El número once puede ser una cifra más. Para Alfredo Jaar, se convirtió en una obsesión. En 1974, un año después del golpe de Estado que derrocó al presidente chileno Salvador Allende, el joven artista comenzó a escribir repetidamente el número 11, llenando hojas con miles de repeticiones y alterando calendarios para detener simbólicamente el paso del tiempo. Aquella insistencia numérica nació de una fecha concreta: el 11 de septiembre de 1973, día en que un golpe militar puso fin al Gobierno democráticamente elegido de Allende y abrió uno de los periodos más oscuros de la historia reciente de Chile, marcado por diecisiete años de dictadura militar.
Esta relación entre memoria, violencia política y representación atraviesa O lado oscuro da lua, la exposición que Alfredo Jaar presenta en la galería Luisa Strina del 8 de agosto al 19 de septiembre. La muestra recupera obras y proyectos en los que el artista analiza cómo una imagen, una fecha o una palabra pueden convertirse en dispositivos para recordar aquello que la historia corre el riesgo de borrar.
En algunas de las piezas más directas del conjunto, como September 11 (Yellow), September 11 (White) y September 11 (Blue), Jaar dispone filas y filas del número once sobre papeles pautados de distintos colores. La repetición adquiere una dimensión casi compulsiva. Miles de cifras parecen intentar atravesar el propio significado del número para encontrar una respuesta que nunca llega.

11.09.73.12.10, 1974 © artista [the artist].
La estrategia se repite en September 11, 1973 (Black), donde los calendarios quedan construidos mediante caracteres blancos y rojos sobre fondo negro. Las fechas avanzan hasta llegar al 11 de septiembre de 1973 y, a partir de ahí, el tiempo parece quedar suspendido. La frase “Solo once después del once” sintetiza esa operación: el número deja de funcionar como una simple referencia temporal para convertirse en una marca de ruptura.
Jaar introduce esta alteración incluso en imágenes aparentemente inocentes. En algunos calendarios publicitarios aparecen parejas disfrutando de paisajes verdes e idílicos, acompañadas por mensajes que transmiten felicidad, unidad y tranquilidad y por el reconocible logotipo de Coca-Cola. La publicidad, diseñada para vender una imagen de bienestar, convive así con una intervención casi imperceptible del artista.
Precisamente ahí reside parte de la fuerza de estas obras. A primera vista, los números pueden pasar desapercibidos porque el objeto original está concebido como publicidad y no como documento histórico. Pero, poco a poco, los onces comienzan a infiltrarse en la imagen y generan una inquietud que transforma por completo su lectura. El espectador se enfrenta entonces a una pregunta aparentemente sencilla: ¿por qué se han alterado las fechas?
Podría tratarse de un error de impresión, de una anomalía sin importancia o de una decisión arbitraria. Pero también puede ser la huella de un acontecimiento político que cambió de manera irreversible la vida de millones de personas. El desplazamiento de las fechas convierte así un objeto cotidiano en un territorio de memoria.
Esta tensión entre lo íntimo y lo histórico también aparece en Studies on Happiness, uno de los proyectos fundamentales de Jaar. La obra invitaba a distintas personas a hablar sobre la felicidad en espacios públicos y privados, individualmente, en grupo o frente a una cámara de vídeo. En el contexto del Chile de aquellos años, cuando comenzaban a emerger testimonios sobre la violencia política y la existencia de detenidos y desaparecidos, hablar adquiría una dimensión que iba mucho más allá de la conversación cotidiana.

KISSINGER, ALLENDE, KISSINGER, KISSINGER, ALLENDE, 1985 © artista [the artist].
A través de sus diferentes fases, Studies on Happiness se construyó como un proceso abierto y reiterativo. Cada nueva conversación generaba un espacio para que otras voces pudieran expresarse y para que desconocidos compartieran experiencias y opiniones. Frente a la tendencia a convertir los acontecimientos históricos en cifras y estadísticas, Jaar buscaba recuperar la dimensión individual de quienes los habían vivido.
El proyecto plantea así una cuestión central en la práctica del artista: cómo representar aquello que ha sucedido sin reducirlo a una imagen cerrada. En lugar de ofrecer una única interpretación, Jaar construye situaciones en las que la palabra, el silencio, la repetición y la memoria permiten que el espectador participe en la elaboración del significado.
En este sentido, O lado oscuro da lua no es únicamente una exposición sobre el pasado chileno. Es también una reflexión sobre los mecanismos mediante los cuales recordamos, sobre aquello que las imágenes muestran y esconden y sobre la capacidad del arte para devolver una dimensión humana a acontecimientos que, con el paso del tiempo, corren el riesgo de convertirse únicamente en datos históricos.