La capital de Antioquia se ha convertido en uno de los grandes epicentros culturales de América Latina y, especialmente, en un territorio de enorme vitalidad para el arte contemporáneo. Su nombre se pronuncia hoy con orgullo y aparece vinculado a un movimiento artístico que no deja de crecer, experimentar y buscar nuevas formas de relacionarse con una ciudad marcada profundamente por su historia.
Enclavada en un valle entre montañas y atravesada por el río Medellín, su particular geografía ha condicionado durante décadas el crecimiento urbano. También lo hizo una historia reciente atravesada por la violencia y por las migraciones internas. Buena parte de la población llegó desde zonas rurales huyendo de sus territorios, instalándose en las laderas y construyendo nuevos barrios en una expansión urbana que terminó dibujando una ciudad compleja, desigual y profundamente heterogénea.
Precisamente por eso resulta especialmente significativo observar cómo el arte y la cultura han contribuido a generar otra lectura de Medellín. No se trata de borrar un pasado que continúa presente, sino de mirarlo desde otros lugares, introducir nuevas preguntas y permitir que la ciudad pueda explicarse también a través de sus procesos creativos. La Comuna 13 es quizá uno de los ejemplos más visibles de esta transformación, donde el arte urbano, los proyectos comunitarios y el espacio público han adquirido un protagonismo que trasciende la dimensión estrictamente cultural.

Otro de los grandes escenarios de este cambio se encuentra en Ciudad del Río. La antigua zona industrial ha dado paso a un nuevo distrito donde conviven viviendas, parques, restaurantes, cafés, galerías y espacios culturales. La arquitectura contemporánea comparte territorio con las huellas de aquel pasado fabril, en una convivencia especialmente reveladora: Medellín no necesita esconder lo que fue para construir lo que quiere ser.
En este paisaje, el Museo de Arte Moderno de Medellín, el MAMM, ocupa una posición fundamental. Instalado en el espacio de una antigua siderúrgica, el museo conserva parte de la memoria industrial del lugar al mismo tiempo que funciona como uno de los principales motores del arte contemporáneo de la ciudad. Su programación, sus exposiciones y su relación con el espacio urbano han contribuido a consolidarlo como un punto de encuentro entre artistas, público y nuevas formas de entender la creación contemporánea.
El MAMM representa además una determinada manera de entender la cultura: abierta y vinculada a la ciudadanía. La gratuidad de sus visitas los miércoles o la programación cinematográfica al aire libre del último viernes de cada mes son ejemplos de una voluntad de ampliar el acceso al arte y de llevar la actividad cultural más allá de los circuitos tradicionales. En Medellín, la cultura parece formar parte de una conversación colectiva en la que el museo no permanece aislado de la ciudad, sino que dialoga permanentemente con ella.
También resulta significativa la exposición Kokha proyect, instalada en la terraza del museo hasta el pasado 10 de abril, al abordar la hoja de coca desde perspectivas artísticas, políticas y simbólicas. La propuesta permite alejarse de una lectura exclusivamente asociada al narcotráfico y recuperar la complejidad histórica y cultural de un elemento profundamente arraigado en Colombia. El arte vuelve así a desempeñar una función esencial: ampliar el relato y cuestionar las imágenes demasiado simples con las que durante décadas se ha explicado Medellín y su entorno.

Todo ello adquiere un significado especial estos días, coincidiendo con la presentación en el MAMM del número 3 internacional de Bonart. La llegada de la revista a Medellín no es únicamente una parada dentro de su recorrido internacional, sino una oportunidad para establecer un diálogo entre dos escenas culturales que comparten una misma voluntad de explorar el presente desde el arte contemporáneo. Que esta presentación tenga lugar precisamente en el MAMM refuerza ese vínculo entre creación, territorio y nuevas miradas sobre la cultura.
Medellín ha cambiado, pero quizá lo más interesante no sea únicamente cuánto ha cambiado, sino cómo ha aprendido a contar ese cambio. La ciudad que durante años quedó atrapada en determinados relatos sobre la violencia, el narcotráfico y la marginalidad ha construido otros discursos alrededor del arte, la arquitectura, el espacio público, la educación y la cultura. La transformación urbana ha ido acompañada de una transformación simbólica.
En apenas dos décadas, Medellín pasó de ocupar posiciones entre las ciudades con mayores índices de violencia del mundo a recibir en 2016 el Lee Kuan Yew World City Prize, un reconocimiento internacional a sus procesos de transformación urbana y a la creación de comunidades más habitables y sostenibles. A este proceso se han añadido iniciativas ambientales destinadas a ampliar los espacios verdes y avanzar hacia un modelo de ciudad más sostenible.

“Trabajar con plantas es volver al origen, al estado más elemental. Es, ante todo, un acto de amor” Susana Mejía
Pero Medellín no puede entenderse únicamente desde las cifras de transformación urbana ni desde los reconocimientos internacionales. Su verdadera singularidad está quizá en la capacidad de haber hecho del espacio público, de los museos y del arte contemporáneo herramientas para construir nuevas formas de pertenencia. Entre las montañas, el río, las antiguas fábricas y los nuevos barrios, la cultura ha encontrado un territorio fértil para preguntarse qué ciudad fue, cuál es y cuál quiere llegar a ser.