Hay exposiciones que comienzan mucho antes de que se enciendan los focos. Y hay otras —como la de ayer en el Teatre Romea— que, precisamente, deciden contarlo.
Cuadros para una exposición , inspirada en el recorrido sugerido por Modesto Mússorgsky, no proponía tanto mirar cuadros como entender todo lo que los sostiene. Una inmersión en este complejo engranaje que va del comisariado al diseño, de la logística a la comunicación, del mercado al espacio. Todo lo que no se ve -y que, sin embargo, lo hace posible.
El acto, presentado por Fèlix Riera, director de la Fundación Romea, dio paso a continuación a Llucià Homs —consultor cultural, comisario de exposiciones, arte advisor y analista del mercado del arte—, que desde el escenario fue desgranando, una a una, varias cuestiones a los invitados, entrando de lleno en el núcleo de cada profesión.
Desde mi práctica como comisaria, intenté explicar hasta qué punto una exposición no sólo es una suma de obras, sino una construcción de sentido: una serie de decisiones —a menudo invisibles— que acaban definiendo la mirada.
Mientras, en el escenario había una presencia silenciosa. Como si formara parte del espíritu de la exposición Reversos celebrada en el Museo del Prado, donde se ponía el foco en la parte posterior de los cuadros, la obra de Julio Vaquero mostraba tan sólo su reverso: la parte oculta, la piel trasera, ese lado que normalmente queda condenado al anonimato del muro. Durante el acto, la pintura permaneció suspendida, como un recordatorio discreto que nos habla en voz baja y nos recuerda que siempre hay otra cara de las cosas.
Vaquero fue el último en salir a escena, porque, estará de acuerdo conmigo, es sin duda el protagonista principal de esta función. Sólo entonces, una vez finalizada la ronda de diálogos, la prenda quedó al descubierto. Lentamente, sobre una plataforma con ruedas, el cuadro se mostró con un gesto que tenía algo de una revelación contenida.
Después de haber hablado de comisariado, diseño, seguros o comunicación, aquella pintura aparecía cargada de una densidad nueva. Ya no era sólo una obra, sino el punto de convergencia de todo lo que se había ido explicando.
Vaquero puso palabras a una intuición que había atravesado la sesión: que el trabajo del artista es, en esencia, solitario. Y qué, al mismo tiempo, se encuentra cada vez más condicionado. Sin grandilocuencia, pero con una claridad contundente, apuntó cómo la función del creador a menudo se ve desplazada, sometida a dinámicas que tienen más que ver con estructuras de poder, con el mercado o con expectativas externas que con la propia creación. Después de una hora hablando de todo lo que hace posible una exposición, ese recordatorio actuaba casi como un contrapunto necesario.
Porque sí: una exposición es un sistema complejo, colectivo, lleno de estratos. Tal y como se fue desplegando con las intervenciones de Anna Alcubierre, Cristina Salvador, Rafael de la Hera y Carles Taché.
Pero antes de todo esto —ya pesar de todo esto— hay alguien solo frente a una obra.
Y quizás era eso, en el fondo, lo que Cuadros para una exposición conseguía hacer visible: no sólo los mecanismos que hay detrás de los cuadros, sino también esa parte oculta, menos visible, en la que empieza todo.