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Exposiciones

Cuando la oscuridad ilumina con Paolo Maggis en la Galería Sergi Sánchez

OSCUR COMO LA LUZ, una inmersión pictórica en los límites del cuerpo, la memoria y la percepción, abre el nuevo espacio de la galería en la calle Aribau de Barcelona.

Cuando la oscuridad ilumina con Paolo Maggis en la Galería Sergi Sánchez
bonart barcelona - 16/01/26

La Galería Sergi Sánchez inicia una nueva etapa con la inauguración de su nueva sede en la calle Aribau 76-78 de Barcelona, un espacio que nace con voluntad de riesgo, apertura e investigación. Lo hace con Oscur como la luz ( Dark as light ), una exposición del pintor Paolo Maggis, artista de origen italiano y catalán de adopción, que se convierte en manifiesto poético y conceptual de este nuevo ciclo.

Nuevo año, nuevo espacio, nuevo relato. Después de celebrar su segundo aniversario, la galería -hasta ahora centrada principalmente en arte africano y artistas consolidados- se proyecta hacia el arte contemporáneo emergente, sin renunciar a la solidez discursiva. Sergi Sánchez, fundador también de la histórica Galería Metropolitana de Barcelona junto a Pere Soldevila, consolida así una línea curatorial con voces como Vanessa Pey, Carlas Mercader, Xavi Deu, Javier Garcés y el propio Paolo Maggis, protagonista de una exposición que marca el inicio de un programa intenso, visceral y profundamente reflexivo.

Oscuro como la luz

El título de la muestra emergió, según explica el artista, "en un estado de semiinconsciencia". Y no podría ser de otra forma: Oscuro como la luz es una inmersión en un territorio liminar, donde la pintura no representa la realidad sino que la desplaza hacia una geografía interior, de resonancias psicoanalíticas y soñadoras.

Las obras, realizadas a lo largo de 2025, parten mayoritariamente de fondos oscuros, densos y envolventes, de los que emergen figuras frágiles, espectrales, suspendidas en una atmósfera de desorientación poética. La oscuridad no está aquí ausencia, sino materia viva: un líquido amniótico, un vientre cósmico donde el tiempo se detiene y el cuerpo se regenera. No es negación ni muerte, sino origen.

"Es una oscuridad que, como la luz, quema los límites y los perfiles de las formas", afirma Maggis.
Una luz inversa que no ilumina, sino revela.

Esta oscuridad habla del ser humano contemporáneo, atrapado en un ritmo frenético, superficial e hipervisual, que necesita una pausa —aunque sea breve— para reencontrarse. No existe abstracción gratuita, sino una reflexión profunda sobre la identidad, la soledad, el deseo y el miedo que atraviesan la vida cotidiana.

Colorear como quien respira

Las obras de Maggis destacan por una intensidad estética y emocional casi física. La pintura se construye a partir de veladuras y estratificaciones precisas, pero nerviosas, con pinceladas eléctricas que transmiten vibraciones del cuerpo y del espacio. El resultado evoca a menudo imágenes en movimiento, como fotogramas de un cine analógico, erosionados por el tiempo y la memoria.

La superficie pictórica, sacudida por gestos abruptos, se convierte a sí misma en sujeto. El espectador queda atrapado en una tensión constante: ¿sirve la pintura a la figura, o es la figura quien sirve la pintura? Quizás ambas cosas forman un solo cuerpo, donde el interior y el exterior dialogan —o luchan— sin tregua.

Maggis introduce fracturas, interferencias y distorsiones que privilegian lo sublime por encima de lo bello. Una belleza herida, atravesada por el dolor, la tragedia o la fragilidad, que golpea precisamente porque no busca complacer.

Más allá del realismo

Pese a trabajar principalmente con aceite, Maggis incorpora acrílicos, sprays y esmaltes, jugando con contrastes entre materias densas y líquidas. Sus imágenes provienen del mundo real, de rostros, miradas y escenas reconocibles, pero huyen deliberadamente del hiperrealismo frío y deshumanizado.

Su pintura se inscribe en una línea sutil de la pintura europea contemporánea que desafía los límites de la percepción convencional, proponiendo múltiples capas de lectura. No pinta con modelos vivos: pinta con imágenes interiorizadas, con memorias visuales que se convierten en relatos autónomos.

Cada obra es una historia independiente, pero todas juntas configuran un corazón colectivo: hablan del placer y del desenfreno que esconden el vértigo del vacío, de la calma que precede a una decisión liberadora, de la incertidumbre cotidiana que nos atraviesa sin pedir permiso.

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