"Al final, por encima de todo, se trata de dejar una marca de que he vivido: he estado aquí. He pasado hambre. He sido derrotado. He sido feliz. He sido desdichado. He estado enamorado. He tenido miedo. He tenido esperanza. He tenido ideas y buenas intenciones y por eso he hecho obras de arte", Felix Gonzalez-Torres.
El eco de una ausencia puede llenar una sala entera. También puede hacerlo un puñado de caramelos azul cristalino, una cortina de cuentas que obliga al visitante a atravesarla o una montaña de folios destinados a desaparecer lentamente en manos del público. La exposición Dulce venganza, dedicada a Felix Gonzalez-Torres en el Museo Reina Sofía, convierte esa fragilidad en una poderosa forma de resistencia estética y política.
La muestra supone la primera gran presentación en Madrid de la obra del artista, fallecido en 1996, cuya práctica sigue resultando incómodamente actual. Su trabajo, desarrollado durante los años más duros de la crisis del sida y en un contexto estadounidense dominado por el conservadurismo político, articuló un lenguaje visual deliberadamente inestable, íntimo y participativo. Un arte donde el espectador no contempla únicamente la obra: la transforma.
Madrid ocupa un lugar decisivo —y emocionalmente complejo— en la biografía de Gonzalez-Torres. En 1971 llegó a la capital junto a su hermana Gloria como parte de un programa que trasladaba menores fuera de Cuba. Durante un breve periodo fueron internados en un orfanato antes de ser enviados a Puerto Rico con familiares. “Nos enviaron, como quien despacha un paquete”, recordaría años después el artista. Aquella experiencia de desarraigo marcaría profundamente una obra atravesada por la pérdida, el desplazamiento y la identidad.
Dos décadas más tarde regresó a Madrid para participar en una exposición colectiva. Allí presentó por primera vez Sin título (Venganza), una instalación compuesta por caramelos azul translúcido. Al recordar aquel retorno escribió una frase que hoy da nombre a la retrospectiva: “He vuelto a Madrid después de casi veinte años: dulce venganza”.
La exposición recupera ahora aquella pieza como eje simbólico de todo el recorrido. Más que un título, “dulce venganza” funciona como método de lectura para entender la obra de Gonzalez-Torres: una práctica construida sobre tensiones aparentemente irreconciliables. Belleza y dolor. Intimidad y política. Permanencia y desaparición. Control y libertad.
En sus célebres montones de caramelos y pilas de papel, el público puede llevarse fragmentos de la obra, alterando constantemente su forma original. Las piezas están concebidas para reponerse indefinidamente, convirtiendo el desgaste, la pérdida y la participación en parte esencial de su significado. Lo mismo sucede con sus cortinas de cuentas, sus guirnaldas luminosas o sus vallas publicitarias: estructuras abiertas a la contingencia, al cambio y a la reinterpretación.
La refinada economía estética de Gonzalez-Torres esconde, además, un sofisticado sistema de referencias emocionales y políticas. Muchos de sus títulos incorporan palabras entre paréntesis —“venganza”, “sangre”, “amantes”, “muerte”— que desplazan el sentido de las obras hacia territorios ambiguos y profundamente humanos. Lo explícito rara vez aparece en la imagen; sucede más bien en la experiencia emocional del espectador.
La comisaria Nancy Spector recuerda que el artista decidió eliminar las tildes de sus apellidos y unirlos mediante un guion porque deseaba ser percibido como “plenamente estadounidense”, evitando quedar reducido a categorías identitarias como “artista cubano”, “artista homosexual” o “activista”. Esa negativa al encasillamiento atraviesa toda su producción: una obra que rehúye definiciones cerradas y se resiste a fijar una única lectura.
Entre las piezas más impactantes de la muestra destacan las cortinas de cuentas de cristal que los visitantes deben atravesar físicamente. Algunas reproducen datos biomédicos vinculados al cuerpo y la enfermedad, funcionando simultáneamente como umbral, barrera y experiencia sensorial. Cruzarlas implica ingresar en otro estado: físico, emocional y político.
La exposición coincide además con una fecha simbólica para el propio museo. Hace exactamente cuarenta años, el 26 de mayo de 1986, el entonces Centro de Arte Reina Sofía fue inaugurado oficialmente por la reina Sofía junto al ministro de Cultura Javier Solana. Dos días después abrió sus puertas al público. El director del museo, Manuel Segade, subrayó durante la presentación de la muestra la carga metafórica de las nuevas ventanas abiertas en las salas de exposición, deseando que permanezcan abiertas “por muchos años”.