En el Centre Cultural-Llibreria Blanquerna de Madrid, dentro del marco de PhotoEspaña, se presenta la exposición Nosaltres no tenim por, nosaltres som, comisariada por Rafael Doctor Roncero y organizada por el Ministerio de Igualdad junto con la Delegació del Govern de la Generalitat a Madrid. La muestra podrá visitarse del 11 de junio al 30 de agosto y recupera uno de los episodios más decisivos —y aún incómodos— de la historia reciente de España: la primera gran manifestación LGTBI del 26 de junio de 1977 en Barcelona.
El punto de partida es un gesto fotográfico y político a la vez: las imágenes tomadas por Colita en aquella jornada histórica. De dos carretes en blanco y negro surgen unas 40 fotografías que reconstruyen no solo una marcha, sino un clima social en transformación. La Rambla aparece como un escenario de transición donde conviven los restos visibles de la dictadura con los primeros signos de una democracia aún frágil.
Las imágenes muestran un contraste hoy casi arqueológico: manifestantes con pantalones de campana, melenas y pancartas improvisadas frente a agentes de los 'grises', encorbatados y armados con porras. Entre todos ellos, una imagen se impone como núcleo simbólico de la exposición: la pancarta que da título a la muestra, Nosaltres no tenim por, nosaltres som, un lema de origen difuso que condensa el pulso entre miedo y afirmación identitaria.

©Archivo COLITA.
La exposición no se limita a la nostalgia. Si bien reconstruye un paisaje desaparecido —tiendas ya inexistentes, cabinas telefónicas, coches de otra época, incluso un pavimento distinto de la Rambla—, también plantea una lectura inquietante del presente. Los responsables de la muestra subrayan que aquellas amenazas no han desaparecido del todo, sino que han mutado, recordando que la conquista de derechos no es un proceso cerrado.
En ese sentido, el trabajo de Colita adquiere una dimensión doble: documental y ética. Su cámara no solo registra un acontecimiento, sino que participa en él desde la cercanía y el compromiso. No hay distancia fría ni exotización de los cuerpos en lucha; hay, más bien, una voluntad de testimonio que hoy se lee como pieza clave de la memoria visual de la transición española.
El catálogo de la exposición insiste en contextualizar aquel momento como un punto de inflexión: una democracia en formación donde la calle se convertía en espacio de disputa simbólica, política y emocional. Las consignas, los cuerpos y las pancartas funcionaban como herramientas de visibilidad frente a una legalidad todavía marcada por la represión, especialmente la derivada de la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social, que afectaba de forma brutal a las personas trans y travestis de la época.
Durante la presentación, la directora de PhotoEspaña, María Santoyo, reivindicó la deuda con aquella generación de activistas. Su intervención no fue solo institucional, sino también personal: la memoria de aquellas luchas aparece como condición de posibilidad de las libertades actuales, aunque también como recordatorio de su fragilidad. En su lectura, el pasado no queda clausurado, sino que se mantiene como advertencia.
El comisario de la muestra introduce, además, una reflexión menos celebratoria y más incómoda: la dificultad contemporánea para articular luchas colectivas con la misma fuerza de entonces. Frente a la potencia unitaria de aquella manifestación —que reunió a cerca de 5.000 personas—, hoy emerge una sensación de fragmentación de los discursos emancipadores, incluso cuando comparten violencias estructurales.