla: un investigador brillante que aporta conocimiento y abre discusiones necesarias. Su libro nos recuerda que la disputa por el arte afecta a nuestra manera de entender el mundo. Y nos deja una pregunta que atraviesa fronteras: cuando hablamos de transformarlo, ¿queremos que las personas puedan pensar con mayor libertad o esperamos, simplemente, que nos den la razón?

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