En Hai un lugar, Alberto Ardid convierte los espacios del MARCO de Vigo en un escenario ambiguo, una realidad paralela muy cercana a la nuestra donde los objetos, los paisajes y las acciones cotidianas adquieren nuevos significados. La exposición plantea un recorrido entre la escultura y la instalación en torno a una tensión fundamental: la sensación de que el mal parece imponerse sobre el bien, pero donde todavía permanecen pequeños gestos capaces de abrir una puerta a la esperanza.
Comisariada por Miguel Fernández-Cid y Pilar Souto Soto, la propuesta reúne obras concebidas como capítulos de un relato fragmentado. Cada pieza funciona de manera autónoma, pero al mismo tiempo establece conexiones con las demás y con los espacios que ocupa. Ardid no construye una narración cerrada, sino un territorio de interpretación donde el visitante debe avanzar atento a las señales, los contrastes y las paradojas.
El artista transforma los patios del museo en espacios exteriores imaginarios. En uno de ellos, Lugar aborda la idea de la propiedad privada desde una perspectiva vinculada al territorio gallego. Formas de color, pinturas y moquetas dibujan parcelas ficticias delimitadas por marcos de piedra, creando una especie de paisaje construido que, poco a poco, revela sus tensiones internas. Lo que parecía una imagen ordenada del territorio comienza a hablar de límites, apropiaciones y conflictos entre lo privado y lo colectivo.

Alberto Ardid. Sutura, 2018, Foto: cortesía del artista.
Los muros del espacio también forman parte de esta narración: los cristales han sido sustituidos por fragmentos de cerámica de Sargadelos; las formas amarillas que delimitan los terrenos conviven con otras grises que parecen vigilarlas; un arco situado en un balcón cercano adquiere una presencia inquietante. La escena se transforma así en una reflexión sobre la manera en que los espacios comunes son ocupados y condicionados.
La exposición continúa con una serie de situaciones donde lo cotidiano aparece desplazado. Elementos relacionados con la educación, la alimentación, la energía o el ocio se incorporan al recorrido para mostrar cómo incluso los aspectos más básicos de la vida pueden quedar atravesados por sistemas de control y consumo. Unos encerados convertidos en dianas, unas pinturas envasadas al vacío como si fueran alimentos frescos o una vela encendida que desafía la alarma contra incendios introducen una mezcla de ironía, extrañeza y crítica.
En las salas del MARCO surgen nuevos juegos de asociaciones: nidos de bronce que remiten a las avispas asiáticas, polvo del COVID convertido en reliquia o pinturas presentadas como productos industriales seriados. Ardid trabaja con la transformación del significado, con esa capacidad de los objetos para dejar de ser lo que parecen y convertirse en símbolos de una realidad más compleja.
El segundo patio propone inicialmente una imagen reconocible: un palleiro, referencias al paisaje rural y una evocación del sol y del universo. Pero esa apariencia tranquila pronto se altera. El paisaje se convierte en pancarta, el palleiro adquiere una dimensión política y la escena idílica deja paso a un espacio de debate sobre nuestro vínculo con el entorno.

Alberto Ardid. Lugar, 2026. Instalación. Foto: cortesía del artista.
Junto a estas lecturas colectivas aparecen acciones más íntimas y poéticas: una tentación escondida en un cuarto de limpieza o una máquina que pide insistentemente al visitante que la desconecte. Pequeños relatos dentro de un relato mayor que mezclan humor, absurdo y reflexión.
La exposición introduce la posibilidad de reparar aquello que parece roto. Un árbol talado puede convertirse en un gesto ecológico si se trata de un eucalipto; materiales fragmentados encuentran nuevas formas de unión; un elemento industrial aparece transformado mediante referencias arquitectónicas clásicas. Entre residuos y restos emerge una idea persistente: la posibilidad de reconstrucción.
El recorrido culmina en el panóptico del museo, entendido como un cruce de caminos donde la ficción vuelve a encontrarse con la realidad. Los restos de un accidente y la presencia simbólica de un ramo de crisantemos introducen una dimensión emocional que habla de memoria, fragilidad y empatía.