La galería Marc Domènech va de acierto en acierto. Sus exposiciones sobre los héroes de la contemporaneidad le han convertido en un baluarte de valores artísticos contrastados por el tiempo. Cada nueva exposición así lo ratifica. Los montajes son impecables y la atmósfera que se respira es de contemporaneidad contenida, obras a las que el tiempo ha sacado lo que sobraba, los exabruptos, y permite revivirlas con tranquilidad. Siempre hay catálogos bien editados que guían la visita, un espacio de lectura y documentación. También hay un lugar confortable para sentarse, algo cada vez más necesario en ferias y galerías para poder potenciar la atención en las obras y dio reposo a la mirada. En esta ocasión expone Charo Pradas (Teruel, 1960) sus obras de los años ochenta, quince pinturas y dieciocho dibujos, seleccionados por el propio galerista Marc Domènech.
En la Barcelona de los convulsos 'ochenta', todo pasaba por un nuevo impulso de la pintura. Yo mismo la reivindicé desde las páginas de La Vanguardia con un artículo que proclamaba La pintura como espejo (1984). Una época que JM Bonet ha acabado definiendo como 'los años pintados'. Charo Pradas estuvo vinculada, no formalmente, pero sí por proximidad, como pareja de Xavier Grau, con el eje aragonés de José Manuel Broto y Gonzalo Tena, también de Teruel. Formaban el grupo Trama, eran pintores formalistas y mantenían los postulados teóricos del movimiento “Support-Surface”. Todos los que pintaban en esa época pasaron por la Galería Miguel Marcos, una referencia imprescindible para comprender aquellos años de pintura-pintura.

Charo Pradas, ST, 1980.
"Un centro de gravedad permanente"
Enrique Juncosa escribe el texto de presentación del catálogo y, ante todo, antes de entrar en la pintura, quiero destacar este hecho. Me refiero al feliz encuentro entre el crítico y el artista a lo largo de muchos años. En 1993, con el texto Fractal Zoom , en 2001 con Esfera Imagen y actualmente con Un centro de gravedad permanente . Esta imantación es mutua, indica una cierta continuidad de intereses recíprocos y lo considero como algo muy relevante en un tiempo que lo instrumentalizamos todo, una época de utilizar y tirar. La fidelización nos habla de alguien que conoce bien la obra del artista y ofrece algunas claves como intérprete privilegiado de su obra.
Ya el título del texto de Enrique para el catálogo es muy revelador, parece hablar de algo que no sólo les afecta a ambos, sino que afecta a toda una generación. Me refiero a la búsqueda de Un centro de gravedad permanente , aludiendo al célebre tema musical de Franco Battiato en sus “Ecos de danza sufí”. La exigencia de lo nuevo, la precipitación acelerada de los medios, el hecho, a menudo contradictorio o paralizante, del tiempo y el espacio que se encuentran, en cambio, permanente. La cultura posmoderna nos lo hacía vivir así, de forma especial e intensa. La década de los años ochenta, período que recoge esta exposición, estaba marcada por la ley de la aceleración estética y por una inevitable tendencia a la prisa. La seducción de lo efímero posmoderno ya auguraba la necesidad de acabar, en algo más absoluto e inmóvil, la búsqueda de otra ley: la ley de la inmovilidad y de los principios firmes. La tradición permanente de los valores simbólicos del arte, la misma tradición moderna, necesita un centro de gravedad permanente que, a pesar del constante movimiento, no varíe con el tiempo ni con las circunstancias.

