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Exposiciones

Gonzalo Guzmán y el secreto que habita en la materia

INTUS explora el espacio interior de la forma a través de la escultura, la cueva y el vacío, en una exposición que recupera las arquitecturas primigenias como espacios de percepción y memoria.

Gonzalo Guzmán y el secreto que habita en la materia
bonart barcelona - 09/09/26
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SENDA presenta INTUS , una exposición individual de Gonzalo Guzmán que podrá visitarse del 15 de septiembre al 7 de noviembre de 2026. La muestra da continuidad a la investigación escultórica que el artista ha desarrollado durante años en torno a las arquitecturas primigenias —menhires, estelas y otro tipo de contenido—: que, habitualmente, permanece fuera de la mirada.

El título de la exposición proviene del latín intus , «dentro», «por dentro» o «hacia el interior». Esta idea articula todo el proyecto y plantea una inversión de la mirada: ya no se trata sólo de observar la forma exterior de una escultura, sino de interrogar lo que esta superficie delimita y esconde. El interior deja de ser un espacio secundario para ocupar el centro de investigación de Guzmán.

El proceso de trabajo del artista parte de dos láminas de acero soldadas entre sí que son sometidas a la presión del agua. La fuerza ejercida sobre el metal hace que las superficies se expandan hasta generar un volumen que no ha sido moldeado previamente. Guzmán determina las condiciones iniciales del proceso, pero deja que las fuerzas físicas intervengan en la configuración definitiva de la prenda. La forma aparece así como el resultado de una tensión entre control e imprevisibilidad.

La superficie metálica conserva las marcas de este proceso y actúa como un registro de lo sucedido en su interior. Las esculturas no son sólo formas terminadas, sino también testigos de una transformación física en la que la materia mantiene las huellas de las fuerzas que le han afectado. Lo que se ve en el exterior remite constantemente a lo ocurrido en el interior.

Esta misma operación se encuentra en las obras de la serie INTUS , realizadas en yeso y mármol. Las piezas parten de las cavidades generadas en las pieles metálicas mediante el proceso de hydroforming . Una vez conformadas, estas cavidades se llenan y posteriormente se abren para extraer su volumen contenido. El resultado no reproduce la apariencia exterior de la superficie, sino el espacio negativo que ésta había delimitado.

El vacío, de esta forma, adquiere presencia física. Lo que antes sólo existía como una cavidad pasa a tener cuerpo y consistencia escultórica, pero mantiene las trazas del contacto con la superficie que le rodeaba. Guzmán altera así la relación convencional entre vacío y materia y sitúa en primer plano una forma que, hasta entonces, sólo podía existir de forma latente.

La pieza central de la exposición profundiza en esta cuestión. Se trata de una cueva construida con una fina membrana de acero inoxidable pulido, lo suficientemente grande para que el público pueda adentrarse en ella. La cueva aparece aquí como una de las primeras arquitecturas humanas, pero también como un espacio originario de la representación y construcción de imágenes del mundo.

En las cavidades prehistóricas, las formas de la roca, los relieves y las sombras de las paredes participaban en la aparición de animales y figuras. La imagen nacía de la relación entre la superficie y la imaginación, entre la materia y la percepción. Aquellos espacios estaban vinculados a una forma de relacionarse con una realidad marcada por la naturaleza, el tiempo, la muerte y la supervivencia.

Guzmán recupera esa dimensión desde una paradoja material. Su cueva no está excavada en la roca, sino construida con una fina piel de acero inoxidable. «La montaña ha desaparecido. La cueva queda reducida a su límite», afirma el artista. Allí donde esperaríamos encontrar masa, peso y grosor, sólo queda una superficie reflectante que delimita un interior y un exterior.

Los reflejos del acero incorporan la arquitectura, luz y cuerpos de los visitantes. Las imágenes se fragmentan y se deforman entre los pliegues de la superficie, de modo que quien entra en la cueva deja de situarse frente a la obra para pasar a formar parte de ella. La percepción se modifica en cada movimiento y el espacio se convierte en una imagen siempre cambiante.

El visitante, la luz y la arquitectura participan de una misma escena en continua transformación. La desaparición de la montaña deja al descubierto otra forma de entender el espacio, basada no en la masa que le rodea, sino en el límite que permite reconocerlo.

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