Cinta Vidal vuelve a la arquitectura para cuestionarla. No tanto para representarla como para desmontar sus certezas, alterar sus coordenadas e imaginar otras formas de habitar el espacio. En UPEND , su segunda exposición individual en Zink, en Seubersdorf, la artista catalana presenta un nuevo conjunto de pinturas en las que los referentes de la arquitectura moderna de posguerra y del Brutalismo se convierten en materia prima de un universo pictórico donde la gravedad deja de ser una ley incuestionable.
La exposición, que se inaugura el 19 de septiembre y se podrá visitar hasta el 1 de noviembre de 2026, pone especial atención en la arquitectura francesa y, particularmente, en la obra de Le Corbusier. A su alrededor aparecen también las referencias de Mies van der Rohe, Atelier de Montrouge y Frank Lloyd Wright, arquitectos que han contribuido, cada uno desde perspectivas distintas, a definir una determinada idea de modernidad basada en el orden, la estructura, la funcionalidad y la relación entre espacio y forma.

Pero Vidal no se sitúa ante ese legado como una pintora interesada simplemente en reproducirlo. Lo toma, lo fragmenta y lo desplaza. Volúmenes, fachadas, retículas estructurales y superficies de hormigón abandonan su función arquitectónica original para integrarse en una nueva gramática visual. Los edificios dejan de ser contenedores para convertirse en formas abiertas, susceptibles de ser reorganizadas en composiciones que parecen desafiar a las leyes físicas.
Esta operación es especialmente significativa en una artista que ha hecho de las estructuras imposibles, de los espacios compartidos y de las arquitecturas suspendidas uno de los centros de su investigación. En las nuevas pinturas, la perspectiva se multiplica y la gravedad se desplaza. Lo que en la arquitectura moderna podía representar estabilidad, orden y racionalidad se transforma en una construcción más ambigua, casi coreográfica, en la que cada elemento parece buscar una nueva posición.
El Brutalismo, con su contundencia material y su apuesta por dejar visibles las estructuras, ofrece a Vidal un repertorio formal especialmente rico. El hormigón, los módulos, las geometrías y los volúmenes pesados pierden aquí su aparente inmovilidad. La pintora les somete a un proceso de desjerarquización que permite que los edificios sean vistos desde múltiples ángulos y, sobre todo, que puedan coexistir en un mismo espacio sin quedar sometidos a una única perspectiva.
Es en ese punto donde UPEND trasciende el interés estrictamente arquitectónico. Las obras plantean una reflexión sobre cómo construimos los espacios que habitamos y sobre las estructuras —físicas pero también mentales— que determinan nuestra relación con los demás. La arquitectura ya no aparece como forma fija, sino como un sistema susceptible de ser alterado, compartido y reinterpretado. Vidal introduce así una dimensión casi política en unas imágenes que, a simple vista, pueden parecer puramente geométricas.

La coincidencia temporal con otro proyecto especialmente visible del artista refuerza ese momento de proyección de su obra. Cinta Vidal es también la autora del cartel de la Mercè 2026, una intervención que sitúa su imaginario en un contexto ciudadano y popular muy distinto al del espacio galerístico. Si UPEND parte de la arquitectura para imaginar otras formas de convivencia espacial, el cartel de la fiesta barcelonesa amplía esta capacidad de construir mundos visuales hacia el espacio público y colectivo.
Entre la arquitectura brutalista y la fiesta mayor, entre el hormigón y la celebración, emerge una misma voluntad: cuestionar las formas establecidas de mirar. Vidal trabaja con estructuras que reconocemos por alterarlas hasta que dejan de comportarse como esperábamos. Sus edificios pueden estar boca abajo, suspenderse, compartir paredes imposibles o convivir en una misma superficie sin obedecer a una arquitectura determinada. Y es precisamente esa imposibilidad la que abre la puerta a otra forma de entender el espacio.