Hay artistas que dibujan una época y otros que consiguen que una época se reconozca en sus imágenes. José Guadalupe Posada pertenece a los segundos. Sus grabados atraviesan el México de finales del siglo XIX y comienzos del XX como una mirada que no deja escapar nada: la fiesta y la tragedia, la devoción y el espectáculo, la catástrofe, la música, la calle y los pequeños acontecimientos de la vida cotidiana. Convertidas con el tiempo en parte del imaginario colectivo, muchas de sus imágenes han acabado ocultando la amplitud de una obra mucho más compleja. Posada, cartografía de un cronista, en el Museo Nacional de la Estampa (MUNAE), propone volver sobre esa mirada para descubrir al artista que hizo de su tiempo un vasto territorio de imágenes.
Organizada por la Secretaría de Cultura del Gobierno de México y el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL), la exposición reúne una selección de piezas que permite recorrer los diferentes territorios de la producción del artista. Devociones religiosas, entretenimientos, noticias, desastres naturales, música y escenas de la vida cotidiana conviven en un recorrido que muestra su extraordinaria capacidad para observar y representar aquello que sucedía a su alrededor.

Entre las obras menos conocidas destacan cuatro litografías realizadas en 1876: La adoración de los magos, El sepulcro de las rosas, La huida a Egipto y La Virgen en su infancia. Estas piezas permiten aproxi
marse a una etapa temprana de su trayectoria, desarrollada en Aguascalientes antes de su traslado a Ciudad de México, y revelan un momento de formación en el que ya se manifiesta su interés por la imagen como instrumento de narración.
Esa dimensión narrativa atraviesa buena parte de su producción. Posada podía pasar de la celebración al desastre y del entretenimiento a la noticia con una misma capacidad para condensar en una imagen la atención de un público ávido de información y relatos. Himno nacional mexicano, La inundación de León, El gran descarrilamiento, El terrible terremoto y Triste y divertido desprendimiento del reloj de Catedral muestran diferentes registros de una obra profundamente vinculada a la actualidad de su época. Junto a ellas aparecen estampas relacionadas con corridos y canciones, que amplían todavía más el territorio de una producción estrechamente ligada a la cultura popular.
La variedad temática encuentra su correspondencia en la diversidad de procedimientos utilizados por el artista. La exposición reúne ejemplos de litografía, litografía a color, grabado sobre plomo y zincografía, una técnica basada en el empleo de una plancha de zinc como matriz que Posada desarrolló en Ciudad de México para ilustrar las publicaciones de Antonio Vanegas Arroyo. El trabajo con estas publicaciones fue decisivo para comprender tanto la circulación de sus imágenes como su capacidad para llegar a un público amplio.
En este contexto, la relación entre imagen y texto adquiere una importancia particular. Posada trabajó en un universo editorial en el que las estampas, las noticias, las canciones y los relatos compartían espacio y contribuían a construir una determinada forma de mirar el presente. Sus imágenes no eran únicamente ilustraciones de acontecimientos: participaban en la manera en que esos acontecimientos eran interpretados, comentados y recordados.
La música ocupa también un espacio significativo dentro de la exposición. Canciones, cancioneros y estampas permiten reconstruir una época en la que la imagen y la palabra convivían en numerosas publicaciones populares. Los materiales sonoros incorporados al recorrido amplían esta dimensión y recuperan parte del paisaje cultural en el que las obras de Posada adquirieron sentido.