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Opinión

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Federico García Lorca, 90 años después, entre Nueva York y La Habana.

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Han pasado 90 años desde que Federico García Lorca fue asesinado en la madrugada del 18 de agosto de 1936. Noventa años después, su figura no ha dejado de crecer. Lorca pertenece ya a esa reducida estirpe de escritores cuya obra desborda su tiempo y cuya muerte terminó por convertirlos, además, en símbolos. Símbolo de la represión, de la libertad truncada, de una cultura perseguida y de una España incapaz de proteger a uno de sus creadores más brillantes.

Las circunstancias exactas de su asesinato siguen siendo objeto de investigación y debate. Su proximidad a sectores republicanos, su condición de intelectual y su homosexualidad forman parte del contexto de persecución que sufrió en los primeros meses de la Guerra Civil. Pero reducir a Lorca a las circunstancias de su muerte sería, precisamente, traicionar la dimensión de una obra que sigue respirando con una fuerza extraordinaria.

Fue una de las grandes figuras de la Generación del 27 y uno de los autores fundamentales de la literatura del siglo XX. Romancero gitano, Poeta en Nueva York, Bodas de sangre, Yerma o La casa de Bernarda Alba forman parte de un legado que ha sobrevivido a su tiempo y a su tragedia.

Pero entre todos esos libros hay uno que permite acercarse de una manera especialmente reveladora al hombre que había detrás del mito: Poeta en Nueva York. Y es precisamente en esa ciudad, entre sus rascacielos, sus multitudes y sus contradicciones, donde quiero detenerme para acercarnos a un Lorca más íntimo, más vulnerable y también más radical. Es desde Nueva York desde donde escribimos las siguientes líneas, con los acordes de La leyenda del tiempo sonando de fondo, como una banda sonora imaginaria para regresar a aquel viaje y a aquel poeta que, hace casi un siglo, encontró en la ciudad una nueva manera de mirar el mundo, de enfrentarse a sus propias heridas y de convertirlas en poesía.

En 1929, Lorca abandonó España rumbo a Nueva York. Oficialmente viajaba para impartir conferencias y continuar su formación, pero aquel desplazamiento significó mucho más. El poeta atravesaba una crisis personal marcada por un fracaso sentimental, por sus conflictos íntimos y por una sensación de asfixia que hacía necesario alejarse de Granada y Madrid.

Llegó a Nueva York el 25 de junio de 1929. La ciudad debió de aparecer ante sus ojos como una gigantesca contradicción. Los rascacielos, Broadway, las avenidas de Manhattan y el ritmo vertiginoso de la metrópoli ofrecían un espectáculo fascinante. Al mismo tiempo, bajo aquella arquitectura monumental, Lorca descubrió una sociedad atravesada por profundas desigualdades.

Se instaló en Furnald Hall, la residencia universitaria de Columbia, y entró en contacto con un grupo de intelectuales españoles vinculados a la universidad. Pero su verdadera experiencia neoyorquina no estuvo únicamente en las aulas. Lorca quería mirar, caminar, descubrir. Quería vivir la ciudad.

Y fue precisamente esa mirada la que comenzó a transformar su poesía.

La visita a Harlem fue decisiva. Allí entró en contacto con la comunidad afroamericana y con una realidad social que contrastaba radicalmente con la imagen de progreso que proyectaba la gran ciudad.

Lorca frecuentó el club de jazz Small’s Paradise y descubrió otra Nueva York, alejada de las postales de Broadway y Wall Street. La ciudad moderna empezó a revelársele como un territorio de contrastes: riqueza y pobreza, poder y marginación, tecnología y soledad.

Ese descubrimiento conecta directamente con una de las constantes de su obra: la defensa de quienes permanecen en los márgenes. Los gitanos, los negros, los perseguidos, los excluidos, los individuos que no encuentran un lugar en las estructuras dominantes aparecen en Lorca como sujetos de una poesía que nunca es indiferente.

Poeta en Nueva York nace de esa conmoción.

No es simplemente un libro sobre una ciudad. Es el resultado del choque entre un poeta profundamente vital y una metrópoli que percibe como deshumanizada. El capitalismo, la industrialización, la mecanización de la vida y la desigualdad aparecen transformados en imágenes violentas, alucinadas y surrealistas.

Lorca ya no describe Nueva York: la convierte en una pesadilla poética.

Hay algo profundamente contemporáneo en Poeta en Nueva York. El libro habla de Wall Street, de las multitudes, de los edificios y de las máquinas, pero, sobre todo, habla de la soledad del individuo dentro de una sociedad que parece haber perdido su dimensión humana.

El poeta proyecta en la ciudad su propia crisis. La melancolía, los deseos, las pulsiones sexuales, los amores perdidos y la nostalgia de la infancia se mezclan con la denuncia social. Lo personal y lo colectivo dejan de ser territorios separados.

Por eso Nueva York funciona en el libro como paisaje exterior y como paisaje interior.

