En el marco de su 45 aniversario, el Museo Tamayo presenta Ante el eclipse. Arqueologías del arte en México, una exposición que se aleja deliberadamente de la lógica conmemorativa para proponerse como un ejercicio de relectura crítica del arte producido en México entre los años ochenta y principios de los noventa. Más que reconstruir un periodo, la muestra lo interroga desde sus tensiones internas: la crisis económica, la inestabilidad política, el impacto del terremoto de 1985 y las transformaciones culturales que anunciaban la entrada del país en una fase de globalización acelerada.
El núcleo curatorial reúne a más de sesenta artistas mexicanos y extranjeros que vivieron y trabajaron en la Ciudad de México durante ese periodo decisivo. Sus prácticas, lejos de formar un estilo homogéneo, configuran un campo de fricciones donde conviven la exploración del territorio, la relectura del pasado prehispánico, la deriva hacia lo vernáculo y una creciente preocupación por lo ecológico, lo espiritual y lo sociocultural. En conjunto, sus obras parecen operar como fragmentos arqueológicos de un tiempo todavía en disputa.
La exposición propone, en este sentido, una metodología que toma prestada la noción de “arqueología” no como disciplina cerrada, sino como metáfora crítica. Excavar las capas de sentido que atraviesan estas obras implica reconocer cómo la historia —lejos de ser un fondo estable— se manifiesta como superficie inestable, susceptible de ser intervenida, reescrita o incluso sabotada desde la práctica artística.
Entre las piezas reunidas, se despliegan estrategias diversas: intervenciones en el espacio público, relatos de viaje, ensamblajes, pintura, escultura, video e imágenes manipuladas. Este abanico de formatos no responde únicamente a una diversidad técnica, sino a una voluntad de desbordar las categorías tradicionales de lo artístico. En muchos casos, el gesto se impone sobre la forma; en otros, la obra funciona como índice de una experiencia situada, marcada por el tránsito entre lo local y lo global, lo ancestral y lo contemporáneo.

Uno de los ejes conceptuales más relevantes de la muestra es el diálogo con el pensamiento de Rufino Tamayo, cuya figura atraviesa tanto el imaginario del museo como la genealogía crítica que la exposición intenta activar. Tamayo defendió una tensión productiva entre lo vernáculo y lo universal, entre la tradición simbólica mexicana y los lenguajes modernos internacionales. Ante el eclipse retoma esa fricción, pero la desplaza hacia un contexto posterior, en el que la idea misma de identidad cultural aparece atravesada por el exilio, la migración y la disolución de los relatos nacionales cerrados.
El periodo que enmarca la exposición —1981 a 1991— no es arbitrario: comienza con la apertura del propio Museo Tamayo y concluye simbólicamente con la muerte del artista y el eclipse total de sol. Este cierre alegórico refuerza la idea de un tiempo suspendido, donde la historia no avanza de manera lineal sino que se pliega sobre sí misma, generando zonas de sombra en las que el arte opera como herramienta de lectura y reescritura.
En este contexto, las obras reunidas no buscan ilustrar una época, sino tensarla. Algunas de ellas, presentadas por primera vez en México, adquieren una nueva densidad al ser reinsertadas en el presente, mientras que otras reactivan debates sobre la relación entre territorio, memoria y poder simbólico. El resultado es una exposición que no ofrece certezas, sino un campo de resonancias donde la historia se comporta como materia viva, inestable y abierta a la interpretación.