En verano comienza la actividad en el Empordà, abren pequeñas galerías con programación temporal y se trata de elegir y darles un sitio a la actualidad. Éste es el caso de la exposición Asian Spring en ASSAI Gallery de Pals del 12 de junio al 5 de julio. Esto de primavera es un "link" ampurdanés con su precedente mayor la "Printemps Asiatique – Asia Week" de París.
No hay muchas ocasiones de abrir la ventana para dejar entrar los aromas de oriente. Alexandra Planas lo hizo en Bonart con el artículo sobre el Trazo Rebelde de Gerardo D. Cristante uno de los artistas participantes en esta exposición .

Un sueño oriental
A S. Dalí le gustaba decir que era el primer habitante de la península en ver salir el sol del Este desde su lecho de Port Lligat. "Ex oriente lux", esa luz venida de oriente parece que le había interesado desde joven como demuestra la exposición actual en su casa natal de Figueres: Un sueño oriental. Exotismo y modernidad en el joven Dalí al cuidado del compañero Ricard Bru y abierta hasta el 13 de septiembre de 2026. El comisario señala que, cuando Dalí con diecinueve años realiza un biombo con reminiscencias japonesas, ya llevaba más de cuarenta años circulando el interés por oriente en Cataluña y que posteriormente desarrollará un enfoque mucho más enfoque.
Hace años que es habitual la presencia por tierras ampurdanesas de artistas venidos de oriente, muchos acaban residiendo y trabajando aquí, seducidos por un paisaje mediterráneo muy diferente de sus lugares de origen. Es un hecho ajeno a la idiosincrasia greco-latina de la tierra ampurdanesa. Puede que uno de los más arraigados en el tiempo sea el taiwanés Dai Bin In en Llers que hace más de cuarenta años llamó la atención de Antoni Tàpies con su gestualidad y trazo libre. También aquellos que a menudo exponen en la galería Horizon de Colera que desde 1992 ha dado siempre un sitio a la mirada hacia el Este, tal y como se demostró en el año 2023 con la exposición East Meets West . En esta muestra Ralph Bernabei y Enric Ensesa exponían con artistas como Takesada Matsutani, miembro del grupo Gutai y del que en el 2019 se hizo una retrospectiva en el Centro Pompidou, y también los japoneses Mariko Kumon, Matsuoka, Hiro Nobuko, Nihira Tsubaki, Toshio Yamamoto, Toshio Yamamoto la escultora coreana Yoon-Hee residente en Francia.

Ahora, la exposición Asian Spring en ASSAI Gallery, una pequeña galería de Pals, nos propone una colectiva que reúne a artistas de procedencias y sensibilidades diversas, maneras de entender el lenguaje de la tinta y la pintura, en un nuevo diálogo entre dos artistas asiáticos y dos occidentales. Danhôo (Vietnam, 1966) y residente en Francia y Su Jing (China, 1994) vive en París y el polifacético Corentin Candi (Belgica 1975), y Gerardo D. Cristante (Buenos Aires, 1979) que vive actualmente en el Valle de Llémena (Girona). Los cuatro tienen en común la fascinación por la pintura, la tinta, el gesto, la materia, el vacío y sobre todo la energía del trazo portador de una búsqueda interior. También es una buena ocasión para reflexionar sobre los lazos de la pintura abstracta y la caligrafía oriental.
El arte del trazo o la pintura sin significado.
El arte del trazo es una expresión que me interesa especialmente como crítico de arte y como calígrafo. El arte del trazo se da cuando, sea a través de la pintura o incluso con la escritura caligráfica, se pone todo el énfasis en la expresión visual, cuando se escribe con palabras no reconocibles. Un lenguaje inventado y sin sentido, tal y como hizo Luigi Serafini con el conocido Codex Seraphinianus (1981), un libro enciclopédico escrito completamente en una lengua inventada y asémica, es decir, sin significación. En cierto modo es la forma más parecida a la música sin palabras que sentimos sin ninguna voluntad de entender, tal y como ocurre con los mantras musicales de Éliane Radigue. Cuando el sonido nos llega a las orejas y al mismo tiempo miramos una pintura, los sentidos, la percepción toda se ponen en marcha y damos entrada al cuerpo como plataforma de recepción. Cuando la mente intelectual se desactiva y actúan otros mecanismos, nos ponemos en sintonía asiática. No se da ninguna significación, no entendemos nada, pero sí existe la emoción estética a través de la piel y de los sentidos.
Digo que esta muestra es una buena ocasión de reivindicar un arte del trazo y la pintura sin aparente significado. Cuando vemos las manchas vaporosas de tinta de Coranti Candi (1975, Bélgica), con obras de abstracción atmosférica, de grises, negros, marrones oscuros y toques ocres, niebla, humo o cenizas sobre un amplio fondo blanco, no vemos más que una obra construida mediante manchas, pigmento sobre papeles chinos y japoneses.

