Durante los años veinte, mientras Salvador Dalí se hacía un hueco hasta convertirse en uno de los personajes más respetados del movimiento surrealista, Federico García Lorca escribía Oda a Salvador Dalí (1926). De aquella época de complicidades y tensiones a la inmortalidad artística, la figura del pintor no ha dejado de suscitar interpretaciones. Un siglo después, Dalí vuelve a ser protagonista. El 20 de octubre, el Museo Thyssen de Madrid inaugura la exposición El universo freudiano de Dalí, comisariada por Jaime Brihuega, quien ya ha navegado en otras ocasiones por la relación obsesiva entre el pintor y el psicoanalista.
A simple vista, podría parecer que, en tiempos como los actuales, Dalí y Freud vuelven a interpelarnos. En un momento en que la construcción de lo masculino se somete a revisión, recuperar precisamente a dos personalidades que articularon buena parte de sus respectivos universos mediante la disección del deseo, la represión y el trauma no resulta casual. Aun así, la retrospectiva que presenta el Thyssen adquiere especial interés porque aborda la obra de Dalí desde una perspectiva freudiana quizá nunca antes explorada con tanta vehemencia. Una conexión que, pese a resultar evidente, sigue siendo imprescindible para comprender las claves de su imaginario.

Salvador Dalí, El destete del mueble-alimento, 1934, Colección de The Dalí Museum, San Petersburgo, Florida (EE.UU.); Donación de A. Reynolds y Eleanor Morse © Salvador Dalí, Fundación Gala-Salvador Dalí, VEGAP, Madrid.
Jaime Brihuega construye un recorrido cronológico que permite al público reconocer las experiencias dolorosas del artista e interpretarlas más allá de su función como material visual. Aunque la exposición avanza de manera secuencial, su propósito no consiste únicamente en ordenar las obras por etapas, sino en señalar los momentos decisivos de la vida del pintor y mostrar cómo este los reelabora mediante el dominio de su propio subconsciente, hasta convertirlos en materia prima de sus creaciones. La biografía deja así de ser un simple contexto para convertirse en una herramienta de lectura de las imágenes.
Desde la idea de ser la reencarnación de su hermano Salvador, muerto prematuramente, hasta su encuentro con Freud en 1938, cuando el psicoanalista lo describió como poco más que un joven artista español, pese a su escasa capacidad visionaria para anticipar su trascendencia, la exposición despliega las distintas dimensiones de la relación entre ambos. El trabajo de Dalí alrededor de sus propios traumas permite cargar sus pinturas de una simbología reconocible, como sucede en Los deseos insatisfechos (1928), donde aflora la frustración sexual, o en El gran paranoico (1936), obra vinculada al desarrollo del método paranoico-crítico que marcaría su trayectoria.

Salvador Dalí, Composición con tres figuras. Academia neocubista, 1926, Museu de Montserrat, donación Josefina Cusí, 1999 © Museu de Montserrat © Salvador Dalí, Fundació Gala-Salvador Dalí, VEGAP, Madrid, 2026.
La elección de un orden cronológico facilita la comprensión de unas obras cuya complejidad nace precisamente de la superposición de experiencias biográficas, asociaciones simbólicas y mecanismos inconscientes. Es aquí donde la exposición gana fuerza. Brihuega encuentra la manera de reconstruir una historia conocida con una precisión meticulosa, de modo que el espectador avanza simultáneamente en el conocimiento de Dalí y en la comprensión de las teorías freudianas. El relato expositivo no reduce las imágenes a la ilustración de un diagnóstico psicológico, sino que establece un diálogo entre la experiencia personal del artista y su capacidad para transformarla en lenguaje plástico.
Sin perder de vista la interpretación freudiana, las obras revelan otras obsesiones de Dalí, entre ellas sus relaciones con Luis Buñuel y Federico García Lorca, así como su interés por los dibujos de tejido neuronal de Santiago Ramón y Cajal. Estas referencias evidencian tanto el conocimiento anatómico del pintor como su capacidad para establecer convergencias entre la investigación científica y las imágenes surrealistas. En obras como Cenicitas (1927-1928), vinculada a la exploración de lo corporal y lo fragmentario, el imaginario daliniano parece encontrar un territorio en el que la materia orgánica, la percepción y el inconsciente se confunden. También Los esfuerzos estériles participa de ese universo en el que el cuerpo y sus representaciones se convierten en escenarios de inquietud.

Salvador Dalí, Los primeros días de la primavera, 1929, The Dalí Museum, St. Petersburg, Florida, donación de A. Reynolds y Eleanor Morse, 2000.21 © The Dalí Museum, St. Petersburg, Florida/ Photo: Oriol Tarridas, 2024 © Salvador Dalí, Fundació Gala-Salvador Dalí VEGAP, Madrid, 2026.
La investigación de Brihuega es tan minuciosa y acompasada que casi parece un ejercicio de mediación artística que permite acercarse a Dalí desde la lógica con la que el propio pintor habría querido que se interpretara su obra. La elección del telón de Tristán enloquecido (1944) para recibir y despedir al público refuerza esa estructura circular, hecha de retornos, contradicciones y resonancias, y plantea una pregunta inevitable: ¿sería Dalí el artista que conocemos hoy si nunca hubiera leído a Sigmund Freud?
En todo caso, esta oda expositiva demuestra que el héroe intelectual que Freud representó para Dalí terminó contribuyendo a la construcción de una figura artística irrepetible, influyente e insustituible. La exposición del Thyssen no solo recupera una relación decisiva para comprender el surrealismo, sino que también invita a reconsiderar hasta qué punto el arte puede convertir las zonas más oscuras de la experiencia humana en imágenes capaces de sobrevivir a su tiempo. En ese tránsito entre el trauma y la representación, entre el deseo y su escenificación, Dalí sigue encontrando nuevas formas de interpelar a la sociedad contemporánea.