La Biblioteca del Museo Reina Sofía presenta, hasta el 9 de octubre de 2026, Leche, nieve, lágrima, mano. El saber hacer de Blanca Sánchez, una exposición que recupera la trayectoria de Blanca Sánchez Berciano, comisaria, gestora cultural, coleccionista y una de las figuras fundamentales de la escena cultural madrileña de las últimas décadas del franquismo y la Transición.
La muestra, que puede visitarse desde el 26 de junio, reúne cerca de un centenar de materiales procedentes del Archivo Blanca Sánchez Berciano de la Biblioteca y Centro de Documentación del Museo Reina Sofía. Cartas, postales, fotografías, documentos administrativos, revistas, discos de vinilo, carteles y distintos objetos permiten reconstruir una trayectoria profesional y vital marcada por la constante interacción entre arte, cultura popular y relaciones personales.
A este conjunto se suman seis cuadernos de collages y dibujos realizados por Sánchez, que han sido digitalizados para facilitar su consulta mediante dos audiovisuales. El resultado no es únicamente una exposición documental, sino una aproximación a una manera de entender la creación y el trabajo basada en la asociación libre, la acumulación y la capacidad de establecer conexiones entre materiales aparentemente alejados.

Blanca Sánchez, Archivo Blanca Sánchez, Biblioteca y Centro de Documentación del Museo Reina Sofía ©Herederos de Blanca Sánchez.
La propuesta ha sido concebida como un ejercicio curatorial colectivo por los alumnos del itinerario de Prácticas en Comisariado del Máster Universitario en Historia del Arte Contemporáneo y Cultura Visual, organizado conjuntamente por la Universidad Autónoma de Madrid, la Universidad Complutense de Madrid y el Museo Reina Sofía.
Blanca Sánchez se formó en Londres, Frankfurt, París y Colonia antes de regresar a Madrid en 1971, en los últimos años del franquismo. A lo largo de casi cuatro décadas desarrolló una intensa actividad en diferentes ámbitos de la cultura. Trabajó en las galerías Vandrés, entre 1971 y 1980, y Vijande, entre 1981 y 1986, además de formar parte del equipo del Círculo de Bellas Artes entre 1992 y 2006.
Su actividad desbordó el ámbito estrictamente institucional y galerístico. Sánchez participó en proyectos cinematográficos y artísticos y mantuvo una estrecha amistad con Pedro Almodóvar, colaborando en Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980). También intervino en los cortometrajes de Iván Zulueta y desarrolló una intensa labor como representante de artistas y músicos, entre ellos Carlos Berlanga y Alaska y Dinarama.
En 1987 asumió además el comisariado de una exposición dedicada a Andy Warhol en el Círculo de Bellas Artes. Paralelamente, construyó una importante colección de arte vinculada a sus propias experiencias y relaciones dentro del mundo cultural.
Aunque buena parte de los documentos reunidos permite reconocer el ambiente de la Movida madrileña, la exposición evita reducir a Sánchez a ese episodio histórico. La propuesta recorre el conjunto de su trayectoria y pone el acento en una práctica creativa que se mantuvo constante a lo largo del tiempo. La dificultad para establecer una datación precisa de algunos materiales se convierte, precisamente, en una de las claves curatoriales de la exposición.
En el centro de la sala, una gran mesa recrea el espacio de trabajo de Blanca Sánchez, entendido como un lugar de convivencia entre materiales de naturaleza muy diversa. Documentos, flores, envoltorios de chocolates, azucarillos, fotografías y recortes aparecen reunidos sin jerarquías, siguiendo asociaciones intuitivas que recuerdan el funcionamiento de sus propios collages.

También se muestran anotaciones relacionadas con su actividad profesional, que permiten comprender cómo esa aparente acumulación azarosa respondía en realidad a una lógica propia. El collage no era para Sánchez únicamente una técnica artística, sino también una forma de organizar el pensamiento, el trabajo y la vida cotidiana, conectando tareas, personas, tiempos y experiencias.
La exposición reivindica así una figura cuya importancia no reside únicamente en los proyectos en los que participó, sino en una particular manera de relacionarse con la cultura. En el universo de Blanca Sánchez, la alta cultura y la cultura popular no constituían territorios enfrentados, sino espacios capaces de encontrarse y contaminarse mutuamente. Leche, nieve, lágrima, mano recupera precisamente ese territorio de contacto para mostrar cómo, detrás de una trayectoria vinculada a algunos de los nombres y episodios más reconocibles de la cultura española contemporánea, existía también una práctica cotidiana de observación, asociación y creación.