La galería Mayoral de Barcelona no se ha conformado con poca cosa a la hora de elegir exposición para la programación del Barcelona Gallery Weekend 2026. Su apuesta incluye una buena fracción de grandilocuencia en el mejor sentido de la palabra y otra de riesgo huyendo de las exposiciones colectivas con una mayor expresión de material similar a una muestra de stand de feria que no de sala de arte. Pero nada de eso se corresponde con lo que ofrece la exposición Present permanent , cuya curaduría ha corrido a cargo del polifacético escritor, comisario, gestor cultural y traficante de ideas, Vicenç Altaió, y que puede verse hasta el 9 de enero, ocupando las dos salas de la galería.
El título de la exposición es una declaración de principios. Si el presente es permanente, esto significa que el tiempo no es lineal. Más que seguir por un camino con principio y final en una sola dirección -aquel "siempre ir adelante" de lo que siempre hablaba el añorado Arnau Puig-, las obras de arte de todas las épocas permanecen en un intervalo fijo, que es precisamente, el nuestro, el de este mismo segundo. La mezcla de obras de diversas épocas y estilos no es tanto un diálogo como una coexistencia más o menos pacífica, más o menos contundente. "Las obras dialogan entre ellas y los tiempos con los tiempos", dice Altaió. Paradójicamente, sí que en la muestra existe una narrativa interna, sobre todo si se visita entrando desde la puerta histórica de la Mayoral y saliendo por la contigua: va del nacimiento a la muerte, del origen de la vida al fin místico, de un universo a otro.

Altaió ha optado, tanto en una punta como en otra del recorrido, por confrontar directamente una obra de un artista joven con un gran nombre de la historia del arte del siglo XX. Una obra hija del grafito y el arte infantil Marria Pratts (1988) -artista fetiche del arte joven que promociona la Mayoral-, atravesada por un neón, está instalada mirando la calle en lo que es el inicio conceptual de la muestra. Dialoga con una obra sobre papel de Alexander Calder, protagonizada por círculos y formas orgánicas y cósmicas, presentes en esta parte de la muestra en otras obras de Regina Giménez o Mari Chordà. Una espléndida obra de Niki Saint-Phalle se confronta con su maestro Joan Miró. Es un preludio que alude al concepto de origen del universo, de reproducción y nacimiento.
Y en este camino sin tiempo, el pasillo central de la primera sala de la galería acoge obras en las que los artistas reinterpretan la figura humana con pequeños retratos dibujados de Picasso y Magritte, entre otros.
La otra etapa de este recorrido vital está dedicado al amor, la pareja y la sexualidad, presidida por una estampa de un retrato de Picasso de Dora Maar, aquí menos en actitud sufriente sino tratada más bien como una virgen románica. Un retrato femenino de Ramon Casas defiende el modelo de la Bien Plantada del ideal noucentista. Marià Andreu, en un magnífico óleo de 1926, evoca el juego del amor con una pareja que juega en las cartas, y Marc Chagall dibuja el triunfo del amor. De nuevo distintos tiempos se tocan.

En la otra sala de la galería, en cambio, existe una cierta “violencia plástica” que se inicia con la instalación Chemical Romance, del artista reusense Oriol Este año (1994), que trabaja cerca de Constantí, rodeado de petroquímicas. La pieza de Este año es una escultura-fuente que suda un material negro y viscoso que evidentemente es una referencia al petróleo ya los detritus del capitalismo salvaje. Altaió la compara con la fuente de mercurio de Calder, que puede verse en la Fundació Miró, que en su tiempo era un ejemplo de belleza industrial hasta que el mercurio se señaló como material tóxico. En la Mayoral, al otro lado de la pared de la obra de Este año, se expone una pintura de Miquel Barceló que exuda materia orgánica. Los relojes blandos de Dalí, paradigmas de ese tiempo desintegrado, aparecen en la obra Venus espacial (1977-1984).
El remate final de la exposición conecta con conceptos de destrucción, muerte y renovación. De nuevo, confronta de nuevo, un maestro con un joven artista. El impresionante díptico de Antoni Tàpies, Duat (1994), de 2,5 x 6 m, de connotaciones místicas, es un compendio de la iconografía tapiana -signos, palabras, objetos como sábanas-sudario e incluso contraventanas de ventana en caída libre-, que dialoga con un grande (1997), habitado por llamas rojas de correfocs o quizás, quién sabe, sí del infierno.

Con obras de otros artistas como Jordi Alcaraz, Ramon Casas, Lichtenstein o Chillida, la exposición funciona como un reloj -nunca mejor dicho- como mero dispositivo de contemplación estética y filosófica, más allá de disquisiciones historiográficas añadidas, por lo que el montaje ha evitado textos explicativos de forma muy querida. Por tanto, es también una invitación al embadalimiento puro, pero también al retorno, como Altaió remarca, a la lectura, aunque paradójicamente esté diseñada prácticamente sólo a partir de las imágenes.