Hay algo radicalmente contemporáneo en un dibujo. Antes incluso de convertirse en obra, antes de adquirir un discurso, una técnica o un lugar en la historia del arte, el dibujo es un gesto. Una línea que aparece sobre el papel, una corrección, una interrupción, una mancha. Una forma de pensar con la mano. Dibujar la modernidad (1864-1968) parte precisamente de esa condición esencial para reivindicar un territorio que durante mucho tiempo quedó relegado frente a la pintura y la escultura.
La exposición, presentada en San Telmo Museoa hasta el 27 de septiembre de 2026, reúne alrededor de 160 obras procedentes de las colecciones de Fundación MAPFRE y del propio museo donostiarra. El resultado no es únicamente un recorrido cronológico, sino una aproximación a la evolución de la mirada moderna a través de una disciplina que permite observar, quizá mejor que ninguna otra, el proceso de construcción de una imagen.
El dibujo posee una cualidad que lo diferencia de otras formas artísticas: su proximidad al pensamiento. Es inmediato, vulnerable y, en muchos casos, todavía conserva las dudas de quien lo realiza. Frente a la obra acabada, el papel puede mostrar el tanteo, el error, la búsqueda o incluso el abandono. De ahí que contemplar estos dibujos tenga algo de acto de intimidad: el espectador se aproxima no solo a lo que el artista quiso representar, sino también a la manera en que trató de encontrarlo.
Del estudio al espacio de la obra
Durante buena parte de la historia del arte, el dibujo fue entendido fundamentalmente como preparación. Un territorio auxiliar destinado a construir una pintura, estudiar una composición o ensayar una figura. Pero esa consideración comienza a transformarse radicalmente a finales del siglo XIX, cuando numerosos artistas empiezan a conceder al papel una autonomía que hasta entonces no siempre había tenido.
La exposición permite seguir ese desplazamiento. El dibujo deja progresivamente de ser un simple instrumento para convertirse en un espacio de experimentación. La línea ya no tiene necesariamente que conducir hacia otra obra: puede ser la obra.
En ese cambio reside una de las principales claves de Dibujar la modernidad. La modernidad artística no aparece únicamente en los grandes manifiestos, en las rupturas estilísticas o en las nuevas formas de representación. También se encuentra en la manera en que un artista modifica su relación con el papel. En cómo observa, sintetiza, deforma o elimina.
Las obras de Mariano Fortuny, Joaquín Sorolla, Juan Gris, Maruja Mallo y Pablo Picasso, entre otros nombres vinculados a la colección de Fundación MAPFRE, permiten seguir ese proceso. Junto a ellos aparecen figuras esenciales de la modernidad internacional como Edgar Degas, Auguste Rodin o Egon Schiele, artistas para quienes el dibujo fue mucho más que un ejercicio preparatorio.
En Degas, la línea puede capturar el movimiento con una precisión casi instantánea. En Rodin, el cuerpo se deshace y vuelve a construirse mediante trazos que parecen buscar antes la energía que el contorno. En Schiele, la línea adquiere una tensión casi física, capaz de convertir el cuerpo en una expresión psicológica. Son aproximaciones muy distintas, pero comparten una misma voluntad: hacer del dibujo un lenguaje autónomo.
Una modernidad también vasca
El diálogo se amplía con una selección de obras procedentes de la colección de San Telmo Museoa. Entre ellas encontramos nombres fundamentales para comprender la evolución del arte vasco y su relación con las corrientes de la modernidad, como Ignacio Zuloaga, José María Sert, Joaquín Sorolla, Aurelio Arteta, Nicolás Lekuona, María Paz Jiménez o Mari Puri Herrero.
Esta segunda colección evita que la exposición se convierta en una simple sucesión de grandes nombres internacionales y permite introducir otras miradas, otros contextos y otras formas de entender la transformación artística. La modernidad, en este sentido, no aparece como un fenómeno exclusivamente parisino ni como una historia escrita únicamente desde los grandes centros artísticos europeos.

Juan Barrade, Zingaras, 1917 (Fundación Mapfre).
El diálogo entre ambas colecciones constituye uno de los aspectos más interesantes de la propuesta. Frente a los nombres ampliamente canonizados, aparecen trabajos menos conocidos que reclaman una atención distinta. Algunos destacan por su virtuosismo técnico; otros, por su capacidad documental; otros simplemente porque revelan una sensibilidad que merece ser recuperada.
Es precisamente ahí donde la exposición adquiere una dimensión crítica: no se limita a presentar una colección de dibujos, sino que invita a preguntarnos qué obras hemos aprendido a considerar centrales y cuáles han quedado históricamente en un segundo plano.
La fragilidad como valor
Existe, además, una paradoja en el centro de esta exposición. El dibujo es posiblemente una de las formas más desnudas de expresión artística y, al mismo tiempo, una de las más difíciles de conservar.
El papel es sensible a la luz, a la humedad, a la manipulación y al paso del tiempo. Su fragilidad obliga a limitar las condiciones de exposición y convierte cada presentación pública de estas obras en algo necesariamente excepcional. Allí donde una pintura puede imponerse visualmente sobre una sala, el dibujo exige otra actitud: una mirada más próxima, más lenta y concentrada.
Quizá por ello la experiencia frente a estas obras resulte particularmente silenciosa. No hay monumentalidad. Hay proximidad.
Y esa proximidad permite descubrir algo que a menudo desaparece cuando contemplamos las grandes obras de la historia del arte: la mano que está detrás de ellas.
La línea como testimonio de una época
El periodo comprendido entre 1864 y 1968 abarca una transformación extraordinaria de la cultura occidental. Industrialización, guerras, vanguardias, cambios sociales, nuevas concepciones del cuerpo y de la identidad. El arte dejó de intentar únicamente representar el mundo para comenzar también a cuestionarlo.
El dibujo acompañó ese proceso de manera especialmente sensible.
La línea académica fue perdiendo rigidez. La perspectiva dejó de ser una obligación. El cuerpo comenzó a fragmentarse. La realidad podía reducirse a unos pocos trazos o desaparecer bajo una sucesión de gestos. Dibujar significaba cada vez menos copiar lo visible y cada vez más interpretar aquello que se veía.
En este sentido, Dibujar la modernidad propone una lectura especialmente sugerente de la historia del arte: observar las grandes transformaciones estéticas desde un soporte aparentemente pequeño. El papel se convierte así en un territorio donde puede observarse cómo cambia la mirada.
La exposición, comisariada por Leyre Bozal Chamorro, reivindica precisamente ese carácter esencial del dibujo. No como hermano menor de la pintura, sino como una práctica capaz de revelar procesos creativos, tensiones históricas y transformaciones de la sensibilidad.