La exposición La luz, el fuego y la ceniza, comisariada por Ana Ruiz Valencia, propone una lectura expandida del alimento como un fenómeno que trasciende lo culinario para convertirse en un eje estructural de la vida. A partir de la idea del sol como alimento originario —luz que activa la vida, fuego que la sostiene y ceniza que la regenera— el proyecto articula una reflexión sobre las múltiples dimensiones que atraviesan nuestras formas de nutrirnos y ser nutridos.
La muestra entiende el alimento no solo como sustancia, sino como una red de relaciones espirituales, ecológicas, territoriales, culturales y políticas. En este entramado, comer y cocinar se revelan como actos profundamente situados, atravesados por memorias, desplazamientos y formas de resistencia colectiva.
Desde la perspectiva biológica, la luz solar aparece como el motor inicial de la vida, impulsando la fotosíntesis y, con ello, toda la cadena alimentaria. Pero la exposición amplía esta lectura hacia lo simbólico: la luz también ilumina los vínculos afectivos y culturales que construimos alrededor de los ingredientes, las recetas y las prácticas cotidianas de alimentación.
Uno de los ejes centrales del proyecto es la relación entre migración y alimento, entendida tanto en sus dimensiones voluntarias como forzadas. Los desplazamientos humanos, junto con los desarraigos territoriales, configuran nuevas formas de cocina, intercambio y adaptación. A su vez, se destacan las colaboraciones interespecie que hacen posible la producción de alimentos, subrayando la interdependencia entre cuerpos humanos, plantas, semillas, suelos y ecosistemas.

La exposición se despliega en dos dimensiones complementarias: una instancia expositiva en las salas B y C, y un programa vivo de activaciones públicas. Este último incluye performances, acciones dentro y fuera del museo y la participación de agentes locales como mercados campesinos, guardianes de semillas, huertas urbanas y cocineros tradicionales. Estas colaboraciones buscan ampliar el espacio museístico hacia un territorio de aprendizaje compartido, intercambio de saberes y fortalecimiento comunitario.
En este contexto, la nutrición se entiende como una práctica expandida que articula economías, cuerpos, territorios y memorias colectivas. El alimento se convierte así en una herramienta de creación de mundo, donde lo cotidiano adquiere una dimensión política y poética.
La exposición reúne obras y propuestas de Alejandro Ramírez Restrepo, Anca Benera & Arnold Estefan, Carlos Alfonso, Carolina Caycedo, Christian Salablanca, Claudia Claremi, Ernesto Restrepo Morillo, Fabio Melecio Palacios, Jorge Julián Aristizábal, Las Nietas de Nonó, Manuel Correa y Marina Otero, María Buenaventura, Maritza Sánchez, Miguel Ángel Cárdenas, Sofía Olascoaga, Tatyana Zambrano, Vivien Sansour y Yuliana Bustamante Sosa.
En conjunto, “La luz, el fuego y la ceniza” plantea una pregunta abierta: ¿qué mundos se producen cuando entendemos el alimento no como recurso, sino como relación viva entre seres, territorios y memorias?