La historia de la pintura puede ser también un territorio de juego, una ficción compartida en la que los grandes maestros dejan de ser figuras intocables para convertirse en personajes de un relato abierto, imprevisible e incluso algo inquietante. Ésta es una de las premisas desde donde trabaja Gino Rubert en su nueva exposición, Absolute Beginners , que Mobius Gallery de Bucarest presenta a partir del 18 de septiembre. Se trata de la segunda exposición individual del artista español en la galería, tres años después de Time to Set the Cage on Fire , con la que Rubert entró en la escena contemporánea rumana.
En este nuevo conjunto de obras, Rubert convoca a buena parte de las figuras que han construido su propio imaginario pictórico. Picasso, Marcel Duchamp, Frida Kahlo, Leonora Carrington, Remedios Varo, Salvador Dalí, Joan Miró o Antoni Tàpies aparecen reunidos en encuentros imposibles, pero representados con una asombrosa naturalidad. No son tanto homenajes convencionales como escenas de una historia del arte alternativo, construida a partir de coincidencias, desplazamientos y anacronismos. El pintor sitúa a estos personajes en academias de dibujo y estudios de artista, espacios vinculados tradicionalmente al aprendizaje, y los devuelve así a una condición esencial: la de quien todavía está aprendiendo.
De ahí el título de la exposición. Absolute Beginners reivindica precisamente esa capacidad de empezar de nuevo que comparten los artistas que han transformado la pintura. A pesar del peso de sus nombres y sus mitos, todos pueden ser contemplados como eternos principiantes, movidos por la curiosidad y por la necesidad de cuestionar lo que ya conocen. Rubert utiliza esta idea para plantear una mirada desacralizadora sobre la historia del arte, pero también para hablar de la pintura como una práctica siempre inacabada.
La técnica contribuye decisivamente a esta atmósfera. Las pinturas combinan collage fotográfico con aceite y acrílico, tejidos, agujas y materiales hallados, en una construcción densa que convierte cada tela en algo más que una superficie pictórica. Las obras funcionan como pequeños escenarios en los que cada figura, cada mirada y cada gesto parece ocupar un lugar previamente calculado. Hay en Rubert una concepción teatral de la pintura: los personajes entran en escena, establecen relaciones entre ellos y, al mismo tiempo, miran directamente al espectador.
Esta proximidad es uno de los rasgos que singularizan el trabajo del artista. Sus figuras no quedan encerradas en la ficción representada, sino que parecen conscientes de nuestra presencia. Su mirada establece una especie de complicidad con la que contempla la obra y disuelve la frontera entre espectador y protagonista. El cuadro se convierte así en un espacio de encuentro, pero también en un lugar en el que realidad y ficción, memoria y deseo, vida y muerte pueden convivir sin necesidad de resolver sus contradicciones.
En ese universo, cargado de humor y erudición, Rubert recupera algunos de los grandes mitos de la modernidad para someterlos a una nueva convivencia. Su mirada no es iconoclasta, sino cariñosa e irreverente a la vez. Los maestros aparecen desprovistos de solemnidad, pero no de su capacidad de fascinación. Es precisamente esa tensión entre conocimiento y juego, entre historia y fantasía, la que da a las obras una extrañeza particular.