Charo Pradas, ST, 1985.
El círculo estático
La aceleración y el retorno al mismo se representa de forma esquemática a través del círculo. Ésta es una de las primeras y principales sensaciones que tenemos cuando nos colocamos ante las pinturas de Charo Pradas. Durante estos años, Enrique Juncosa nos ha ido dando claves fiables y fáciles de corroborar por nuestra propia experiencia. La circularidad estática viene verificada por lo que escribió Juncosa en 1993 sobre la pintura de Ch. P.: "el círculo se convierte también en espiral, la imagen perfecta del dinamismo estático".
Los colores nunca son estridentes, son suaves. Un envoltorio de suavidad, de formas y colores. Lo consigue con técnicas mixtas, quizá veladuras, pero siempre sobre lienzo. Por el contrario, en los dibujos busca mayor rotundidad y aplica el óleo sobre el papel, lo que le otorga una untuosidad densa, muy oscura, casi opaca, como en los números 27 a 40 del catálogo. Colorea con una sensualidad evidente, parecen formas hechas como se hacen las caligrafías orientales, en movimientos circulares que implican el brazo y el cuerpo completamente. La pintura planimétrica de Charo Pradas tiene perfiles definidos, líneas continuas que no producen sombra. Tengo la sensación de que sus formas, pese a ocupar todo el espacio de la tela, no quieren imponer su presencia: son silenciosas.

Charo Pradas, Anunciación, 1988.
El círculo hipnótico
Solemos buscar caminos coincidentes en el camino de un artista, pero no como demérito, sino para enfatizar el camino común de investigación hacia la causa del arte. Rosas, blanquecinos, ocres y grises corresponden a la suavidad de las formas; los trazos sinuosos crean formas redondeadas, orgánicas, tubulares y hasta cierto punto mandélicas, formas diagramáticas y geometrías blandas, como en las obras 05, 06 o 14 del catálogo. cercano es visto con la misma "zoom-mirada", miradas cosmológicas. Las pinturas de Charo Pradas poseen la misma capacidad hipnótica que los rotorrelieves de Marcel Duchamp. Esta circularidad, esta geometría pictorialista, se basa en el concepto de redes y mallas, una especie de geometría espiritualizada, no al modo de los artistas formalistas o constructivistas, y mucho menos del arte óptico, sino más bien en la tradición hermética de Hilma af Klint (1862–1944), recuperada recientemente.
Quizás los círculos concéntricos producen los mismos efectos hipnóticos desconocidos, un estado de conciencia apto para adentrarse en el mundo escondido detrás de las formas. Escribe Juncosa en 1993 sobre Pradas: “Espirales que generan resonancias y ecos con habilidad hipnótica, representando al mismo tiempo el orden y el caos”.

Charo Pradas, ST, 1989.
El círculo virtuoso
El ojo como círculo y elipse es el tema más evidente en la pintura de Charo Pradas. El movimiento circular, al igual que otras acciones rotativas, como hacen los astros, o tal y como lo entendían los danzantes sufíes, se convierte en el primer y principal símbolo de lo originario. Es un círculo virtuoso, en el sentido que utiliza Klint, y sus cuatro compañeras del grupo “Fem”; ellas y otras mujeres visionarias pueden visualizar lo invisible y siempre es circular. El movimiento circular, al igual que otras acciones rotativas, adquieren en estas visiones espirituales una imagen de la propia divinidad. En Platón, cuando Sócrates sugiere que los primeros habitantes de Grecia consideraban "dioses" (theous) los astros (sol, luna, tierra, estrellas, cielo) porque observaban que siempre estaban moviéndose y "corriente" (theonta), derivando así el nombre de theos de su naturaleza de "correr" o "fluir" (thein). Siempre en círculo perpetuo. Esta relación con lo intangible hace quizás que Juncosa interprete que Charo Pradas, consigue “la representación de lo que no puede ser representado”. Quedé ungido por esa frase reveladora.
Enrique Juncosa escribe sobre las pinturas de Charo Pradas algunos de los que considero los mayores logros para la causa del arte: “visiones interiores”… “que nos recuerdan técnicas de meditación o contemplación”… y “el viaje interior como una poderosa posibilidad para el conocimiento del mundo”. Ojos, luz, estructuras y mallas, efectos hipnóticos, circularidad, órganos-entrañas, cosmos y estructuras mandélicas, contemplación, energías, se acercan a los métodos necesarios para que entremos en este secreto y nos animan a encontrar las llaves paradójicas de lo que no puede ser representado y que se mueve en uno.