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Exposiciones

El cuerpo en suspensión de Candela Capitán

'APNEA' transforma la galería LABOR de Ciudad de México en un spa del futuro donde respiración, tecnología y coreografía exploran nuevas formas de cuidado, control y supervivencia.

El cuerpo en suspensión de Candela Capitán
bonart méxico df - 19/09/26

Hay algo inquietante en una obra que nos obliga a pensar en aquello que hacemos de manera automática. Respirar es probablemente el gesto más elemental del cuerpo y, precisamente por eso, también uno de los más difíciles de observar hasta que deja de producirse con normalidad. En APNEA, Candela Capitán convierte esa acción cotidiana en el centro de una experiencia artística que sitúa el cuerpo al límite y utiliza la suspensión de la respiración como una herramienta de contemplación, resistencia y aprendizaje.

La exposición, primera individual de la artista, coreógrafa y bailarina española en México, se presenta en la galería LABOR desde el 19 de septiembre hasta el 24 de octubre. Concebida como una instalación que transforma el espacio expositivo en una suerte de spa de un futuro próximo, APNEA plantea una idea de bienestar alejada de la promesa de desconexión. Aquí descansar implica enfrentarse al propio cuerpo, escuchar sus señales y aprender a relacionarse con ellas desde otro lugar.

Activada por la presencia de cuerpos feminizados, la instalación establece una relación directa entre respiración, tecnología y contemplación. Capitán concibe APNEA simultáneamente como máquina y organismo, mediante un circuito hidráulico que conecta un depósito de agua, un grupo de presión, un sistema de depuración y una bañera a través de una red de tuberías completamente visible. El agua circula de manera continua y genera una ecología artificial en la que cuerpo, infraestructura, máquina y materia líquida dependen unos de otros.

Durante la performance, ese ciclo se interrumpe temporalmente. La máquina y el cuerpo comparten entonces un mismo estado de suspensión y la infraestructura deja de ser un simple dispositivo técnico para convertirse en una prolongación del propio organismo. Regula sus ritmos, condiciona sus movimientos y transforma la experiencia corporal. La tecnología ya no aparece como algo externo al sujeto, sino como una estructura con la que el cuerpo establece una relación de dependencia.

En este punto, APNEA adquiere una dimensión especialmente contemporánea. La obra observa cómo las prácticas asociadas al cuidado y al bienestar —la respiración, la meditación, el descanso o el ejercicio— están cada vez más sometidas a mecanismos de medición, entrenamiento y optimización. El cuerpo contemporáneo aprende a descansar siguiendo protocolos, a respirar siguiendo indicaciones y a controlar sus propios parámetros mediante dispositivos tecnológicos.

Pero la propuesta de Candela Capitán no plantea la contemplación como una simple desconexión de la tecnología. Más bien propone una sincronización entre cuerpo e infraestructura. La máquina respira de alguna manera con el cuerpo, mientras el cuerpo aprende a convivir con una estructura que regula su experiencia. El resultado es una instalación que convierte el espacio expositivo en un organismo híbrido y plantea preguntas sobre quién controla nuestros ritmos corporales y hasta qué punto el bienestar contemporáneo implica también nuevas formas de disciplina.

Chus Martínez interpreta APNEA como una especie de 'escultura social', una obra capaz de activar un aprendizaje sobre nuestra relación con la alarma. Su lectura parte de una paradoja especialmente reveladora: la ansiedad puede transformar una señal en una amenaza y, posteriormente, convertir esa amenaza en una nueva señal de alarma. El cuerpo se alarma y nosotros nos alarmamos porque el cuerpo se ha alarmado. Frente a esta espiral, la apnea introduce deliberadamente una de las alarmas más elementales que conocemos —la necesidad de respirar— para enseñarnos que entre la aparición de una señal y nuestra respuesta existe un pequeño intervalo.

Permanecer en ese intervalo se convierte, en la lectura de Martínez, en una forma radical de calma. La obra no elimina la alarma, sino que propone aprender a habitarla. No busca que el cuerpo deje de reaccionar, sino introducir un espacio entre el estímulo y la respuesta. La respiración suspendida se convierte así en una práctica física y mental capaz de cuestionar nuestra relación inmediata con el miedo, el control y la ansiedad.

La dimensión performática añade todavía otra capa a la instalación. La activación se presenta cada sábado hasta el 10 de octubre y está protagonizada por cuerpos que han aprendido a permanecer bajo el agua, vestidos con un traje diseñado por la propia Candela Capitán. La acción introduce en la estructura hidráulica una dimensión coreográfica y casi fantástica. El cuerpo que permanece bajo el agua deja de ser únicamente un cuerpo sometido a una prueba física para convertirse también en un cuerpo que baila, flota y altera nuestra percepción de aquello que consideramos natural.

En esa imagen aparece inevitablemente Ofelia, la figura de Hamlet que durante siglos ha alimentado una determinada representación de la muerte femenina: mujeres ahogadas, cuerpos inmóviles en el agua, belleza convertida en representación de una violencia anterior. Chus Martínez establece precisamente este contrapunto al observar que las mujeres de APNEA sobreviven. No reproducen la iconografía de la mujer ahogada, sino que la invierten.

Las buceadoras de Capitán controlan las circunstancias que históricamente las condenaban a desaparecer. Permanecen bajo el agua, pero no mueren. Y cuando emergen, la imagen deja de ser la de una víctima para convertirse en la de un cuerpo que ha adquirido el dominio sobre su propia condición. “Esas mujeres bajo el agua no solo no mueren: resurgen. Y no solo resurgen: reinan”, señala Martínez.

Entre la máquina y el organismo, entre la alarma y la calma, entre la inmersión y la supervivencia, APNEA construye así un espacio donde el cuerpo deja de ser objeto de observación para convertirse en agente de conocimiento. La obra de Candela Capitán no propone escapar de las tecnologías que regulan nuestra existencia, sino observar cómo hemos aprendido a convivir con ellas y cómo podemos recuperar, incluso dentro de esos sistemas, un margen de autonomía.

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