Sabemos que no nos quiere decir más que lo que vemos. La significación se convierte en un estado contemplativo, una especie de visión indescifrable, un nuevo paisaje interior. No hay significados claros, pero sabemos detectar que estamos delante de una pintura que nos habla de otra forma. Cierta calidad contemplativa, como exige la tradición oriental, donde el vacío tiene tanta importancia como la materia, una inevitable dualidad entre caos y orden, la dialéctica esencial. Éste es el significado.
Dahoo (Vietnam, 1966). Cuando en lugar de las manchas vaporosas encontramos micrografías de pintura que cubren toda o parte de la superficie, como hace Danhoo, las obras despliegan un lenguaje pictórico dinámico inspirado precisamente en esta caligrafía abstracta que no quiere significar nada, pero esta vez con el color. Las composiciones están atravesadas por el movimiento y la profundidad, en donde la energía surge del ritmo del gesto. Tal y como Pollock lanzaba la pintura sobre la tela para hacer sus “drippings”, aquí es lanzada, goteada o extendida de forma microgestual. Los colores violetas, azules eléctricos, verdes, ocres, rosas, naranjas y negras se superponen en múltiples capas. Numerosas gotas, chorreos y salpicaduras blancas recorren el lienzo como destellos de luz. En este caso, la energía esencial del Qi se manifiesta inevitablemente transformada en energía visual, un jardín indómito, vital, orgánico y abstracto. Es inevitable no asociar estas obras a la noción de misterio y complejidad.
Quiero subrayar que este pintor, aunque está bien legitimado para escribir caracteres chinos tradicionales como amor, felicidad o sueño y deformarlos, lo que hace es ocultarlos, deconstruye haciendo pintura. En su lugar coloca la pintura emocional, el ritmo a través de un gesto, ocultándolos entre capas de materia y color.
Su Jing (1994 en Wuhai, China) es la participante más interdisciplinaria y conceptualista de los cuatro, puesto que trabaja también con vídeo e instalaciones. Pero lo que aquí vemos son sus “Derivas vegetales” (2026); entre la figuración expresiva y la abstracción lírica pinta hojas sobre papel Xuan. La pintura y el color son los dominantes. Desde la gran masa de pinceladas azules, formas florales violetas, tallos y brotes rojos emergen verticalmente desde el fondo, como si la imagen estuviera en proceso de crecimiento o transformación. Su Jing explora las nociones de identidad, memoria, raíces y transformación. Aquí también los rojos y naranjas actúan como acentos energéticos con trazos rápidos y espontáneos. Energía o qi es la palabra clave en toda mi crónica.
Por último, el ya mencionado Gerardo D. Cristante (Buenos Aires, Argentina, 1979) es el mejor ejemplo para remachar el clave del tema del arte sin significado que define esta exposición. El pintor realiza unas obras en blanco y negro, y todos los matices de grises amarronados que le da la tinta medieval, que sirvió para atacar la palabra, el carácter, el “kanji” más conocido de la tradición zen: MU. Gerardo D. Cristante propone una reinterpretación personal, muy subjetiva, del shodō, el camino de la escritura japonesa, tal y como ha hecho Paloma Fadón, autora de Los Delirios del trazo en la ruta de la seda (Libros de Aldarán, 2026).
Estas obras no necesitan la tradición caligráfica, se sitúan directamente en el territorio de la abstracción gestual monocromática del arte contemporáneo. Aquí no existe dependencia del color, sino de la textura, el movimiento y la huella del gesto. La composición está construida casi exclusivamente con una gama de tintos, grises, sepias y blancos. Salpicaduras, goteos y pequeñas fracturas visuales aparecen dispersas, como rastros de una acción rápida y física. El amplio espacio blanco que acompaña a las formas actúa como campo de silencio, a pesar del ruido del gesto. El resultado conserva la memoria de cada gesto; no esconde cómo fue realizada, sino que convierte el proceso mismo en protagonista.
Gerardo Tristante, como pintor, a diferencia de sus compañeros, parece no esconder la significación en su obra. Digo parece ser porque ha querido utilizar una palabra muy conocida en la tradición filosófica del budismo zen y de la caligrafía oriental que tiene un gran significado: MU. Ha sido muy bien escogida porque, paradójicamente, este carácter sinojaponés es una negación aniquiladora del sentido de las cosas, un emblema de la renuncia a la significación lógica del lenguaje. Es una alegoría a la nada, a la negación. Podemos leerla, saber lo que nos dice, pero lo que nos dice es una negación del sentido y de toda interpretación. Lo niega todo, renuncia a todo, no significa nada, desvirtúa toda posible comprensión. Es una palabra que emparenta con la pintura abstracta de sus compañeros de exposición, que no pretenden significar nada y lo dicen TODO.