Amposta y las Terres de l'Ebre acogieron la edición del 15 aniversario de Eufònic, el festival fundado y dirigido por Vicent Fibla que, ante la escalada de los avances tecnológicos, sigue defendiendo obras con un discurso crítico sólido y otorga al artista la importancia que se merece.
En el arte electrónico contemporáneo existe una tentación que cada vez más se ha convertido en la norma en lugar de la excepción: la de la obra de arte como una proeza técnica. Cuanto mayor es el despliegue tecnológico, mayor parece también la cantidad de personas necesarias para hacerlo posible. Establecer un gran número de acuerdos y colaboraciones con instituciones y empresas de todo tipo parece ser un éxito en sí mismo. El resultado, cada vez más a menudo, es una obra en la que la voz del artista se diluye entre tantos intermediarios. Y lo que se pierde en ese proceso no es un detalle menor: es precisamente la capacidad de la obra para incomodar, para posicionarse, para ofrecer una crítica social que exige algo del espectador más allá de la simple fascinación por el artefacto.

Performance Mandy Romero.
Ante esta deriva, Eufònic, el festival de artes sonoras, visuales y digital-performativas de las Terres de l'Ebre, ha cumplido quince años y lo hizo, paradójicamente, manteniéndose fiel al origen de la escena que le dio nombre. No en el origen cronológico del festival, sino en una forma de entender el arte electrónico anterior a su conversión en espectáculo de gran formato o entretenimiento multimedia: la de los primeros años de la experimentación sonora y digital, cuando la tecnología era todavía una herramienta de indagación artística y no un fin en sí misma. En Amposta, las obras que pudieron verse no buscaban la monumentalidad ni las producciones de alto coste; más bien pretendían que el discurso, la pregunta de que cada pieza fórmula, volviera a ser el centro de la atención.
El ejemplo más visible de esta vocación es en Lo Pati, una de sus sedes artísticas del festival, donde el artista canadiense Navid Navab ha presentado Organism + Excitable Chaos , una instalación que activa robóticamente un órgano centenario mediante un sistema mecánico que dialoga con un péndulo triple automatizado. El resultado es un organismo sonoro imprevisible, hecho de vibraciones, turbulencias acústicas y comportamientos que ni el propio artista puede controlar del todo. Navab trabaja, según ha explicado, en la frontera entre la alquimia de los medios y la composición antidisciplinaria: máquinas, materia y sonidos puestos a generar formas de comportamiento inestables, casi vivas. No hay aquí alarde tecnológico gratuito: hay un instrumento centenario, memoria material del territorio, puesto a hablar nuevamente, con una precariedad de control que es, en sí misma, una posición estética y ética. Y, además, Fibla se ha apuntado el gol de llevar a las Terres de l'Ebre la obra ganadora de Ars Electronica, el más destacado del arte digital mundial.

Organismo + Excitable Chaos de Navid Navab.
En el FabLab de Amposta, Oriol Parés estrena Esguard , pieza desarrollada gracias a la beca Reddis / New Art Foundation / Eufònic. Se trata de una instalación cinética en la que manipuladores robóticos sostienen fragmentos de espejo, generando una geometría de reflejos en transformación continua, cuya dimensión sonora nace del propio movimiento mecánico. No hay aquí ni gran presupuesto ni gran escala: hay una idea (a la que le falta bastante desarrollo, en mi opinión), la de la mirada como fragmento, como reflejo inestable, realizada con medios de taller, casi artesanales, hasta sus últimas y discutibles consecuencias formales.
Quizá sea precisamente en el FabLab donde se pudo ver una de las obras más evocadoras, fabuladoras y melancólicas. En un pequeño espacio de cristal, una modesta mesita de dormitorio con un ordenador de sobremesa nos transportaba en los años noventa y en la ya nostálgica era del net art . Allí, Memory Lane , de Maria Benbeniste y Jana Ramos, invitaba al espectador a emprender un viaje interactivo por las diferentes etapas de la vida a partir de una pregunta tan sencilla como persistente: ¿qué hacemos con nuestros recuerdos? La obra propone una experiencia inmersiva que combina videojuego e interfaz física para explorar la nostalgia y la forma en que el pasado sigue modelando nuestra relación con el presente.
Entre las citas performativas del aniversario, destaca el reencuentro del artista visual Alba G. Corral, vinculado al festival prácticamente desde sus inicios, con la pianista polaca YANA, en un nuevo espectáculo audiovisual que pone en diálogo la imagen generada en tiempo real de Corral con la interpretación pianística en directo de YANA. La propia existencia de esta performance audiovisual dice algo sobre el modelo de festival que sostiene Eufònic: comunidades artísticas que se construyen a lo largo de años, no colaboraciones de usar y echar contratadas para una sola edición faraónica. Mantener un festival durante quince años no es fácil y hacerlo desde la periferia, con una programación difusa en el territorio, es aún más difícil; por eso hay que alabar de corazón la elección de Vicent Fibla, también director del Médol de Tarragona, de no ir por lo fácil y anecdótico, sino apostar por el crudo, el duro, sin concesiones a modas instagrameables, como la performance por los derechos de la comunidad trans de la veterana Mandy Romero.

Todo este entramado expositivo ha tenido su correlato teórico en Eufònic Pro, el ciclo de encuentros profesionales que este año ha reunido mesas redondas, presentaciones de proyectos y conversaciones sobre los retos de los nuevos ecosistemas culturales. La presencia de Josep Piñol en este espacio de pensamiento compartido no es casual. La práctica reciente, en particular el proyecto Evitada , desplaza el gesto artístico hacia el acto de renuncia. Su obra no se realizó y esta cancelación, formalizada ante notario, con la firma de un certificado de evitación adquirido por un coleccionista, se convierte en materia artística para cuestionar la mercantilización de la crisis climática y los mecanismos de compensación ambiental.
La cuestión es renunciar a la grandilocuencia visual y apostar por la narrativa y la poética como vehículo de denuncia y crítica.
Quince años después de la primera edición, el festival de las Terres de l'Ebre, con Fibla a la cabeza, apuesta por obras nítidas en su posición: un órgano que se activa solo o una obra que existe precisamente porque su autor decidió no hacerla. Ninguna de ellas necesita una gran producción detrás para hacerse entender y quizás sea éste, quince años después, el verdadero gesto de vanguardia.