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Exposiciones

La memoria secreta de la materia en Solange de Pessoa

El Centro Botín presenta la primera exposición en España de la artista brasileña, una exploración de los vínculos entre naturaleza, cuerpo y espiritualidad a través de formas orgánicas que desdibujan las fronteras entre lo visible y lo ancestral.

Crédito del fotógrafo: Belén de Benito
La memoria secreta de la materia en Solange de Pessoa
bonart santander - 20/10/26
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Hay materias que parecen conservar la memoria de aquello que han sido. En la obra de Solange Pessoa (Ferros, Brasil, 1961), el cabello, la cera, el cuero, la sangre y los minerales dejan de ser simples elementos físicos para adquirir una dimensión que oscila entre lo corporal, lo ritual y lo trascendente. Su trabajo se adentra en un territorio donde la naturaleza no es un paisaje que se contempla desde fuera, sino una fuerza viva que atraviesa los cuerpos, transforma los materiales y conecta diferentes temporalidades. Con Del día o de la noche, el Centro Botín de Santander presenta por primera vez en España una exposición dedicada a esta artista, cuya práctica multidisciplinar ocupa un lugar singular en el panorama contemporáneo brasileño.

Comisariada por Bárbara Rodríguez Muñoz, directora de exposiciones y de la colección del Centro Botín, la muestra reúne obras de distintas etapas, desde las investigaciones desarrolladas durante los años noventa hasta nuevas elaboraciones formales realizadas en la década actual. El recorrido incorpora piezas procedentes del estudio de la artista y de colecciones institucionales y privadas, además de dos instalaciones concebidas expresamente para la arquitectura y el entorno del centro. La exposición, abierta al público del 10 de octubre de 2026 al 28 de marzo de 2027, permite aproximarse a una trayectoria en la que la experimentación material no constituye únicamente una elección estética, sino una forma de conocimiento.

Desde la década de 1980, Pessoa ha construido un lenguaje que atraviesa la escultura, la pintura, el dibujo, el vídeo, la performance y la instalación. La diversidad de medios responde a una investigación persistente sobre la memoria, los ciclos vitales, la espiritualidad y las relaciones entre el ser humano y el mundo natural. En sus obras, las formas parecen surgir de un espacio anterior a la clasificación racional: organismos imaginarios, vestigios de ceremonias remotas o presencias que remiten tanto al nacimiento como a la descomposición. Lo inquietante convive con lo sagrado y la atracción sensorial con una cierta incomodidad ante la evidencia física de la materia.

El universo de Pessoa está profundamente arraigado en Minas Gerais, territorio brasileño de gran riqueza mineral y biodiversidad, marcado también por la historia colonial y el legado del denominado Barroco Minero. Sus ríos, montañas, yacimientos y tradiciones culturales constituyen un horizonte de referencias que la artista reelabora sin caer en una representación descriptiva del paisaje. La tierra aparece como una entidad activa, cargada de huellas históricas y energías simbólicas. Los materiales orgánicos y minerales que incorpora a sus obras funcionan como fragmentos de ese entorno, pero también como depósitos de tiempo: conservan rastros de transformación, desgaste y desaparición.

Esta relación con el territorio adquiere una dimensión especialmente significativa en una práctica que evita separar naturaleza y cultura, cuerpo y paisaje. La materia no se presenta como un soporte neutro al servicio de una idea previa; es la propia materia la que produce sentido. Sus texturas, densidades, brillos y opacidades articulan una experiencia que precede, en ocasiones, a cualquier interpretación. Frente a una tradición artística que ha situado a menudo la espiritualidad en el ámbito de la imagen o de la representación, Pessoa parece buscar lo trascendente en la presencia física de las cosas, en su capacidad de contener aquello que no puede explicarse del todo.

El título Del día o de la noche apunta precisamente a esa suspensión de las categorías estables. La luz y la oscuridad, lo humano y lo animal, lo sagrado y lo profano, el sueño y la vigilia no se organizan como términos enfrentados, sino como fuerzas que se contaminan mutuamente. En palabras de la comisaria, uno de los aspectos más fascinantes de la obra de Pessoa reside en que lo espiritual nunca aparece separado de lo físico, sino que emerge de la intensidad de la propia materia. La exposición propone así una experiencia en la que las oposiciones pierden su rigidez y dan paso a un espacio de ambigüedad y contemplación.

