Pues he vuelto a leer El camino. Hacía tiempo que no visitaba aquel valle de nombres, tan hondo, oculto entre montañas y regulado por la elocuencia del tañido de las campanas, y al volver, me complació descubrir cuán poco había cambiado. Daniel, el Mochuelo, seguía lamentando su marcha; Germán, el Tiñoso, seguía teniendo la razón; y Roque, el Moñigo, seguía siendo el hombre más hombre de todos los hombres. Eso sí, el libro tiene ahora setenta y cinco años, Miguel Delibes tendría ciento cinco y yo tengo veintitrés. Todo ha cambiado en el mundo. Pero el valle… El valle sigue siendo el mismo.
Hay libros que llegan al alma; pero este la atraviesa y a la larga deja una cicatriz de las buenas, de las saladas. Seguramente, Daniel, el Mochuelo, que siempre anheló una propia, se desesperaría del todo al conocer que, para colmo, es él la causa.
Pero hay cosas que, por orden o desdicha, se le escapan a uno de las manos. Esto, Daniel, el Mochuelo, también lo sabía. Para empezar, él no quería trasladarse a la ciudad, como decía su padre, el quesero, para progresar. El progreso —según lo entendía el Mochuelo— consistía en catorce años de estudio, lejos del valle, para desaprender lo aprendido y aprender, así, hecho el hueco, otras cosas más bien inútiles. En fin; una pérdida de tiempo.
Al despedirse de don José, el cura; al recordar las palabras que éste había pronunciado durante su sermón del día de la Virgen, Daniel, el Mochuelo sintió que su partida significaba el desvío del camino que Dios le había marcado. A fin de cuentas, él, el Mochuelo, formaba parte del valle igual que lo hacía la humedad, la Poza del Inglés, los tordos, la fragua de Paco, el herrero, o las pecas de la Uca-uca. “Sin embargo, todo había de dejarlo por el progreso. Él no tenía aún autonomía ni capacidad de decisión. El poder de decisión le llega al hombre cuando ya no le hace falta para nada; cuando ni un solo día puede dejar de guiar un carro o picar piedra si no quiere quedarse sin comer. [...] Cuando la vida le agarra a uno, sobra todo poder de decisión. En cambio, él todavía estaba en condiciones de decidir, pero como solamente tenía once años, era su padre quien decidía por él.”

Miguel Delibes en su despacho en Sedano (Burgos). Años sesenta.
Pero no debemos condenar al quesero. Tampoco al Mochuelo, por ser demasiado joven para entender el extraño funcionamiento del mundo, ni a don José, el cura, por sus palabras. Daniel, el Mochuelo, creía que su camino se dibujaba en el valle; que al renegar de él, por ambición de su padre, su vida tomaría un rumbo erróneo. Ahora sé que no existe tal cosa. No existe el camino correcto. Si acaso, existe el camino que uno sigue, con sus más y sus menos, y existe el amor y la voluntad de uno. El amor del Mochuelo por el valle era más grande, más real, que cualquier Dios y cualquier decisión. Y es que, a veces, con esto debería bastar.
En El camino, Miguel Delibes condena el progreso —el sentido moderno e irracional de éste— como único camino a seguir. Es el progreso el que nubla el corazón del quesero y anula la capacidad de decisión del Mochuelo. Es el progreso, pues, no Dios, el que lamentablemente marca el camino de los hombres y arranca al pequeño de su estimado valle, sólo para dejarle en el alma un muñón no muy distinto al de Quino, el manco. “La vida era así de rara, absurda y caprichosa.”
El mundo que Delibes dejó entrever a través de sus libros —su mundo; el de tantos otros—, la presentación de estos paisajes y su inabarcable cadena de personajes, cada cuál con sus ideas, pero siempre tan vivos, ha demostrado que, en efecto, la historia no puede escribirse sólo desde la gran ciudad. Menos aún, a tanta velocidad. “Vivir era ir muriendo día a día, poquito a poco, inexorablemente. A la larga, todos acabarían muriendo. [...] Llegarían a desaparecer del mundo todos, absolutamente todos los que ahora poblaban su costura y el mundo no advertiría el cambio.” Porque es cierto; el olvido puede ser inevitable.
Aun así, setenta y cinco años más tarde, el valle sigue siendo el mismo. Su ritmo, sus costumbres, su exacto y particular vocabulario: nada ha cambiado. Tampoco Daniel, el Mochuelo, que “desde el fondo de sus once años” sigue, a día de hoy, lamentando “el curso de los acontecimientos”. Y desde aquí, nosotros con él. Esto es, en parte, lo que hace un gran libro.