Hay una memoria que no se escribe en los libros ni se conserva necesariamente en los museos. Es la que se acumula sobre las superficies, se infiltra en los rincones y se desprende lentamente de los objetos. Una memoria hecha de partículas, casi imperceptibles, que circulan de un sitio a otro y que, a pesar de su fragilidad, contienen fragmentos de la historia de los espacios que habitamos. En Polsimarium , Mireia C. Saladrigues toma esta materia discreta como punto de partida para construir un inventario material de Tarragona.
Durante los últimos meses, el artista ha recorrido diferentes lugares de la ciudad para recoger su polvo y observar qué puede revelar cada muestra sobre su origen. Una pastelería del centro histórico, un yacimiento arqueológico, una obra textil vinculada a la historia local, un sarcófago romano, una lápida funeraria dedicada a un auriga o la cantera del Mèdol forman parte de este itinerario. Son lugares y objetos de diversa naturaleza, separados por sus funciones y cronologías, pero unidos por una misma condición: todos acumulan las huellas del tiempo y de los procesos que los transforman.

El polvo es el resultado de una multitud de acciones. Puede surgir de excavar, cortar, pulir, construir, restaurar o limpiar, pero también del continuo desgaste que provoca el paso de los años. Las partículas se desprenden de las superficies, se desplazan, se mezclan con otros materiales y se acaban depositando en espacios distintos a los que se han originado. En este tráfico, las fronteras entre los materiales se difuminan y la procedencia de cada fragmento resulta cada vez más difícil de determinar.
¿Qué conserva el polvo del lugar de donde proviene? Ésta es una de las preguntas que atraviesan el proyecto. En una misma muestra pueden coexistir restos minerales, trazas de la actividad humana, contaminantes, células de piel o esporas orgánicas. Su composición se convierte así en una especie de registro involuntario de la vida de los espacios, una capa que se renueva constantemente mientras la ciudad se transforma.
La búsqueda de Saladrigues conecta con una práctica artística que desde hace tiempo investiga los procesos de transformación de la materia, especialmente a través del mármol, sus fragmentos y fenómenos como la erosión, el desgaste o la decohesión. En Polsimarium , esta exploración amplía la escalera y traslada la atención del objeto individual al territorio. El polvo deja de ser un residuo insignificante para adquirir la condición de testigo material, capaz de establecer relaciones entre épocas, actividades y formas de vida.

Las muestras recogidas se conservan en recipientes de vidrio elaborados artesanalmente e identificados según su lugar de procedencia. Algunos de estos jarrones descansan sobre estructuras de hierro forjado a mano. La disposición conjunta configura un archivo singular en el que cada recipiente preserva una pequeña porción de ciudad. Sin embargo, no se trata de un inventario monumental ni de una clasificación exhaustiva del patrimonio tarraconense, sino de una aproximación que parte de lo que habitualmente pasa desapercibido. La ciudad aparece fragmentada, contenida en pequeñas cantidades de materia que invitan a reconsiderar qué entendemos por rastro, documento y memoria.
La exposición toma una dimensión particular en los dos espacios que la acogen: el Salón de Baile de Casa Canals y la bóveda del Sarcófago de Hipólito, vinculados a diferentes capítulos de la historia de Tarragona. En estos escenarios, las muestras de polvo entran en relación a arquitecturas y objetos que también han experimentado procesos de transformación, erosión y pérdida. El contexto no funciona únicamente como contenedor de las obras, sino que participa en la misma reflexión material que articula el proyecto.
Esta relación se hace especialmente elocuente junto al sarcófago romano. Las cabezas esbozadas de algunas de las figuras esculpidas evidencian una ausencia, la desaparición de una parte del objeto a lo largo de los siglos. Ante estas mutilaciones, la propuesta de Saladrigues abre una sugerente posibilidad: que una parte de la materia perdida continúe dispersa por la ciudad, desplazada y transformada hasta integrarse en otros sedimentos. Quizá, incluso, entre las partículas reunidas en Polsimarium .
Esta hipótesis no busca reconstruir lo desaparecido, sino hacer visible la continuidad material que une los objetos con su entorno. Lo que se pierde de un sitio no necesariamente desaparece del mundo; puede cambiar de forma, mezclarse con otros restos e iniciar una nueva trayectoria. En esta circulación silenciosa, el polvo se convierte en una metáfora de la memoria, pero también una materia concreta que cuestiona la separación entre patrimonio y residuo, entre lo que se conserva y lo que se desvanece.