Esta ambigüedad no es un simple recurso poético. Constituye uno de los núcleos críticos de su trabajo. Las obras de Pessoa resisten una lectura unívoca y cuestionan la separación moderna entre lo natural y lo cultural, lo primitivo y lo contemporáneo, lo racional y lo intuitivo. Su imaginario se alimenta de referencias diversas, desde las cosmogonías indígenas y las tradiciones africanas hasta el barroco colonial, el modernismo brasileño, el land art, el arte povera, el surrealismo y las simbologías prehistóricas. Sin embargo, estas influencias no aparecen como citas reconocibles ni como un repertorio iconográfico ordenado, sino como elementos sometidos a un proceso de apropiación y transformación.

En este sentido, su práctica puede relacionarse con la tradición de la antropofagia cultural formulada por el modernismo brasileño: la asimilación crítica de lenguajes y herencias heterogéneas para producir una voz propia. Pessoa incorpora referencias indígenas, africanas y europeas sin establecer entre ellas una jerarquía estable. Su obra no busca reconstruir un origen incontaminado, sino activar la coexistencia de memorias culturales diferentes. Esta operación resulta especialmente relevante en un contexto en el que las narrativas sobre identidad, territorio y patrimonio reclaman nuevas formas de lectura que no reduzcan la complejidad histórica a una genealogía lineal.

El diálogo con el Barroco Minero y con la obra de Aleijadinho, una de sus figuras fundamentales, permite profundizar en esta relación. Las esculturas y proyectos arquitectónicos de este artista, vinculados a la ciudad histórica de Ouro Preto, constituyen un referente por su intensidad expresiva, sus torsiones y su concepción de la forma como vehículo de una experiencia espiritual. Pessoa comparte con el barroco la inclinación por el exceso, la acumulación y la tensión entre presencia física y trascendencia. Pero allí donde la escultura barroca se articula habitualmente mediante figuras y narraciones religiosas, su trabajo desplaza el centro de gravedad hacia una corporalidad orgánica, menos estable y más difícil de descifrar.

El resultado es una materialidad visceral que rehúye la idealización. El cabello, la cera, el cuero y otras sustancias orgánicas introducen en el espacio expositivo una proximidad física que puede resultar tan hipnótica como perturbadora. La acumulación de elementos, la densidad de las superficies y la deformación de las formas generan cuerpos que parecen encontrarse en un estado de transformación permanente. No son organismos plenamente reconocibles ni abstracciones desligadas de lo viviente, sino presencias fronterizas que desafían la clasificación. En ellas, lo bello no se opone necesariamente a lo inquietante, y la experiencia estética incorpora también la vulnerabilidad, la descomposición y la conciencia de la finitud.

La elección de estos materiales abre, además, una reflexión sobre el tiempo. A diferencia de los soportes concebidos para garantizar la estabilidad y la permanencia de la obra, muchas de las sustancias empleadas por Pessoa llevan inscrita la posibilidad del deterioro. Se transforman, se degradan y conservan la huella de procesos físicos que escapan al control absoluto de la artista. Esta condición introduce una temporalidad que no se limita a la fecha de producción o a la historia del objeto artístico. Cada pieza parece contener un antes y un después, una memoria que antecede a su aparición y una transformación que continúa más allá de su presentación pública.

La exposición del Centro Botín adquiere especial interés al poner en relación las primeras investigaciones de Pessoa con sus desarrollos más recientes. Este diálogo entre etapas permite observar cómo determinadas intuiciones formales persisten, aunque cambien de escala, complejidad o configuración. Las dos nuevas instalaciones concebidas para el edificio y su entorno amplían, además, la relación entre obra y espacio. La arquitectura deja de ser un contenedor neutral para participar en la experiencia, mientras que el entorno se incorpora como una dimensión que puede alterar la percepción de las piezas y sus resonancias.

La propuesta plantea también una pregunta sobre los límites de la exposición como dispositivo de interpretación. ¿Cómo mostrar una obra que parece resistirse a la explicación y que encuentra parte de su potencia en aquello que permanece oscuro? La respuesta no pasa por descifrar cada referencia ni por fijar un significado definitivo, sino por crear las condiciones para una percepción atenta a las relaciones entre materia, cuerpo y espacio. El desafío consiste en evitar que la dimensión ritual de estas obras quede reducida a una lectura exótica o a una invocación genérica de lo ancestral. Su complejidad exige reconocer tanto la especificidad cultural de sus referencias como la autonomía formal con la que la artista las transforma.

La muestra se acompaña de una publicación con textos de Maria Berbara, doctora en Historia del Arte e investigadora especializada en historia del arte y cultura visual, y del comisario y escritor Ángel Calvo Ulloa, además de una contribución de Rodríguez Muñoz. Asimismo, Pessoa ha dirigido recientemente el último taller de arte de la Fundación Botín en Santander, una actividad que prolonga su presencia en la institución más allá del espacio expositivo.

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