La palmera, convertida durante décadas en emblema de paraísos turísticos, descanso y exotismo, aparece ahora bajo una nueva mirada: cansada, desplazada y cargada de memoria. Palmeras Cansadas, el proyecto artístico que presenta el Museo de Arte de El Salvador (MARTE) hasta marzo de 2027, propone una aproximación crítica al paisaje tropical entendiendo la palmera como testigo, metáfora y archivo vivo de las tensiones sociales, históricas y ambientales del mundo contemporáneo.
La exposición, concebida como un proyecto transnacional e itinerante, nació en Austria y posteriormente viajó a espacios internacionales como Le Cube en 2022 y Art Sonje Center en 2024. Su llegada al contexto salvadoreño adquiere una dimensión propia al reunir artistas internacionales y creadores locales en torno a una reflexión común: la manera en que la naturaleza tropical ha sido históricamente utilizada como imagen idealizada, mercancía turística o herramienta de representación que oculta conflictos de poder, procesos coloniales y crisis ecológicas.

Bajo esta perspectiva, las palmeras dejan de ser simples elementos del paisaje para convertirse en cuerpos afectados por la historia. Están agotadas por sostener imaginarios exóticos construidos desde fuera, por las consecuencias del cambio climático y por los procesos de explotación, desplazamiento y transformación territorial que han marcado numerosos espacios tropicales. La exposición establece así un diálogo entre la fragilidad vegetal y la fragilidad humana, conectando la fatiga de la naturaleza con problemáticas como la violencia estructural, la migración forzada, el desarraigo y la memoria histórica de El Salvador.
El recorrido reúne obras que abordan el territorio como un espacio donde conviven heridas y formas de resistencia. En este contexto, Carlos Cañas, con su obra Sumpul (1984), aporta una mirada histórica en la que el paisaje salvadoreño aparece como un archivo de dolor y memoria, recordando las marcas dejadas por la violencia política. La instalación Tropical sculptures: the possibility of impossibility, de Víctor Cruz y Hugo Portillo, utiliza materiales precarios como madera y hojas de banano para cuestionar la imagen del trópico como simple escenario decorativo destinado al consumo exterior, transformando elementos frágiles en vehículos de reflexión sobre identidad y territorio.

La relación entre naturaleza y desplazamiento está presente en los dibujos de Mauricio Esquivel, realizados con carbón a partir de hojas secas recogidas en Nueva York. Sus piezas convierten la vegetación en un sujeto migrante, una imagen de la ausencia y del exilio que habla de la pérdida del origen y de la dificultad del retorno. Por su parte, Katrin Ströbel, en «Île de Gorée», incorpora ventiladores que generan un viento artificial constante sobre sus dibujos, evocando la memoria colonial y la historia de la trata transatlántica a través de una palmera que se convierte en testigo silencioso de las heridas del pasado.
La crisis ambiental ocupa un papel fundamental en la propuesta de Marie Ouazzani y Nicolas Carrier, cuya videoinstalación Blessure corail explora las cicatrices provocadas por el cambio climático y la vulnerabilidad de los ecosistemas tropicales frente a la acción humana. En una línea más cercana a la empatía hacia lo vegetal, Edith Payerplantea una aproximación íntima al mundo de las plantas, otorgándoles una dimensión sensible que invita a pensar sobre la capacidad de la naturaleza para verse afectada por las transformaciones del entorno.

La exposición también aborda el cuerpo humano como otro territorio sometido a tensiones. La videoperformance I would’ve been a palm tree, de Mateja Bučar, muestra a una bailarina que reproduce con su cuerpo el movimiento de una palmera sometida al viento, estableciendo un paralelismo entre resistencia vegetal, vulnerabilidad física y fragilidad social. En sus piezas, Ronald Morán transforma materiales asociados al control y la vigilancia, como el alambre de púas, en estructuras vegetales complejas que cuestionan la frontera entre protección y encierro, entre seguridad y exclusión.
La mirada hacia el paisaje salvadoreño contemporáneo aparece en el trabajo fotográfico de German Hernández, que contrapone la belleza tradicionalmente asociada al trópico con escenas de deterioro urbano y precariedad cotidiana. Sus imágenes desmontan la postal turística para mostrar un territorio habitado por conflictos reales. En sus pinturas, Antonio Romero construye escenarios sombríos atravesados por intensas manchas de color que funcionan como señales de tensión y denuncia frente a las dinámicas de poder y violencia que afectan al paisaje.
Desde una perspectiva vinculada al cuerpo y la identidad, Gabriela Novoa relaciona las formas vegetales con la sensualidad y el cuerpo femenino, reivindicando la idea del cuerpo-territorio como espacio de autonomía y resistencia. Finalmente, Regula Dettwiler dirige su mirada hacia la apropiación comercial de la naturaleza mediante el estudio de plantas artificiales e industriales, cuestionando la sustitución del ecosistema vivo por simulacros estéticos y señalando los mecanismos del greenwashing contemporáneo.