El mar es profundo, no puede describirse. Por eso Godard asocia; para intentar, si es posible, llegar al fondo del mar. Y mostrarlo.
Pero cómo mostrar —el qué, por qué, contra qué—, ésta fue siempre la cuestión. Cocteau, que apostaba también por mostrar lo que otros contaban, buscaba el mágico. Nunca vio la dificultad; pues, para él, la magia era esto. Godard, en cambio, construyó toda su filmografía buscando lo opuesto; buscando la forma más adecuada, si es posible, de mostrar la realidad: “El hecho de buscar deja huellas, y las huellas son la película.”

La fraternidad de las metáforas , la nueva exposición, comisariada por Manuel Asín, dedicada a Jean-Luc Godard en La Virreina Centro de la Imagen, muestra algo de toda esta búsqueda.
Godard fue un niño de la guerra. Desde su adolescencia, la guerra fue un motor significativo en lo que se refiere a su inquietud como artista, como cineasta. Pero es que la guerra tampoco puede describirse; si un caso, puede mostrarse. Pero "la imagen es confusa. No sabemos resolverla bien- Todavía."

Al evocar lo que supuso para él ver imágenes de la Guerra Civil española proyectadas en un cine de Francia, Godard habló de una "fraternidad de las metáforas". Las imágenes, decía, desempeñan un papel como formas pensantes. Al relacionarse entre sí, en su choque y en su diálogo, pueden llegar a rebelarse contra la opresión que cargan.
Aunque estrictamente hablando, nunca llegó a tocar un fusil, Godard nunca dejó de intervenir en los conflictos de su tiempo, a menudo de manera polémica, armándose de la asociación de fragmentos de imágenes y sonidos para crear un lenguaje que le sirviera como uno. Pues, para él, "una película es un fusil teórico y un fusil es una película práctica".