El resultado es una poesía radicalmente distinta de la del Romancero gitano. El lenguaje se vuelve más oscuro, fragmentario y surrealista. Las imágenes se suceden como visiones. La multitud vomita, la ciudad duerme sin sueño, los animales y las máquinas parecen participar de una misma pesadilla.

Lorca encuentra en Nueva York una nueva forma de decir aquello que hasta entonces quizá no podía expresar.

El 4 de marzo de 1930 abandonó Nueva York. Después de atravesar en tren la costa este estadounidense, llegó a Miami y desde allí viajó a Cuba, donde permaneció alrededor de tres meses. La experiencia cubana fue diferente. Frente a la dureza y la deshumanización que había percibido en Nueva York, Cuba le ofreció una atmósfera más próxima, cálida y luminosa. El idioma, el clima y el carácter de sus gentes hicieron que aquella estancia resultara especialmente estimulante para el poeta.

También allí continuó trabajando sobre los materiales que acabarían formando Poeta en Nueva York.

El contraste entre ambas experiencias resulta revelador. Nueva York le mostró el vértigo de la modernidad y sus contradicciones; Cuba le devolvió una relación más sensorial con el mundo. Entre ambas geografías se encuentra un Lorca que ha dejado atrás definitivamente al poeta de las primeras obras y empieza a construir una voz mucho más libre.

Hay otro aspecto fascinante de Poeta en Nueva York: Lorca no pensaba únicamente en un libro de poemas. El proyecto editorial que preparó contemplaba también la incorporación de fotografías relacionadas con los textos.

Había imaginado imágenes de la Estatua de la Libertad, Harlem, Wall Street, Broadway, multitudes, paisajes, mataderos, la Bolsa o La Habana. Incluso pensó en fotomontajes y en una imagen de Walt Whitman con mariposas en la barba.

La idea resulta especialmente significativa. Lorca quería que la experiencia neoyorquina no quedara encerrada en las palabras. Quería construir un objeto en el que poesía e imagen dialogaran.

El proyecto, sin embargo, no llegó a materializarse tal como lo había concebido.

En este aniversario, resulta inevitable regresar a Lorca. No solo al Lorca asesinado en 1936, convertido en símbolo de una tragedia colectiva, sino al poeta que todavía estaba descubriendo el mundo y descubriéndose a sí mismo cuando viajó a Nueva York y Cuba.

Poeta en Nueva York permite mirar a ese Lorca vulnerable, contradictorio, fascinado y horrorizado ante la modernidad. Un escritor capaz de transformar una crisis personal en una de las grandes obras poéticas del siglo XX.

Quizá por eso, 90 años después de su asesinato, Lorca continúa siendo contemporáneo.

Porque sus preguntas siguen abiertas: qué ocurre con el individuo cuando la ciudad se impone sobre él, qué sucede cuando el progreso produce exclusión, qué precio tiene la libertad y qué puede hacer el arte frente a la injusticia.

Lorca murió hace 90 años. Su voz, sin embargo, continúa caminando entre los rascacielos de Nueva York, cruzando las calles de Harlem, viajando hacia La Habana y regresando, una y otra vez, a nosotros.

Navidad en el rio Hudson

¡Esa esponja gris!
Ese marinero recién degollado.
Ese río grande.
Esa brisa de límites oscuros.
Ese filo, amor, ese filo.
Estaban los cuatro marineros luchando con el mundo.
con el mundo de aristas que ven todos los ojos,
con el mundo que no se puede recorrer sin caballos.
Estaban uno, cien, mil marineros
luchando con el mundo de las agudas velocidades,
sin enterarse de que el mundo
estaba solo por el cielo.

El mundo solo por el cielo solo.
Son las colinas de martillos y el triunfo de la hierba espesa.
Son los vivísimos hormigueros y las monedas en el fango.
El mundo solo por el cielo solo
y el aire a la salida de todas las aldeas.
Cantaba la lombriz el terror de la rueda
y el marinero degollado
cantaba al oso de agua que lo había de estrechar;
y todos cantaban aleluya,
aleluya. Cielo desierto.
Es lo mismo, ¡lo mismo!, aleluya.

He pasado toda la noche en los andamios de los arrabales
dejándome la sangre por la escayola de los proyectos,
ayudando a los marineros a recoger las velas desgarradas.
Y estoy con las manos vacías en el rumor de la desembocadura.
No importa que cada minuto
un niño nuevo agite sus ramitos de venas,
ni que el parto de la víbora, desatado bajo las ramas,
calme la sed de sangre de los que miran el desnudo.
Lo que importa es esto: hueco. Mundo solo. Desembocadura.
Alba no. Fábula inerte.
Sólo esto: desembocadura.
¡Oh esponja mía gris!
¡Oh cuello mío recién degollado!
¡Oh río grande mío!
¡Oh brisa mía de límites que no son míos!
¡Oh filo de mi amor, oh hiriente filo!

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