La Fúmiga se despide de los escenarios y lo ha hecho con dos multitudinarios conciertos en el Roig Arena, pero lo que realmente pone punto y final es mucho más que una trayectoria musical por la banda de Alzira. Es la celebración de una forma de entender la música como un espacio de encuentro, identidad y alegría compartida. La banda valenciana ha logrado hacer de la fiesta un lenguaje propio, reivindicando la cultura popular sin complejos y llevándola a nuevos escenarios y generaciones. Con los vientos, las percusiones, las melodías contagiosas y aquella energía que invita a cantar en pleno pulmón, ha demostrado que la tradición no es una pieza de museo, sino una materia viva que se transforma, se baila y se transmite.
Su importancia reside también en haber conectado universos que a menudo parecían separados: la banda de música, la charanga, el pasacalle, la plaza y el gran escenario. La Fúmiga ha trasladado el espíritu de las fiestas populares a la música contemporánea, haciendo de la identidad valenciana una celebración abierta, inclusiva e intergeneracional. En tiempos de consumo rápido y canciones que con frecuencia tienen una vida efímera, ha construido un repertorio que forma parte de la memoria emocional de toda una generación. Porque hay grupos que hacen canciones y otros crean momentos colectivos. La Fúmiga pertenece a esta segunda categoría. Y quizá éste sea su legado más importante: recordarnos que la cultura popular no sólo debe preservarse, sino que sobre todo debe vivirse. Y vivirla, a ser posible, con música, en la calle y con ganas de fiesta.